Nuestra cita

There are three types of lies – lies, damn lies, and statistics. Benjamin Disraeli.

 

El artículo

BIZANTINISMO

13/01/2026


Algunos de mis lectores más fieles se me quejan cariñosamente de que en los últimos tiempos dedico poca atención a los problemas de Catalunya y en especial a su dimensión económica. Tienen razón. Estoy harto, muy harto, del distorsionado tratamiento que los políticos, los comunicadores y las instituciones catalanas dedican a este contencioso. No es que me disculpe, es que me resulta fatigoso repetir aquello que cualquier ciudadano con sentido común puede comprender si le presta la mínima atención.

Hace ya muchos años (catorce para ser precisos) que dediqué un libro para demostrar la viabilidad económica de una Catalunya independiente (“Catalunya, a la independencia per la butxaca” / Angle Editorial, 2012). Lo que ahí está escrito continúa vigente; sólo hay que actualizar los datos.

Mi análisis tenía como base contemplar Catalunya como una empresa, con su cuenta de resultados, su balance y su origen y aplicación de fondos. Y la conclusión era muy simple: una Catalunya independiente sería un país próspero, en tanto que una Catalunya autonómica seguiría siendo un país de mediana calidad de vida. Y así estamos.

“Es la economía, estúpido”, cuentan que dijo Bill Clinton a su contendiente político, mensaje que caló hondo y lo aupó a la presidencia de Estados Unidos. Bajemos el nivel y vayamos a la aritmética. Los ingresos menos los gastos (de una persona, de una familia, de una empresa, de una nación) generan un resultado que puede ser positivo o negativo. En el modelo independiente tenemos superávit; en el autonómico déficit. Lo demás es cháchara.

El maldito modelo autonómico genera un Déficit estructural (no depende de la coyuntura) de un 8% del PIB. Como el PIB actual es aproximadamente de 300.000 millones de euros, el 8% son 24.000 millones. Estos 24.000 millones, que el Estado central se queda año tras año (ajustado a los distintos PIB) reducen las capacidades económicas de la Generalitat catalana, lo que redunda directamente en el bienestar de sus ciudadanos.

No quiero entrar en lo que hace el Estado central con esos recursos. Le llaman solidaridad inter-territorial, por no llamarle saqueo. En economía es de sobras conocido que una ayuda económica puede ser positiva siempre y cuando no se institucionalice; es decir, cuando para el receptor se transforma en un ingreso corriente y esperado. En este caso reproduce el denominado “síndrome de la sopa boba” de la Europa medieval, cuando los monjes de los monasterios proporcionaban cada día al atardecer un caldo alimentario a los pobres del lugar, pobres que disfrutaban alegremente de la jornada hasta que llegaba la hora alimenticia. No tenían ningún incentivo para esforzarse y buscar trabajo. Esto es lo que hay y no otra cosa.

La independencia económica y política de Catalunya proporcionaría muchos beneficios. Cabe señalar entre ellos:

▪ Tener Hacienda propia, lo que significaría recaudar y gestionar nuestros impuestos. Desaparecería el 8% del PIB de nuestro Déficit Fiscal.

▪ Disfrutar del “efecto caja”, que significaría que el dinero estaría en nuestra tesorería y podríamos sacarle un rendimiento mientras no lo utilizamos.

▪ Invertir en las infraestructuras necesarias para que la máquina económica volviera a funcionar con fluidez, infraestructuras hasta ahora deficitarias (pensemos en el caos de Rodalies por ejemplo) por el abandono al que las somete el Estado Central.

▪ Reducir nuestro endeudamiento público, aplicando parte del excedente de explotación anual a ese menester, lo que tendría incidencia directa en el pago de intereses.

▪ Acudir al mercado internacional de capitales, que no estaría dispuesto a perder un país cuyos indicadores macroeconómicos aseguran su solvencia.

▪ Mantener las constantes de un Estado del Bienestar ajustado a las exigencias del siglo XXI.

▪ Controlar con rigor la política migratoria, según las necesidades reales de la economía productiva, liquidando de forma definitiva el modelo “puertas abiertas”.

Estos son solo algunos de los beneficios de naturaleza económica, que deberían ir acompañados de muchos otros de dimensión política y social para dar cohesión a una sociedad hasta el momento desencajada.

Mientras tanto nuestros políticos (los que se autodefinen como independentistas aunque su práctica lo cuestione) se dedican a perder el tiempo en sus tratos con los nacionalistas españoles sobre un nuevo modelo de financiación para Catalunya, “extensible al resto de Comunidades”. La trama es barroca, con un gran protagonismo de la “ordinalidad”, dando a este concepto un valor esencial en el proceso, como si se tratara de la fuente de la sabiduría.

Si tienes la paciencia de leer todos esos papeles y escuchar las declaraciones de sus principales valedores, te das cuenta del bizantinismo imperante, en sus más negativas connotaciones. Hay un exceso de papeleo, de burocracia, de hacer complejo lo sencillo, de ocultación, de verdades de Perogrullo, de falsedades manifiestas. Todo ello propio de un Estado seudo-democrático, como es el caso del Estado español.

Cualquier otra opción que no sea la independencia no vale para nada. Los partidos políticos catalanes contribuyen al desconcierto general. Esquerra Republicana ha puesto su alma republicana y de izquierda “woke” por encima de su catalanismo de mesa de camilla y solo aspira a ocupar puestos de trabajo bien remunerados en la Administración del Estado. La CUP sigue debatiendo, que es lo único que sabe hacer. Y Junts pide ahora el “concierto”, que sabe sobradamente que nunca aceptará el Estado, pues sin la economía catalana ese Estado no podría jugar en la “Premier League”. La excepción es Aliança Catalana, que ya ha expresado su disconformidad ante este turbio embolado.

Las delegaciones de los partidos españolistas en Catalunya (PSC, Comuns, PP y Vox) defienden sus intereses políticos, según las instrucciones que vienen de sus sedes centrales en la capital del reino. En el fondo (en la forma lo ocultan) les importa un bledo lo que sucede en Catalunya. Actúan, tanto como pueden, como virreyes del Imperio, sea en el gobierno de la Generalitat o en las Diputaciones y los Ayuntamientos.

A ver si de una santa vez nos damos cuenta del juego tramposo. En 1984 Ramón Trías Fargas, el gran economista catalán, en calidad de Conseller d’Economia i Finances, avisaba: “Abans que res hem de constatar que el centralisme, en cas que l’autonomia no fracassés per altres causes, ens esperava “a la vuelta de la esquina” amb l’arma més subtil, més solapada i més eficaç de totes: l’escanyament financer. I això es va preparar meticulosament des del primer dia”.

Y el que no entienda esto, “que s’ho faci mirar”.

 

 

 

 

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Alf Duran Corner

Fondo documental