La plus expresse marque de la sagesse, c’est une es jouissance constante. Michel de Montaigne.
Nunca me ha interesado la gestión de la cosa pública. Hablo de gestión – que es mi oficio – y no de propiedad. Estoy a favor de una economía mixta (una variable del libre mercado) en la que ciertos sectores (educación, sanidad y algunos de naturaleza estratégica como la energía) sean públicos, es decir pertenezcan al Estado, o sea a los contribuyentes. La Seguridad Social es un buen ejemplo.
El problema, resulta monótono mencionarlo, es que los habituales gestores del sector público son unos incompetentes (que no tienen competencias probadas para ese oficio) y por ello manejan sus funciones y tareas con singular desacierto.
La gestión (prefiero hablar de Management, porque la palabra “gestión” empobrece el contenido), es una profesión y no está al alcance de cualquiera. Es un oficio que requiere conocimientos y una determinada personalidad. Durante catorce años de mi vida, sacando tiempo de mis tareas como manager profesional, di clases en ESADE, una reconocida escuela de negocios, centro creado para formar profesionales de ese oficio. En aquella época la licenciatura duraba cinco años y la amplitud de asignaturas era rica y suficiente. Tuve muchos alumnos, pero pocos, muy pocos, tenían para mí el perfil ideal que exigía y exige un puesto de esa responsabilidad. Y es que el mercado no solo necesita buenos managers, sino líderes capaces de definir objetivos, planificar las estrategias necesarias para alcanzarlos y programar las acciones correspondientes.
Y todo esto se concreta en un plan que tiene un horizonte a corto (el ejercicio) y uno a medio/largo según la actividad y el sector económico. En una empresa privada ese plan se concreta en objetivos de rendimiento, cuota de mercado, introducción de nuevos productos, productividad en planta, inversiones, etc. Es un plan rector que no se modifica cada año porque si se hiciera significaría que no sabemos dónde vamos. Es cierto que en la actualidad la variabilidad del entorno (local, nacional, internacional) hace más difícil el trabajo, pero se nos paga para esto.
Y ahora vayamos al “Presupuesto”, que es como la Administración describe los gastos e ingresos de la cosa pública, sea ésta a nivel del Estado (en nuestro caso el español) o de un ayuntamiento o de la Generalitat de Catalunya. Lo primero que debemos decir es que no existe de verdad un proyecto a largo plazo y como no existe se “avanza” (valga la expresión) en procesos de prueba y error. En el caso de la Generalitat y de sus subsidiarias, se añade el problema estructural de no saber con qué ingresos se puede contar, pues el Estado cosecha (en nuestros campos) y reparte lo cosechado entre amigos y conocidos a su criterio. No quiero insistir más sobre este tema. El lector que todavía no se haya enterado puede acudir a uno de mis artículos recientes (https://www.alfdurancorner.com/articulos/bizantinismo.html 13.01.2026) que titulé “Bizantinismo”.
Y ¿por qué discuten tanto sobre el Presupuesto? Pues porque de hecho no saben de qué hablan y confunden un plan rector (que ya hemos dicho que no existe) con lo que en Catalunya se denomina “el mercat de Calaf”, donde todo era griterío y cada uno pretendía llevarse lo que más le importaba en una atmósfera de confusión. En nuestro caso son los representantes políticos los que discuten acaloradamente sobre las partidas del reparto del famoso “Presupuesto”, con una singularidad escalofriante y es que solo se fijan en “los gastos”, nunca en los “ingresos”. De todo eso sale una cuenta de resultados con pérdidas, año tras año, y todos tan felices.
Claro que si nos fijamos en los perfiles de la mayoría de los ministros, consellers, alcaldes, diputados, concejales y un amplio abanico de ciudadanos pagados con los gastos de los Presupuestos Generales, comprenderemos lo que está ocurriendo. Hay excepciones – siempre las hay – pero el denominador común es el descrito.
Esta cultura de la incompetencia ha prendido en todos los ámbitos. Si en algo compiten es justamente para ver quién es más incompetente. Véanse los conocidos casos de la señora Colau, el señor Illa, el señor Aragonés, el señor Rajoy, el señor Rodríguez Zapatero, la señora Sáenz de Santamaría (¡qué se ha hecho de ella!) el señor Collboni, la señora Díaz Ayuso, el señor Sánchez y los que usted quiera añadir.
Un buen ejemplo lo tenemos ahora con el caso Rodalies, donde la esperada metástasis se ha producido de forma explosiva. Le están poniendo apaños, en la falsa colaboración Estado-Generalitat, en la que esta última recuerda a los catalanes que son simples siervos de una decadente monarquía disfrazada de “Estado Democrático y de Derecho”.
Rodalies es la típica muestra de no tener muy claro lo que supone tener una cuenta de resultados negativa. Mañana puede saltar otro contencioso con la Sanidad y pasado mañana con la Educación. Las peregrinas discusiones sobre el derecho a una vivienda digna permiten distraer al personal, sin tener en cuenta por qué ocurre lo que ocurre.
Me cuentan que la ANC y el Consell de la República han convocado una manifestación para recordar a los desmemoriados que en una Catalunya independiente (con superávit presupuestario) no ocurrirían estas cosas. Que el caos de Rodalies es un síntoma del histórico desajuste con un Estado maltratador. Que el mensaje no es unas Rodalies mejores sino unas Rodalies en un Estado independiente.
Rápidamente los colaboracionistas (Esquerra, Comuns, etc.), más los ingenuos que van con el lirio en la mano, han propuesto otra convocatoria “apolítica” para exigir que se solucione este contencioso y nada más.
Es siervo el que baja la cabeza de forma permanente, aunque de tanto en tanto vaya a una manifestación para descargar la poca adrenalina que le queda.
Con esta gente no vamos a ningún sitio.
