Everything in the world is about sex except sex. Sex is about power. Oscar Wilde.
Me tomo la licencia de reinterpretar la llamativa y sinuosa película de Steven Soderbergh, donde unos jóvenes actores (Andie MacDowell y James Spader) nos conducían por un espeso laberinto de “sexo y mentiras” (la fuerza del Ello) y unas sublimadas “cintas de video” (el Superego).
En la superficie tenemos conflictos que un mundo globalizado traslada a toda la humanidad y que los medios convencionales relatan como si fueran películas de la serie B. Confortablemente sentados frente al televisor, los ciudadanos de un decadente mundo occidental se enteran de lo que ocurre a miles de kilómetros de distancia e interiorizan con facilidad las mentiras que los medios convencionales les van relatando. Así construyen una historia de buenos y malos, de héroes y villanos, de aciertos y desaciertos, de orden y caos.
Ahora toca insistir en las maldades de los clérigos iraníes, en el acierto de la simbiosis americana-israelí al atacar un país mientras simulaban unas negociaciones, en ocultar los turbios negocios del clan neonazi que controla el régimen ucraniano, de silenciar el proceso programado de liquidación de la población palestina en Gaza y Cisjordania, de atemorizar a los europeos sobre la previsible invasión del oso ruso, de la necesidad de pertrecharse de más armamento, de machacar a los ciudadanos con nuevos impuestos para financiar la tecno-estructura no legitimada.
Todo mentiras, burdas mentiras.
Y ahora hablemos de sexo, que siempre cobra protagonismo, aunque muchas veces la hipocresía pequeñoburguesa lo mantenga en un segundo o tercer plano. El sexo en la actualidad tiene nombres y apellidos: el “affair Epstein”. Todo el mundo sabe algo de esta perversa historia, aunque las versiones sean dispares. Lo que resulta probado es que el ciudadano americano de etnia judía Jeffrey Edward Epstein fue un magnate financiero de oscura trayectoria que pasó de la más glamurosa notoriedad (con conocidos y ostentosos vínculos con las élites económicas, políticas y sociales del mundo occidental) a una cárcel en la ciudad de Nueva York, donde esperaba uno de sus muchos juicios pendientes. Antes había sido ya condenado por varios delitos, entre los que destacaban el proxenetismo, la violación, el tráfico de personas, el abuso sexual infantil y otras prácticas de similar calado. Dicen que se suicidó, aunque en las pruebas (en formato de video) que presentó el FBI para certificar el suicidio faltaban tres minutos de grabación.
No es un tema menor que la conocida “novia principal” de Epstein fuera Ghislaine Maxwell, hija del magnate australiano de origen judío Robert Maxwell, que en su época gloriosa llegó a controlar grandes medios de información en todo el mundo y que murió extrañamente al caer de su yate en las cercanías de las islas Canarias. Fue además un reconocido agente del Mossad, el “servicio de inteligencia” israelí. Ghislaine acabó siendo acusada y sentenciada por cargos similares a los de Jeffrey Epstein. En la actualidad se halla en una cárcel de Texas. Su abogado ha pedido el indulto al presidente Trump. ¿A cambio de qué?
Y aquí tenemos una pista sobre “el perquè de tot plegat”. Y es que Jeffrey Epstein tampoco ocultó nunca sus relaciones con Israel y en particular con el Mossad, lo que le llevaba a comentarlo públicamente entre sus amigos y asociados. Esta sorprendente ostentación solo se explica porque se creyera invulnerable. Cuando en 2008 el fiscal Alexander Acosta negoció con Epstein su acuerdo de culpabilidad declaró: “Me dijeron que Epstein pertenecía a la inteligencia y que había que dejarlo en paz”. Y aquí aparece el señor Donald Trump, entonces un empresario inmobiliario y uno de los más asiduos y antiguos clientes de las fiestas que organizaba Jeffrey Epstein, que como buen chantajista tenía instaladas cámaras en todos los lugares en que organizaba sus peculiares eventos. Y estas cámaras producían mucho material que ahora el Departamento de Justicia de Estados Unidos va desclasificando discrecionalmente, es decir, a su gusto y manera. Por esto no es descabellada la hipótesis de que el Mossad posea material suficiente como para que el ahora presidente Trump sea echado de su cargo e incluso sometido a juicio. No es de extrañar que el señor Netanyahu (un maníaco homicida, como lo describe el profesor americano de ciencia nuclear en el MIT Thedore Postol) haya visitado constantemente en las últimas semanas al presidente y le haya exigido una acción inmediata contra Irán a cambio de no publicar el material.
Todo encaja. Interpretar esta hipótesis como una teoría conspiratoria es una gilipollez. Solo hace falta cuadrar las cuentas. Lógica de primer grado le llaman a esto. Estados Unidos tiene que prestar su poderío militar a Israel para que este país borre a su único enemigo en la zona (Irán, heredero del imperio Persa) y construya su gran proyecto mesiánico: “el Gran Israel”. Que esta historia acabe a gusto de ellos tiene una probabilidad no superior al cincuenta por ciento. Veremos.
Hasta aquí sexo y mentiras. Hablemos por último del juego. A la gente le gusta jugar y no todo es ludopatía. Algunos juegan a las quinielas del fútbol o de otros deportes, a las carreras de caballos, a euromillones, a “los ciegos”, al bingo o a lo que usted quiera. Pero hay engendros más sofisticados que enlazan con “el sexo y las mentiras”, aunque sea tangencialmente. Y este es el caso de Polymarket, una casa de apuestas norteamericana creada en el 2020 por el joven emprendedor Shayne Coplan (ahora ya en la lista de los multimillonarios) que arrasa en todo el mundo. En esta plataforma se puede apostar por cualquier cosa (se trata de predecir un suceso), que se puede cumplir o no. Uno estará a favor de que se cumpla y otro de que no se cumpla. Hasta aquí todo muy normal. Deja de serlo cuando los sucesos predecibles guardan relación con la política, como el secuestro en un día concreto del presidente venezolano Nicolás Maduro o la primera bomba lanzada sobre el territorio iraní por un avión militar norteamericano.
Los expertos señalan que los mercados predictivos son muy susceptibles de manipulación, sobre todo cuando los agentes interesados pueden activar el suceso a voluntad, como es el caso de un gobierno o de una corporación. Predecir, por ejemplo, el día del asesinato del líder espiritual shiita Ali Jamenei, solo estaba en las manos de quien lo decidía, que gozaba además de la información más completa para que el hecho se cumpliera. No es que se apueste por la muerte directamente (no queda bien) sino porque “el líder supremo iraní deje de serlo”, lo cual es de un eufemismo grosero. Había 600 millones de dólares a favor del “Sí”.
Polymarket no es el único que se dedica a este lucrativo negocio, aunque sí una de las empresas más florecientes. En la actualidad está valorada en 9.000 millones de dólares, teniendo entre sus accionistas la Intercontinental Exchange, empresa matriz de la Bolsa de Nueva York. Uno de sus asesores es el señor Jared Kushner, yerno del presidente Trump. El líder del sector es Kalshi, valorada en 11.000 millones de dólares.
Esto es capitalismo puro y duro, donde lo que cuenta es la oferta y la demanda de intangibles. No hay intermediarios. Se puede considerar como una derivada del capitalismo financiarizado (el “capitalismo de monopoly”) que no crea valor para la sociedad. Es la victoria de los “takers” sobre los “makers”, de los que “toman” las ganancias que producen los que “hacen” cosas. Es un capitalismo que está acabando con el capitalismo primigenio que Adam Smith, David Ricardo y John Stuart Mill defendieron.
Juego, sexo y mentiras. Una combinación nihilista que nos conduce al infierno de un caos impredecible. O quizás no.
