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Para gozar con el espectáculo que acabo de describir, se necesita tener los sentimientos muy pervertidos. Esto lo decía José María Blanco White, uno de los intelectuales más sólidos (ética y culturalmente) del siglo XIX español. Se refería a las corridas de toros.
Pero como no se puede pasar de los hechos a los juicios de valor, porque lo segundo no es consecuencia lógica de lo primero, como bien recordaba el filósofo George Edward Moore, vayamos a los hechos.
• Un animal, un mamífero, es criado y alimentado para ser martirizado en una plaza pública.
• No es el sacrificio que exige la cadena alimenticia (propio de un matadero).
• El toro es sometido a un proceso secuencial de acometidas físicas: las picas, las banderillas, el estoque.
• El público (hombres y mujeres adultos) aplaude cada una de esas acometidas.
• En ocasiones suenan los acordes de un pasodoble.
• Los oficiantes van vestidos al uso de mediados del siglo XVI.
• Cuando el animal muere, y según el juicio de unas supuestas autoridades competentes, se entrega al oficiante, a modo de premio, algunas de las extremidades del toro: orejas, rabo.
• El oficiante principal, según los casos, es sacado a hombros de la plaza pública.
Si un ser humano, en plenas capacidades mentales y sin contagios históricos, visionara por primera vez este proceso, su respuesta natural sería de rechazo. A nadie en su sano juicio, por poca sensibilidad que tenga, le puede gustar la violencia, la agresividad, la tortura y la muerte.
La mayoría de las “tradiciones” son las respuestas irracionales del vulgo ante la dureza de la vida, consentidas por el poder. Por eso se lapidaban a las adúlteras o se quemaban a los “herejes”. Pero como matar a seres humanos de forma indiscriminada es considerado delito, los humanos nos dedicamos a liquidar con fruición a otras especies.
Sigamos con los hechos.
• El marqués de Tarifa, virrey de Catalunya, introdujo las corridas de toros en este país en 1555, para su propio deleite.
• Tardaron dos siglos (1755) para que otro marqués castellano (el marqués de la Mina) intentara reintroducir la “fiesta”.
• Es a partir de 1800 que con motivo de la visita del rey Carlos IV a Barcelona, se instala una plaza provisional en la parte baja de las Ramblas, ya que ese rey es muy aficionado a las “corridas”.
• El fracaso de la primera actuación (16 de septiembre de 1802) es tal, que las autoridades prohíben la coincidencia de horarios entre las funciones de teatro y los “toros”.
• Durante la dictadura de Franco se potencia el espectáculo como símbolo de lo “español”.
• Los estudios de antropología no han hallado ninguna evidencia empírica que ligue los “toros” a las tradiciones catalanas.
A mi personalmente me abochorna que el Parlament de Catalunya tenga que discutir si se prohíbe o no esta aberración (y esto es un juicio de valor). También me produce náuseas que se defienda todo ello con argumentos a favor de la libertad, el arte o el sentido de la muerte.
Los que buscan emociones por este camino, mejor que tomen un vuelo “low cost” y se vayan a pasar el fin de año a Afghanistán.

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