Nothing happens in your life unless you make it happen. Anonymous.
Decía el ciudadano Rajoy, en la época en que ejercía (es un decir) de presidente del gobierno del Estado, que “los catalanes hacen cosas”. El concepto es sencillo, pero nos sirve como excusa para señalar que en el mundo “pasan cosas”. Solo cabe observarlas.
Por ejemplo, en la corrala madrileña los miembros del Tribunal Supremo se enfrentan verbalmente, con un estilo barriobajero, a los del Tribunal Constitucional, por la amnistía sobre unos supuestos delitos nunca probados. En esa misma corrala, la plebe se pelea para ver si pueden formar parte de un tribunal “popular” (se sospecha que no tiene nada que ver con el PP) que ha de juzgar a la señora Begoña Gómez, esposa del actual jefe del gobierno. También en ese caldo los medios de información, con su reconocido estilo carroñero, sacan los trapos sucios de los candidatos a las elecciones que no les son afines, ocultando su propia y maloliente trayectoria. Otro agente que interviene en la “movida” es ese ente que llaman “tribunal de cuentas” (que de hecho no es ningún tribunal) y que parece está muy enfadado (casi “cabreado”) porque no ha podido imponer su credo inquisidor en un contencioso económico que ni ellos saben interpretar. En la corrala, el señor Núñez Feijóo (al que llaman Feijóo, quizás porque Núñez es menos llamativo) firma un “contrato con España” (como podría haber hecho Felipe II), que no tiene nada que ver con un programa político y suena a auto sacramental. Los herederos del franquismo (de hecho, todos los partidos lo son en cierta medida) atacan a navajazos simbólicos a sus contrincantes, valiéndose burdamente de la Inteligencia Artificial. También aparecen y desaparecen llamativos personajes (como la señora Ada Colau – que no puede pagar el alquiler – o el señor Rufián, que va dando lecciones de política extraídas de un calendario de taller mecánico) que discurren por la escena en papel de teloneros. Solo faltaba añadir la llegada de ese tipejo grosero, que luce unas grandes patillas apolilladas, y que ejerce de jefe de gobierno de un país latinoamericano. La mejor huella de su paso por la corrala es el extendido abrazo con la chulapa más castiza de la zona. El esperpento valleinclanesco queda pequeño frente al espectáculo Milei-Ayuso o Ayuso-Milei.
Y es que en el mundo “pasan cosas”. En este caso serán “cositas”, bien cocinadas por la prensa rosa (que en el Estado español cubre toda la parafernalia de los medios de comunicación), pero dignas de ser atendidas por su “salero” particular.
Si nos salimos de ese micro círculo casposo y saltamos las barreras artificiales de los Estados, vemos que, en Francia, Italia, Alemania, Bélgica, Albania y en otros lugares del decadente Occidente, también pasan cosas. Y en este caso más graves. El pueblo, desconcertado, se queja del desgobierno de unas élites políticas, mezquinas e ineptas, que han abandonado los problemas domésticos de sus países (el encarecimiento del coste de la vida, la descontrolada inmigración, el voluntario suicidio al comprar una energía mucho más cara, los efectos negativos de la multiculturalidad, las llamadas pro servicio militar obligatorio, etc.) para dedicarse a comprar armamento, vender temores injustificados (la rusofobia), reunirse constantemente con sus colegas (la ridícula “coalición de voluntarios”), endeudar a los ciudadanos a través de la Deuda Pública, aparcar el contencioso de las pensiones y seguir aumentando el ejército de burócratas. Es cierto que la decadencia de Occidente es una realidad, aunque también lo es que esos “líderes” siguen contribuyendo a un proceso que parece irreversible.
Al otro lado del Atlántico la confusión creada en el segundo mandato del señor Trump es extraordinaria, tanto a nivel interno como externo. La impredictibilidad del ciudadano Trump ha convertido la política en un juego de astracanadas, donde el disparate, la bufonada, la ordinariez, la farsa y la vulgaridad compiten a diario.
Siguen pasando cosas.
Será, como algunos analistas señalan, que estamos acabando un ciclo. Los hechos objetivos apuntan a un cambio de paradigma. Hemos entrado en un entorno nihilista, en el que reina la confusión. Talleyrand, el viejo y astuto político que cruzó sin apenas mancharse la Revolución, el Imperio napoleónico y la Restauración borbónica, señalaba que un orden no puede desaparecer si no hay otro nuevo que lo reemplace. Tenía razón, pero para ello el viejo orden (el antiguo Régimen) ha de aceptar mínimamente el cambio. Si no lo hace (como ocurre ahora), la sociedad se encamina hacia el caos.
Y este escenario es el que apuntó en los treinta del siglo pasado uno de los intelectuales más sólidos de aquella época: Antonio Gramsci. En sus “Cuadernos de la cárcel”, escritos entre 1929 y 1935, mientras se encontraba prisionero del régimen fascista, Gramsci dejó escrito: “El viejo mundo muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en este claroscuro surgen los monstruos”. La expresión italiana es todavía más sólida. “Fenomeni morbosi” dijo Gramsci.
Los “monstruos” se resisten y están dispuestos a morir matando. El mundo corporativo, las grandes familias de la aristocracia del dinero (siempre protegidos por la opacidad), los oligarcas camuflados del sector financiero, los tecno-fascistas y los políticos a su servicio, juegan sus cartas, acogiéndose a las reglas que ellos mismos crearon en su día.
Para discutir sobre este fenómeno, un grupo de intelectuales independientes (de los pocos que no se alimentan en el pesebre del poder), se han reunido en la universidad de Kyoto en un seminario organizado por Pascal Lottaz, ciudadano y académico suizo que ejerce de profesor en esa universidad.
De ese selecto colectivo podemos destacar a Evarist Bartolo, que ocupó distintos cargos ministeriales en el gobierno de Malta, tras pasar por Stanford y Cardiff en su etapa académica, a David N.Gibbs, profesor de la Historia de la universidad de Arizona, especialista en el estudio de los conflictos políticos del Este europeo y de la África subsahariana, al profesor de Psicología clínica de la universidad de Gante Mattias Desmet, estudioso de los comportamientos societales y padre de la teoría sobre “formación de masas”, al profesor de la universidad de Seijo Dennis Riches, especialista en innovación social, al investigador de la universidad de Uppsala Johan Eddebo, miembro del equipo del centro multidisciplinar sobre religión y sociedad, a la científica política alemana Ulrike Beate Guérot, destacada por sus estudios sobre la “república europea” y por su crítica y heterodoxa mirada a la realidad de ese territorio, al doctor Arta Moeini, director de investigación del Institute for Peace and Diplomacy, especializado en el estudio de las civilizaciones en declive y en la renovación cultural y profesor de la universidad de Georgetown, al doctor Chris Mott, experto geopolítico independiente, formado en las universidades de Rutgers y St. Andrews y con experiencia directa como investigador en el Departamento de Estado norteamericano. Podríamos citar a unos cuantos más, de perfil similar.
Es un grupo heterogéneo de intelectuales de nacionalidades diversas que tienen en común un pensamiento crítico. Analizan en profundidad lo que está ocurriendo, aunque saben que el establishment hará todo lo posible para ocultar sus propuestas. No son utópicos y están esperanzados. Utilizan las redes sociales, ya que los medios y las instituciones oficiales los ningunean. Son unos outsiders (unos desplazados), pero van haciendo mella.
Aprovechan todas las oportunidades porque saben que en el mundo “pasan cosas” y algunas, muy pocas, de gran calado. Son muy conscientes del cambio de paradigma y nos avisan para que entre todos acabemos con los “monstruos”.
¿Seremos capaces de hacerlo?
