Focus: Política
Fecha: 04/06/2025
Tenía razón Marco Aurelio, el filósofo estoico romano que ocupó el trono imperial en la segunda centena después de Cristo. Fue un emperador atípico, culto, inteligente, bondadoso. Quizás algo ingenuo, en la medida en que contaba con la respuesta favorable de la plebe a la educación y a la civilidad. Los resultados, dieciocho siglos después, ponen de manifiesto lo contrario. La gente se instruye pero no se educa. Estamos inmersos en una sociedad de ignorantes que viven de las píldoras pseudo culturales que el poder distribuye gratuitamente.
Esta situación de desconcierto explica muchas cosas. Mires hacia donde mires, el espectáculo es dantesco.
A nivel local, el triste President de la Generalitat de Catalunya señor Illa viaja al sudeste asiático para ahorrarse la vergüenza de haber consentido presencialmente el caso “Sixena”. No se ha atrevido ni a quejarse, no porque sirviera de nada sino porque como mínimo uno debe asumir públicamente su papel como representante del pueblo de Catalunya. Nació arrugado. Y es que es un pobre diablo, un desgraciado. Un desgraciado –ya avisaba Marco Aurelio– al que mucha gente “bien instruida” ha votado. No solo lo votan, sino que su corte de vasallos (incluido el protegido narcisista de la Corporació señor Ricard Ustrell) lo acompañan en sus inútiles escapadas. Demasiadas. Ya avisaba Freud que la peor huida es huir de sí mismo.
Por su parte los líderes políticos aragoneses (PP y PSOE), en un acto patriótico y al grito de “España, una, grande y libre”, han exteriorizado su contento porque los tribunales les han dado la razón y pueden recuperar su patrimonio “expoliado”. No saben ni quieren saber que gracias a la generosidad, la capacidad técnica y el dinero del pueblo catalán estas piezas del arte románico del monasterio de Sixena todavía se conservan en buen estado. Los aragoneses en general padecen de un enorme complejo de inferioridad respecto a Catalunya y por eso muy pronto prefirieron el vasallaje hacia los reyes de matriz castellana. Son unos trogloditas, con las excepciones que la estadística permite.
Para cerrar el círculo tenemos la sentencia del Tribunal Supremo (sala arriba, sala abajo), que como siempre es una sentencia anunciada, como lo fue la muerte de la crónica de García Márquez. El sistema judicial español sentencia contra Catalunya y sus ciudadanos, cualquiera que sea el tema. No merece la pena ni abrir el sumario, instruido con la inevitable aportación de la “policía judicial”, cuya orientación es sobradamente conocida. Nos la tienen jurada.
Por mi lo de Xixena ya se lo pueden meter por donde les quepa en el sentido metafórico del término. También en el otro.
Fuera del ámbito doméstico vemos como el gobierno español sigue con la comedia de defender el uso del catalán, el eusquera y el gallego en las instituciones de la Unión Europea, como si esto fuera muy importante. Y no lo es. Es una maniobra de distracción para que estemos ocupados.
¿Para qué ha servido que en las Cortes españolas (me gusta ese nombre evocador de esencias franquistas: el continente explica el contenido señalaba Saussure) se hable en otras lenguas que no sea el castellano? Para nada. Cháchara. Estamos vendiendo nuestra dignidad a precio de saldo.
Y, como era de esperar, la Unión Europea, ha aplazado la decisión. Tampoco es un tema relevante. La Unión Europea y sus instituciones es un cortijo en manos de una pandilla de indocumentados, espabilados y corruptos. Son los mismos sujetos que a través del Parlamento votaron a favor de que la OTAN utilizara misiles de largo alcance en el conflicto ucraniano. Forman parte de la “pandilla de la guerra”, que transfieren los recursos públicos del capítulo social (que afectan a la calidad de vida de sus ciudadanos), a rearmarse “por si viene el coco”. Son terroristas agazapados que hacen valer la teoría de Max Weber sobre la legitimidad del Estado para ejercer la violencia.
Los Mertz, Stammer, Macron y los “chiuauas bálticos” (estos pequeños animalitos gritan mucho porque tienen miedo) continúan poniendo leña para que la guerra de Ucrania vaya en aumento, mientras ellos siguen confortablemente los resultados de la Champions League. Son unos miserables que bajo un señuelo “patriótico” envían a los jóvenes a morir estúpidamente en una guerra de trincheras que saben está perdida. Su enajenación colectiva les impide interpretar lo que significa enfrentarse a la mayor potencia nuclear del mundo.
Como lo son los sesenta senadores republicanos que defienden la continuidad del conflicto, en la medida en que interesa a las empresas armamentísticas para las cuales trabajan como “lobbies”. Tengamos presente que el valor de capitalización de las cinco primeras empresas del sector (cuatro norteamericanas y una francesa) alcanza la extraordinaria cifra de 652.700 millones de dólares. Solo la primera (RTX) tiene un valor de 183.000 millones, que es seis veces el presupuesto de la Generalitat de Catalunya por todos conceptos.
Mientras tanto el pelele Zelenski, con la ayuda inestimable de los “servicios de inteligencia” de los gobiernos de Occidente, sigue practicando un terrorismo canalla (todos lo son) contra ciudadanos civiles rusos (tren de pasajeros en Briansk), que es la típica respuesta del delincuente acorralado que sabe que ya no tiene escapatoria y grita estentóreamente
“Moriré matando”.
El mercurial presidente Trump lo tiene muy complicado y sigue practicando la “gestión del caos”. Los frentes lo superan, sobre todo el interior que está plagado de falsos amigos. En el frente exterior – que es el que nos debe preocupar – se siente perdido. No tiene la mínima experiencia en las relaciones internacionales y tampoco se fía de unos asesores que él ha elegido personalmente. Por eso cambia de opinión como el que cambia de camisa.
Se diría que ha empezado a comprender que el conflicto de Ucrania es un residual que tiene su origen en los movimientos del gobierno norteamericano en 1991, tras la desaparición de la Unión Soviética. Trump se limita a repetir que esa no es su guerra y poca cosa más. Le falta coraje –lo que resulta sorprendente en un tipo “macho Alfa”- para imponer su ley enviando a los líderes europeos a su casa, desplazando al siniestro Zelenski y cerrando un acuerdo de seguridad europeo con el presidente Putin. Porque de lo que se trata no es de acabar el conflicto ucraniano sino de establecer un marco de seguridad internacional de alcance amplio.
Claro que previamente tiene que bloquear a los servicios de inteligencia de su propio país, servicios que le siguen haciendo la cama actuando por libre y cuya última acción han sido los atentados contra aeropuertos militares rusos. Se supone que de “inteligencia” no van sobrados estos insensatos porque el “protocolo nuclear ruso” legitima a este país para dar una respuesta nuclear a esa acción terrorista.
En esta ocasión, sin dramatismos, hemos estado muy cerca de la Tercera Guerra Mundial. Tenemos la suerte de que tanto Vladimir Putin como Xi Jinping controlan sus emociones. Son hombres de Estado que saben medir los riesgos, pero todo tiene un límite.
Entretanto millones de europeos, al igual centenares de miles de catalanes (cada cual en su ámbito), están hartos de sus líderes, de su presunción, de su incapacidad, de su prepotencia, de sus mentiras, de sus fracasos. El problema es que hemos de esperar cuatro años para expresar nuestro rechazo. En esto la democracia representativa resulta inútil.
Hay que moverse, antes de que sea demasiado tarde. Y no esperemos a Godot. Como ya nos contó Beckett, Godot no vendrá. Es nuestra responsabilidad y nuestro compromiso.
