Sometimes the scandal is not what law was broken, but what the law allows. Edward Snowden.
Han pasado muchos años desde que una trama de intereses públicos y privados llevase a cabo un acto de sabotaje mediante la voladura de una fracción del gasoducto NordStream1, que a través del mar Báltico transportaba gas de Rusia a Alemania, y del NordStream 2 (a punto de entrar en funcionamiento). Lo más singular es que en este caso ambos gasoductos eran propiedad de empresas privadas. Y ya sabemos que significa el derecho a la propiedad (un derecho casi sagrado) en el sistema capitalista.
Los sucesivos gobiernos alemanes han tratado de ocultar lo que algunos analistas independientes denunciaban desde hace tiempo, pero al final se han encontrado que por una vez el equilibrio de poderes del barón de Montesquieu ha funcionado y el fiscal general de Alemania (Jens Rommel) ha presentado formalmente la acusación de “crimen de guerra” contra un exmilitar ucraniano que, al frente de un comando de ese país, llevó a cabo la operación de sabotaje. No solo esto, sino que el fiscal añade en el acta que, con un alto grado de probabilidad, ese comando estaba controlado por el Estado. Como señala el “Guardian”, controlado y dirigido.
El fiscal Rommel no es un desconocido en el ámbito jurídico alemán. Lleva muchos años en el oficio y es notoria su dedicación a perseguir los restos de la estructura nazi que los aliados de la II Guerra Mundial trataron de blanquear por razones diversas. Rommel ha sido implacable en lo que podríamos denominar “desnazificación” de Alemania, lo que lo hace muy sensible a investigar las tendencias pro-nazis del régimen ucraniano actual. La voladura del NordStream fue una buena prueba de las actividades de este grupo.
Este cambio radical de perspectiva hace que lo que los medios occidentales presentaron como una acción de guerra de Ucrania contra Rusia, se haya convertido en un atentado terrorista de Ucrania contra Alemania. Un atentado contra unas instalaciones civiles de propiedad privada protegidas por el derecho internacional. El gran perjudicado como país ha sido Alemania, no la Federación Rusa, ya que esta última ha orientado su oferta de gas hacia otros mercados con tasas de crecimiento mucho mayores.
Un primer apunte económico es que antes del sabotaje el precio de gas ruso era de 20 euros/megavatio-hora. En la actualidad el precio que pagan los alemanes está entre 45 y 50 euros/megavatio-hora, gas procedente en un 90% de Estados Unidos en formato “gas natural licuado”.
Si nos preguntamos quiénes fueron los autores intelectuales de este sabotaje, aparecen de inmediato los “sospechosos habituales”. Los militares del régimen ucraniano hicieron como siempre su papel de “operadores” (la mano de obra) pero no tenían ni tienen la capacidad de llevar a término un proyecto de esta naturaleza. Los teóricamente más favorecidos fueron las élites anglosajonas y para ello utilizaron a sus servicios de inteligencia (CIA, Mi6, etc.), cuya central europea tienen algunos en la capital de Dinamarca. Como siempre su propósito era perjudicar a la Federación Rusa y a su población, con el deseo utópico de un cambio de poder en Rusia que llevara a un troceamiento territorial del país (doctrina Wolfowitz 1992). Aunque pueda parecer extraño, es muy probable que el Mi6 británico tuviera mayor protagonismo, ya que “Oxbridge” jamás ha perdonado que un selecto grupo de sus alumnos más notables espiara para la URSS antes y después de la “guerra fría”. El sentimiento antirruso es un “meme” (según define Richard Dawkins) de las élites inglesas.
¿A quién interesaba también este bloqueo? A otros grandes productores de gas natural, entre los que destaca Estados Unidos. Este país es desde hace unos cuantos años autosuficiente en gas y petróleo, sobre todo después de que la técnica del “fracking” despegara y completara las necesidades crecientes de su propio mercado. Claro que Estados Unidos está lejos de Europa y su mercancía tiene que atravesar un océano.
Fijémonos por un momento en el proceso de producción y suministro de gas natural.
Primero hay la extracción, que supone localizar los yacimientos, perforar pozos y extraerlo. Luego hay que tratarlo para depurarlo. Por último, se almacena. Una vez almacenado y si se dispone de gasoductos, ya se puede suministrar.
En el caso de que no sea así y se pretenda exportar a mercados alejados, el proceso se alarga. Desde los almacenes se transporta el gas a una planta de licuefacción, que enfría el gas y lo convierte en líquido (gas natural licuado). Luego se carga en un barco (los metaneros) y se transporta hasta otro puerto, donde en una terminal de regasificación se calienta el producto y se pasa a su estado gaseoso original. Ya está en condiciones de distribuirse por la red de gasoductos.
Un contable de los de antes haría rápidamente un escandallo y te diría que en términos de coste la segunda opción es mucho más cara. Elemental “mi querido Watson”.
Pues los sucesivos gobiernos de una Alemania en caída libre han contribuido a que sus ciudadanos, sus empresarios y otros amplios colectivos sociales tengan una vida peor al asociarse a las élites occidentales antirrusas y no enfrentarse a los saboteadores y a sus padres putativos.
Alemania, que había sido el motor de Europa, lleva años en recesión. Su política económica tenía dos soportes fundamentales: el buen precio de los combustibles fósiles rusos y la deslocalización de algunos segmentos industriales. Crecía porque exportaba y generaba superávits continuados. Su gran cliente era una China en expansión, a la que vendía maquinaria, biotecnología, automóviles, etc., todos ellos productos de alto valor añadido. En otros países de la periferia (sobre todo hacia el este) sus filiales ensamblaban o producían el resto de los productos de bajo valor añadido. Este modelo de segmentación estratégica ha llegado a su fin. China, su gran cliente histórico, ha aprovechado sus excedentes para invertir y ahora puede competir tecnológicamente con Alemania. Estados Unidos (otro gran mercado para Alemania) ha dado un giro proteccionista a su comercio, lo que encarece los productos extranjeros en el mercado doméstico. Los indicadores industriales alemanes expresan una caída acumulada del 14% desde 2018. No es de extrañar que Volkswagen anuncie el despido de 100.000 empleados en todo el mundo y el cierre de cuatro plantas de fabricación en Alemania.
Los ciudadanos alemanes se preguntan quién es el responsable de todo esto, cuando los partidos tradicionales permanecen callados y el gobierno orienta la inversión pública hacia el gasto militar y destina una parte de los impuestos de los contribuyentes a prestar recursos económicos y de todo tipo a un régimen (el ucraniano) cuya legitimidad democrática está permanentemente en cuestión. Después del gobierno de Estados Unidos está el gobierno alemán en transferencia de recursos.
Veremos qué ocurre, ya que el fiscal general del Estado depende de la ministra de Justicia (del partido socialdemócrata alemán), ministra nombrada por el canciller Merz y que hasta ahora no ha querido pronunciarse sobre el tema. Solo Alternative für Deutschland ha hecho una declaración crítica, declaración recogida parcialmente por los periódicos “Die Zeit” y “Süddeutsche Zeitung”. Resulta paradójico que se esté ayudando a quien te ha arruinado. Metafóricamente a esto en Catalunya le llaman “ser cornut i pagar el beure”.
Nos preguntábamos antes a quién le interesaba volar la infraestructura NordStream. Hemos citado a algunos de los “sospechosos habituales” pero no nos hemos olvidado de las empresas americanas de “fracking” (fracturación hidráulica) que liberan y extraen petróleo y gas de formaciones rocosas del subsuelo.
No voy a entrar en el aspecto medioambiental de esta técnica y en sus efectos colaterales. Solo quiero señalar que es un negocio de alta volatilidad, donde la relación coste-beneficio exige un seguimiento continuado. Todo depende del precio internacional del barril de crudo y de la capacidad para asumir pérdidas en los primeros años del proyecto. Si el barril está por encima de 50 dólares, el cash flow generado permite remunerar al accionista y devolver créditos. Por debajo de ese precio el cierre está asegurado. Como mínimo hemos de reconocer que el sector empresarial americano del fracking estuvo encantado con la voladura de los gasoductos de la competencia, ya que este hecho le abrió un mercado (el europeo) mucho más rentable que el doméstico.
Este grave contencioso ha estallado mientras los representantes de una OTAN en decadencia se reunían y repartían sonrisas para que los medios llenaran sus páginas rosas de besos y abrazos.
