Focus: Sociedad
Fecha: 10/06/2026
No me gustan los partidos políticos. Se han adocenado. Son instituciones monolíticas que funcionan en clave de pasado. Las cúpulas imponen la disciplina, como en su día expresó con claridad el entonces exultante Alfonso Guerra bajo el lema: “El que se mueve no sale en la foto”. Hay luchas por el poder, a veces sinuosas y en otras ocasiones a navajazo limpio. Si eres respetuoso tienes el puesto asegurado, aunque sea en calidad de asesor sobre las actividades de las garzas del Pantanal, en pleno Mato Grosso. Cobrarás además un pequeño sueldo por ello e incluso te propiciarán algún viaje al otro lado del Atlántico con gastos pagados.
Esto funciona a nivel global, con diversas plataformas públicas o semipúblicas donde colocar a los adictos. Puede ser el Parlamento en Madrid, el Europeo, el dinosáurico Senado, el Parlament de Catalunya, las Diputaciones, las instituciones de las áreas metropolitanas, los ayuntamientos de las grandes ciudades (los de los pueblos no interesan, a no ser que sirvan para despegar) o cualquier otro invento que se les ocurra a esas mentes privilegiadas.
Por eso en Barcelona se ha llegado a donde se ha llegado y resulta difícil conseguir la vuelta atrás. Históricamente la ciudad fue progresando desde las primeras elecciones en 1979 (con Narcís Serra como alcalde), sustituido por Maragall en el 82, que prorrogó su mandato hasta 1997, cosechando méritos tras albergar la ciudad los Juegos Olímpicos del 92, que dieron un vuelco urbanístico a la capital.
Fue la época en la que el sector catalanista del PSC-PSOE (el partido socialista del paseo de la Bonanova) ejerció poder. Tras este período vinieron unos cuantos años grises con Joan Clos y Jordi Hereu (el del referéndum sobre el tranvía por la Diagonal que los ciudadanos - pobres ciudadanos – rechazaron), personajes mediocres que ocuparon más tarde el cargo de ministros de Industria en el gobierno central. Parece que, en la mente estrecha de los jefes de gobierno del Estado, los catalanes solo sirven como ministros de Industria, pues podríamos añadir a los mencionados los señores Majó, Piqué y Montilla. Por cierto, y es fácil de comprobar, hay que señalar que la mayoría de ellos, hasta ser nombrados, no habían pisado una planta industrial en su vida. No de visita, sino ensuciándose la bata. Los colocaron sus partidos por su militancia, no por su capacidad profesional. Y éste sigue siendo el enfoque.
Tanto Clos como Hereu contaron en algunos momentos con la colaboración de Esquerra Republicana y de Iniciativa per Catalunya, en la penosa etapa de los gobiernos tripartitos.
En el 2011 los votantes dieron su confianza a Xavier Trías (por Convergència & Unió), rompiendo la hegemonía socialista. Trías puso un poco de orden y manejó con criterio las cuentas públicas.
En las siguientes elecciones (2015) se produjo una sorpresa con la aparición de Ada Colau, con una curiosa historia de activismo político-social. Era la representante de una nueva plataforma (“Barcelona en Comú”), que rápidamente se transformó en un partido político. La militancia procedía de fuentes diversas, como Iniciativa, Esquerra Unida, Podemos, Procés Constituent, etc. Era un partido sin estructura, pero pronto aprendieron el oficio y empezaron a repartir cargos.
Y aquí se inicia la “disbauxa”, concepto catalán de gran fuerza fonética que implica exceso, despilfarro, mala asignación de recursos, falta de mesura. No estaban preparados para ganar y se dedicaron a improvisar. Elefantes en una cacharrería. Sin orden ni concierto optaron por el tranvía (que los ciudadanos no querían), las “superilles” (como si no existieran Collserola, Montjuich y los numerosos parques urbanos), se inventaron los carriles bici (estrechando calzadas en puntos clave), promovieron su uso indiscriminado (que hizo que los peatones vivieran y vivan un asedio continuo), no prestaron atención a la llegada de un turismo barato, y otras lindezas.
Se les podrían haber parado los pies en el 2019, cuando en las elecciones municipales ganó Esquerra Republicana (con Ernest Maragall), aunque solo obtuvo los mismos concejales que Barcelona en Comú. Esto propició que la “izquierda woke” se quitara la careta y consiguiera de nuevo el gobierno de la ciudad gracias al apoyo del PSC y de una extraña coalición organizada por Manuel Valls, un rocambolesco personaje con pretensiones de glamur, en la que participaba “Ciudadanos” (el invento del señor Oliu). La izquierdosa señora Colau pactaba con la derecha más extrema y cutre para continuar gozando de la poltrona.
Fueron cuatro años locos, donde se abrieron nuevos proyectos urbanísticos y se ahondó en los errores de la etapa inicial. Barcelona empezó a ser ingobernable. Desaparecieron los guardias urbanos de las calles, a los que se proporcionó una flota de automóviles para sus rutas diarias con objetivos indefinidos. Aumentó la inseguridad, a pesar de que las plantillas de los Mossos y de la guardia urbana fueran en aumento. En las zonas más céntricas también aparecían guardias nacionales, que parecían algo despistados. La gente estaba harta, pero se contenía.
Y entonces llegó el 2023 y de una forma casi espontánea se organizó la revuelta. Xavier Trías tuvo la habilidad de desmarcarse de su partido original (C&U) y presentarse con la etiqueta “Trias per Barcelona”. Se trataba de agrupar a todas las fuerzas anti-Colau, sin preguntar a nadie de dónde venía. El resultado fue espectacular (casi 150.000 votos), veinte mil votos más que sus contrincantes PSC (Collboni) y Barcelona en Comú (Colau). Pero estos se pusieron de acuerdo y obtuvieron mayoría, contando además con el voto de los cuatro concejales del PP, que no podían soportar que Barcelona tuviera un alcalde independentista, aunque éste fuera “light”. Fue elegido Collboni.
Y ahora seguimos con Collboni como alcalde, con un gobierno en minoría. Continúa enredando la ciudad para no ser menos que la señora Colau. Es difícil hacer más disparates, pero el concurso está abierto. La única esperanza es que el año próximo haya nuevas elecciones y de nuevo se rompa la baraja y no se cumplan las expectativas que pronostican continuidad.
Pero para que esto ocurra hay que tener coraje y voluntad de cambio. Los partidos organizan primarias, todas ellas manipuladas a gusto de las cúpulas. El PSOE-PSC (el alma catalana se suicidó hace tiempo) mantendrá la opción Collboni (ya le va bien). Esquerra Republicana (lo de Catalunya hace años que lo aparcaron) propone a Elisenda Alemany, una mujer que procede de Comuns y se ha transformado en la mano derecha de mossèn Junqueras. De Comuns tendremos al señor Gerardo Pisarello, que lleva años viviendo de la cosa pública, bien al lado de la señora Colau como primer teniente de alcalde (2015-2019), donde contribuyó con entusiasmo en la gestión del caos de la ciudad o ejerciendo de diputado en el Congreso de Madrid. Aliança Catalana no se ha manifestado por ahora.
Los partidos mencionados han celebrado unas primarias como marca el protocolo, aunque es sabido que las condiciones las fijan las cúpulas y están llenas de trampas. Mi impresión (con la excepción de Collboni, que se ha limitado a decir “yo sigo”), es que los candidatos solo quieren mantener sus poltronas. No se plantean llegar a ser alcaldes. Hace frío, mucho frío allí afuera.
Y ahora me quedaré con lo que le pueda ocurrir a Junts, un partido político que se ha ido desdibujando porque no se sabe a ciencia cierta cuáles son sus objetivos. Me informan que hay cuatro candidatos en las primarias. Veo una “recién llegada” (Gloria Freixa) con el mensaje de “a ver que pasa”. Un buen y solícito seguidor de Xavier Trías (Jordi Martí) con casi quince años de concejal del ayuntamiento (en la sombra), siempre dispuesto a cumplir su oficio. Una periodista inteligente, muy ligada al patriarca señor Puigdemont, pero quizás contagiada del espíritu de la Corporació, en la que trabajó durante demasiados años (TV3, Catalunya Radio, etc.). Y por último Jaume Alonso-Cuevillas, un personaje interesante en el aburrido escenario político.
Alonso-Cuevillas es abogado y economista (doble licenciatura), y tiene despacho abierto. Es además catedrático de Derecho Procesal. Y lo más importante es que entró en política de la mano de Junts, vivió muy directamente la dureza del “procés”, alcanzó puestos relevantes en la organización (tanto en Barcelona como en Madrid) y un día se cansó y se bajó del autobús, donde vivía muy cómodamente. Sé que mucha gente entra en política para asegurarse un sueldo fijo y, si prospera, un “chollo” para toda la vida. Éste no es el caso. A Jaume Alonso-Cuevillas la política le produjo pérdidas, de las que luego trató de rehacerse.
Es independentista (irán a por él los de siempre) y un outsider en su propio partido (esto no debe gustar a la cúpula). Creo que es incontrolable y ha demostrado a lo largo de su vida profesional que coraje no le falta.
Si supera la barrera de las primarias es el único político que podría desbancar a Collboni. Se llama Jaume como éste.
Hay que poner orden en esta Barcelona transformada en el Bronx del sur de Europa. Jaume Alonso-Cuevillas lo puede hacer.
