To win one hundred victories is not the acme of skill. To subdue the enemy without fighting is the acme of skill. Sun Tzu.
Con este título ya dediqué hace unos años un libro sobre la historia del capitalismo (“El capitalismo y su séptimo de caballería” / Deusto 2022 – “El capitalisme i el seu setè de cavalleria” / Parcir 2022). En él trataba de explicar cómo ese sistema económico, político y social había sido capaz de sobreponerse a continuas crisis, gracias a su habilidad en construir nuevos modelos con rapidez en función de los cambios del entorno. Nuevos modelos que, eso sí, respetaban el Santo Grial de poner el beneficio como objetivo prioritario, por no decir exclusivo.
Sin ir más lejos y ajustándonos al horizonte de las generaciones nacidas durante la II Guerra Mundial y sus años próximos, podemos considerar que en el capitalismo más reciente hay cuatro etapas muy acotadas, aunque cabalguen a veces las unas sobre las otras.
La primera etapa se inició con la victoria de los “aliados” frente a las fuerzas del Eje (Alemania, Japón, Italia). Año 1945. En ese momento se produjo una escisión en el bando aliado por razones ideológicas. A un lado los países occidentales y sus replicantes (Japón, Corea del Sur, etc.) que se agruparon alrededor del país hegemón (Estados Unidos), que había ganado la guerra del Pacífico y controlaba el 50% del PIB mundial. Del otro afloró un líder (la Unión Soviética), que había sido el principal ganador de la guerra en Europa, y que, aunque diezmado en términos económicos y sociales, mostró rápidamente su capacidad técnica de disuasión nuclear y su voluntad de vender una mercancía (el comunismo) fácil de comercializar en mercados muy deprimidos. No hay que olvidar que en países como Francia e Italia sus partidos comunistas autóctonos movilizaban grandes masas de población.
Las élites capitalistas reaccionaron (algunas a contrapié, especialmente las de Estados Unidos) y presentaron un nuevo modelo que quedó expresado con el conocido epígrafe del “Estado del Bienestar”. Orientada a los grandes colectivos humanos, la idea era que las plusvalías generadas se repartieran de forma más equitativa entre capital y trabajo. Fue el momento en el que la democracia liberal gozó de mayor prestigio y en el que la clase media se consolidó en el mundo occidental, sin que las huellas todavía vivas de un macabro pasado colonial preocuparan mucho a los ciudadanos de ese gran territorio. Podemos considerar que ese período va desde 1945 a 1973.
En 1973 se produjo un vuelco. El conflicto permanente entre árabes y israelíes volvió a estallar. Israel salió ganador y las élites árabes consideraron que ese triunfo se debía al apoyo de las potencias occidentales. Su respuesta inmediata – una respuesta estratégica, no militar – fue aumentar de forma muy significada el precio del barril de petróleo (de tres a doce dólares). Redujeron además la producción. Occidente entró en crisis, aunque el capitalismo gradualmente recuperó un modelo que empezaba a resquebrajarse por la tendencia natural a la caída de la tasa de ganancia. En 1979 hubo un segundo vuelco con la implantación de la Revolución Islámica en Irán y a posteriori con el apoyo militar y financiero a Irak (1980-1981) para que invadiera Irán, en una guerra que duró muchos años. Los precios del barril de crudo se duplicaron y se disparó la inflación. La inestabilidad económica se generalizó y el mundo occidental entró en recesión.
Las élites occidentales tomaron conciencia de que el “Estado del Bienestar” debía ser modificado a la baja. Se abandonaron las ideas económicas de Keynes y se vendieron las del monetarista Friedman, sin que apenas existiera un debate intelectual de fondo. Políticamente se auparon al poder dos líderes anglosajones (Thatcher y Reegan). El objetivo era minimizar el papel del Estado y potenciar el de la economía privada. La escuela económica austriaca salió reforzada, se llevó a los altares a Hayek y se desempolvó su libro “Camino a la servidumbre” (publicado en 1944), en el que insistía en el principio de que el control por parte del gobierno de la vida económica conducía al totalitarismo. Es bien sabido que este concepto es de los más usados y peor comprendidos de la ciencia política, pero parece sirve para descalificar a cualquiera sin el menor rebozo. Y entonces empezó el gran proceso privatizador. Todo, absolutamente todo, desde la salud a la educación, pasando por la mayoría de los servicios sociales. El modelo resultante fue un “Estado del Bienestar 2”, muy diferente del original.
En esta fase 2 la privatización, junto al movimiento de capitales, abrió una brecha en el capitalismo entre “los que hacen cosas” y “los que toman cosas”, entre los “makers” y los “takers”. Se empezó a constatar, por parte de las élites, que se ganaba más dinero especulando con las monedas, con los valores, con las tasas de cambio, que produciendo bienes útiles. De ahí que las grandes empresas industriales cerraran sus plantas en los países occidentales y las trasladaran a países en los que las regulaciones, los salarios, la libertad de contratación, la fiscalidad y todas aquellas imposiciones históricas que el “Estado de Bienestar” original había concertado entre las partes, no existían. Ese movimiento se reflejó en las cuentas de resultados y en la repatriación de beneficios. Fue un momento en el que las corporaciones tocaron el cielo. La acumulación de beneficios modificó en parte las estructuras organizativas. El director financiero se convirtió en un trader que gestionaba la tesorería de forma radicalmente distinta. Aplicaba en el mercado financiero el exceso de fondos, hasta el extremo de que algunas grandes empresas obtenían más beneficios en este terreno que en el industrial. Lógicamente los recién graduados de las escuelas de ingenieros, físicos y matemáticos se incorporaron a los bancos de inversión, a los gestores de activos o a las grandes consultoras estratégicas. La oferta estaba condicionando la demanda.
Y así, de forma muy acelerada, pasamos al “Estado de Bienestar 3”, en el que la producción era, como en la película de los hermanos Coen escasamente atractiva (“No es país para viejos”) y las élites olvidaron lo que los clásicos (Adam Smith, David Ricardo, John Stuart Mill) exigían a los capitalistas: invertir para crecer y así crecer a favor de la sociedad. La gran masa social quedaba arrinconada y las prestaciones del Estado continuaban disminuyendo.
Como tenían que legitimar todo esto, acudieron a los intelectuales, muchos de ellos dispuestos a hacer lo que sea a cambio de ciertos privilegios. Y así apareció el llamado “Consenso de Washington” (1990), que de consenso no tenía nada. Era muy explícito y conviene recordarlo. Decía así:
Todo muy bien condimentado, con algunos toques sociales que acabaron en simple retórica. Le pusieron una etiqueta a todo ello: la Globalización.
Los “takers” ganaron la batalla y la especulación pura y dura se disparó. Era una economía de casino que proporcionaba grandes beneficios a unos pocos. Internet, una herramienta neutra, colaboró al estropicio. A primeros del 2000 hubo algún susto con las empresas “punto.com” pero se siguió adelante. Se repetía la “crisis del 29”, aunque casi nadie la anticipó. Los gobiernos, en particular el norteamericano – tanto demócratas como republicanos – echaron una mano a las élites desregulando a marchas forzadas, hasta que se alcanzó la metástasis económico-financiera en el 2008, con la simbólica caída de uno de los grandes bancos de inversión mundiales: Lehman Brothers. El Estado (que las élites controlan en todo Occidente) rescató a los náufragos con el dinero de los contribuyentes. El coeficiente Gini – que mide la desigualdad entre los grupos sociales – aumentó. La calidad de vida de millones de personas fue a menos.
Hemos venido arrastrando el “Estado de Bienestar 3” durante varias décadas. El reparto equitativo de plusvalías no existe. Los salarios reales están estancados. Por su parte las tecnologías avanzan y los tecnólogos (el llamado “síndrome de Silicon Valley”) creen que ha llegado su hora. Piensan que el mundo ha perdido su sentido de la realidad y ellos pueden traer la “buena nueva”. Vamos a llamar a esta distopía que nos anuncian el “Estado de Bienestar 4”, aunque sabemos que en este caso el continente (bienestar) no tiene nada que ver con el contenido.
Lideran esta cuarta etapa del capitalismo personajes conocidos como Elon Musk y Peter Thiel, lo que supondría dejar el poder en manos de una tecno-aristocracia que pretende salvar la civilización occidental. Han ganado mucho dinero gracias a sus desarrollos con softwares basados en Inteligencia Artificial. Como siempre ocurre (éste fue el caso de Microsoft) contaron en su etapa inicial con grandes fondos públicos, es decir, con el dinero de los contribuyentes. Esos contribuyentes, en su gran mayoría, son los mismos que tienen sus salarios bloqueados y que hace ya unos años también salvaron a la banca internacional. Paradojas del destino.
Se consideran libertarios (el oxímoron de una acracia de derechas) y ponen a las “start-off” y a sus emprendedores como los grandes héroes del universo. Saben que en un mundo plagado de información controlar el relato es muy importante. Le dedican a ello muchos recursos. Se autocalifican de modelos de referencia. Ellos han triunfado (según sus parámetros) y los que sigan su estela acabarán triunfando. Sus raíces son neoliberales (con cuyos restos acabarán pactando) y defienden un populismo autoritario. Interpretan que el Estado son ellos. Incluso hacen manifiestos (como es el caso del “Manifiesto Palantir” que es el nombre de una de sus empresas punteras), donde dicen cosas como éstas:
Es una muestra, solo una muestra, pero se les ve el percal.
No tratan de liquidar al Estado sino de apoderarse de él para dar un giro, según su opinión, a la decadencia del mundo occidental. Animan a científicos e ingenieros para que cumplan su “deber moral” y guíen a la ciudadanía para un “futuro mejor”. En el fondo desprecian a esa ciudadanía, dejándola en la categoría de un rebaño desorientado.
Venden ideología, una ideología que cuenta con un amplio paquete instrumental: los distintos programas de Palantir vendidos al Pentágono y a muchos gobiernos extranjeros para identificar y matar a sus enemigos, y vigilar de cerca al resto; la plataforma X de Musk para controlar las redes sociales; el mundo espacial a través de SpaceX; Starlink, el servicio satelital de Internet; su plataforma de pagos Xmoney; Neuralink, que permite interactuar con las máquinas, y un continuo abanico de nuevos proyectos para ampliar el espectro.
Yo no sé si al capitalismo, como al Séptimo de Caballería, le está llegando su “Little Big Horn” y acabará siendo derrotado por ese extraño entramado (a ojos occidentales) que ha construido la República Popular China y que yo mismo pensé, hace algún tiempo, que acabaría replicando el modelo capitalista en cualquiera de sus versiones. Los indicadores no dicen esto. Su propuesta es diferente a todas: una combinación de marxismo, confucianismo y economía de mercado tutelada por el Estado. Y esa propuesta la hace una civilización milenaria. Ya vemos cual es la alternativa del capitalismo en su versión “Estado del Bienestar 4”. Con su ironía habitual Larry Johnson, analista político norteamericano y exmiembro de la CIA, dijo recientemente que la “cultura de la hamburguesa” del hegemón yanqui tiene todas las de perder frente a tan depurada civilización.
Mi consejo a los más jóvenes: ya podéis empezar a estudiar chino mandarín.
