Focus: Política
Fecha: 21/09/2025
O sea, miope. De cerca ve muy bien, pero de lejos lo ve todo borroso.
Hay que ser muy corto de vista (atributo compartido por la mayoría de los irresponsables políticos europeos) para considerar que los conflictos bélicos más importantes de este momento (el del Medio Oriente y el del Este europeo) son similares y han de ser interpretados y gestionados parecidamente.
Son conflictos de naturaleza radicalmente distinta, que solo tienen en común que ambos cuestionan el poder hegemónico que hasta ahora ejercía el Estado norteamericano. Y es que en los últimos treinta años el orden era unipolar y ahora se está abriendo a la multipolaridad.
A nivel operativo también hay grandes diferencias. En Oriente Medio el Estado de Israel quiere ratificar su papel como gendarme de la zona, con el apoyo directo y permanente de Estados Unidos. Su ejército ha aprovechado la oportunidad que le ha brindado la intrusión de Hamas, para barrer (en el sentido genuino del término) toda la franja de Gaza. Es lo que en estrategia militar se cataloga como el “efecto Dresde”, en referencia a lo que ocurrió en la ciudad de Dresde a finales de la II Guerra Mundial, tras los continuos bombardeos aliados. Los alemanes habían perdido la guerra; no era necesario el bombardeo sobre la población civil. Pero los aliados (sobre todo los anglosajones) querían “escarmentarlos” por lo que la Luftwaffe había hecho con Coventry. El Estado de Israel, su gobierno e incluso la mayoría de la población judía, quieren también “escarmentar” a los palestinos. Los consideran responsables por haber dado a luz a Hamas.
Se me dirá que esta interpretación es muy simple y esquemática. Y así es. Se quedan en la superficie. No tienen ninguna voluntad de ahondar en el tema de fondo. Cuentan además con el apoyo del lobby mundial judío (es su seguro de vida), con especial protagonismo del norteamericano, que en contrapartida lubrica financieramente tanto al partido demócrata como al republicano, y así controla los poderes de su Estado.
Por eso el ejército israelita tiene barra libre. Sabe también que los Estados árabes que lo circundan están regidos por líderes autocráticos muy conservadores, que se reunirán y se quejarán de las masacres pero no moverán ni un dedo. También conocen las inmejorables relaciones de esos países con Estados Unidos, que cuentan con bases militares repartidas por toda la zona y una constante y solvente demanda de tecnología armamentística. El único agujero negro del territorio para Israel es el Estado Persa, más antiguo que ellos, que aunque de mayoría chiita tiene otros componentes vinculados a su origen histórico. Además ese Estado es un firme aliado de la Federación Rusa y de China, en este caso por razones también distintas. Los intentos del bloque occidental para cambiar el régimen iraní desde fuera han fracasado y así seguirán.
En este contexto Israel cerrará el ciclo anexionándose Cisjordania y Gaza, aunque pueda ceder el poder local a los árabes afines -que los hay-, sean o no colaboracionistas. Se harán muchas manifestaciones, se crearán muchos comités, se acudirán a tribunales ad hoc. Se llorará en las Naciones Unidas. Pero no cambiará nada. China y la Federación Rusa expresarán también sus críticas verbales pero mirarán hacia otro lado. A China le interesa la zona, por el momento, como suministrador de petróleo y a medio plazo como terminal de la “Ruta de la Seda” en el caso de Irán. A Rusia el lobby judío le recuerda que la tercera lengua más hablada en Israel es el ruso, después del hebreo y del árabe, debido al flujo migratorio desde el Este europeo tras la desaparición de la Unión Soviética. El Estado de Israel sabe explotar ese componente emocional.
El conflicto del Este europeo es de mayor alcance. Enfrenta a dos aparatos militares: el de la OTAN y el de la Federación Rusa. El primero es muy superior cuantitativamente al segundo, pero este último tiene mayor capacidad disuasoria, gracias a su arsenal nuclear. La llamada “guerra de Ucrania” es una parte de un conflicto general. Para la OTAN ha sido hasta ahora un “mercado de prueba”, el de mayor envergadura respecto a otras guerras menores que pasaron desapercibidas, como la de Chechenia o la de Georgia. La OTAN, dirigida militarmente por Estados Unidos, está en guerra con Rusia desde el año 2000, cuando Vladimir Putin asumió la jefatura del Estado, sustituyendo a Boris Yeltsin. Los anteriores diez años (1991-1999) fueron los años del saqueo, del desgobierno, de los oligarcas, de los grandes negocios de la banca internacional, del incremento de la tasa de suicidios, del alcoholismo, de la pobreza extrema. Una ciudadana rusa que vivió ese período lo expresó con lucidez: “Antes no teníamos ninguna libertad pero teníamos algunos derechos. Ahora (1994) tenemos muchas libertades, pero no tenemos ningún derecho”. El presidente Putin puso orden en todo aquello y enderezó la nación. Las élites occidentales nunca se lo perdonarán.
Por eso la OTAN preparó ya en 1991 la maquinaria de guerra, incluidas la informativa y la psicológica. La guerra se extendió desde el Báltico al mar Negro, en cualquier lugar en el que un país de la órbita occidental (aunque estuviera en el Este) tuviera fronteras con Rusia. La consigna fue provocar al enemigo e intimidar a la población propia. Hay que reconocer que en este sentido han tenido éxito, lo que explica las sorprendentes reacciones, por ejemplo, de los gobiernos escandinavos (históricamente neutrales) y la escasa respuesta crítica del resto de ciudadanos europeos, que han acabado aceptando como cierta la leyenda del “oso ruso” que quiere devorar Occidente.
El problema es que el mercado de prueba (Ucrania) ha puesto en evidencia que el proyecto a lanzar y a extender no es viable. Tiene una Tasa Interna de Retorno (TIR) negativa. No solo esto, sino que si se quiere continuar alimentando a la bestia, se tendrán que reducir otros capítulos del gasto que sí afectan a la población europea occidental: sanidad, educación, pensiones, etc. Y esto no es tan fácil de vender a una población desconcertada, como el cuento del oso.
Ya hemos dicho que el miope de lejos lo ve todo borroso. Tú no puedes poner a los señores Netanyahu y Putin en el mismo puchero (como tienden a hacer el señor Macron o el señor Starmer, e incluso el superviviente señor Sánchez), a no ser que pongas también en la olla a los señores Trump y Xi Jinping. Si los pones juntos (sobre todo a los dos últimos, más el señor Putin) estás entrando en una conflagración a nivel mundial que no conviene a ninguno de ellos.
Cuando todo se apacigüe (que ocurrirá a medio plazo) el mundo será diferente. El centro del poder se decantará definitivamente hacia el sureste de Asia. Europa será la periferia del continente euro-asiático y los Estados Unidos resucitarán una “doctrina Monroe” puesta al día y ampliable al Medio Oriente. La República Rusa no se moverá del territorio ocupado, que incluirá los cuatro Óblasts del sur de Ucrania más Crimea. La nueva Ucrania será neutral, campo abonado para el viejo juego de espías. La Unión Europea reducirá su aparato burocrático y hará oficial su dependencia de una OTAN menos beligerante. La República Popular China seguirá avanzando y ampliará su área de influencia en dirección a África. E Israel habrá cumplido sus sueños de conformar un “gran Israel”, aunque seguirá expuesto al cumplimiento por parte árabe de una de las leyes más queridas por el pueblo judío: la Ley del Talión (“ojo por ojo, diente por diente”), una ley que es considerada justa por equiparar el castigo al daño. Ahora que se ha puesto de moda hablar de “crisis existencial”, no quisiera estar en la piel de un ciudadano israelita en los próximos quince años, justo cuando los niños palestinos que no hayan desaparecido tras el “efecto Dresde” alcancen la mayoría de edad.
Claro que éste no es el único escenario previsible. Algunos estudiosos chinos han elaborado otras hipótesis tomando como referencia su venerado libro “I Ching” o “libro de las mutaciones”. El libro, de origen taoísta, tiene muchas lecturas, pero sobre todo actúa como oráculo en su aspecto predictor. Con este propósito, se preguntaron si la globalización seguía ciertas pautas hasta el extremo de conformar una pauta cíclica. Su respuesta fue favorable. Han ido más allá y consideran que este ciclo está llegando a su fin.
De los sesenta hexagramas originales del “I Ching” derivan el ciclo de sesenta años de la globalización, estructurado en cuatro estaciones de quince años. La primera va de 1980 a 1995 y comprende la disolución de la Unión Soviética (1991) y el proceso de reforma y apertura de la República Popular China (1990). Primeros pasos hacia la globalización. De 1995 a 2010 tenemos la elección de Putin como presidente de la Federación Rusa (2000), los ataques de las Torres Gemelas (2001), la guerra de Irak (2003) y las olimpiadas de Pekín (2008). El tercer ciclo va del 2010 al 2025 e incluye la pandemia del Covid (2019), la guerra Ucrania-Rusia (2022), la guerra Israel-Hamas (2024) y la caída del régimen de Assad en Siria (2024). La globalización florece.
Y ahora viene el predictor (2025-2040) con algunos hechos previos: el segundo mandato de Trump (2025) y la guerra Israel-Irán (2025). El horizonte a corto apunta a una guerra en el estrecho de Taiwan (2027) y a una III Guerra Mundial (2030). Es el invierno de la globalización. Se desintegran sus bases. Años peligrosos, tremendamente peligrosos.
Todo lo que empieza termina. Aceptemos el ciclo como un orden natural. La duda es si la humanidad será capaz de modular el fin de ese ciclo para que no resulte totalmente disruptivo y permita en 2040 empezar uno nuevo. Seamos realistas, los indicios en este momento no son precisamente buenos. Quizás mejorarán. O no.
