EL CUL LLOGAT

Focus: Política
Fecha: 26/03/2025

Es una gráfica expresión catalana que dice: “qui té el cul llogat, no seu quan vol”, es decir, quien no es amo de sí mismo, de su tiempo, de su circunstancia, depende de la voluntad de los otros.

La cuestión es que esta realidad se ha expandido urbi et orbe; es inclusiva, que dirían los cursis. Será por ello que los pensadores a sueldo de la oligarquía dominante recomiendan hacer uso de los recursos ajenos a nuestro alcance para acometer cualquier proyecto que nos ilusione, asumiendo de forma automática el endeudamiento que esto lleva aparejado. Y la deuda nos atenaza, nos pone al servicio de los acreedores. Ya no somos libres. Estamos a merced de terceros. Pensemos lo que pensemos, nuestra actitud es acrítica. Somos dóciles ovejas conducidas al corral.

No se trata de tener algo de dinero, de tener un roc a la faixa” por si vienen malos tiempos. No basta. Hay que trabajar con la hipótesis razonable de que si se nos cierran las puertas tendremos recursos suficientes para poder seguir nuestra línea de acción.

He pensado en todo ello leyendo un artículo de Robert Skidelsky en el Guardian sobre la situación geopolítica en Europa. Skidelsky, miembro de la Cámara de los Lores británica, es el historiador y economista que mejor ha estudiado y divulgado las teorías de John Maynard Keynes. Sin su aporte investigador el pensamiento de Keynes habría sufrido grandes limitaciones. Él ha llenado todos los vacíos, ha respondido a todas nuestras preguntas. Es un gozo leerlo y escucharlo.

Cuenta Skidelsky que en los últimos tres años los medios de comunicación británicos no acuden a él para conocer su documentada opinión, y no lo hacen porque saben que ésta no se ajusta al patrón dominante. Nos dice que su voz resulta disonante en el Parlamento y que aquellos colegas que están de acuerdo con él tratan de ocultarlo públicamente, si no quieren ser sancionados en los círculos sociales de las élites. Si Skidelsky se puede permitir un pensamiento libre es porque dispone de un nivel de ingresos y/o un patrimonio líquido que lo protegen. Y porque tiene 86 años y la cabeza muy bien amueblada.

Skidelsky denuncia el grave error de las élites políticas y económicas británicas al no comprender lo que está ocurriendo en el mundo de hoy. Su sesgada lectura procede de tres grandes errores de planteamiento.

El primero es creerse que son dueños de la moral y que ésta está siempre de su parte. Por eso pueden señalar lo que es bueno y lo que es malo. Por eso mismo pueden auto definirse como demócratas. Piensan que están obligados a trasladar su credo ideológico al resto del mundo, como si fueran misioneros de la buena nueva. El segundo error es un reflejo imperial de su etapa colonialista. No pueden aceptar que otros pueblos y otras gentes interpreten la realidad y el mundo de otra manera. Ellos han sido formados como “rulers” (gobernantes) y por eso el resto de países les debe un vasallaje, aunque sea simbólico. Parte de este vasallaje se explicita en el uso de su lengua (el inglés) como lengua universal. El tercero tiene una base histórica. Les han contado en los centros universitarios, en sus clubs exclusivos, en los encuentros de las estirpes familiares, que el gran error de Chamberlain fue tener una política de apaciguamiento con Hitler (Múnich 1938), que dio manos libres para que la Alemania nazi invadiera Europa. Creen que Putin puede hacer lo mismo ahora, y que tras Ucrania vendrán los países bálticos, Polonia y lo que el ejército ruso se proponga.

Los tres errores llevan a un diagnóstico equivocado de la situación. Están fuera de contexto. El imperio se acabó hace tiempo, no hay “misión” que cumplir y para la República rusa más territorio es más pasivo. Curiosamente para los países del llamado “Sur global”, incluidos los BRICS, la amenaza a la paz mundial procede del mundo occidental y de su brazo armado (la OTAN), no de Rusia.

Lo único que quiere el gobierno de Vladimir Putin es lo que pidió desde el principio del conflicto: una Ucrania neutral, un desmantelamiento de las bases de misiles de la OTAN en sus fronteras (como lo exigió el presidente Kennedy en 1962 en la llamada “crisis cubana”), una libertad de opción de los ciudadanos de las zonas pro-rusas de Ucrania sobre su nacionalidad y una salida al mar Negro para su flota. Esto último ya lo consiguió y no tiene vuelta atrás, pues Crimea ha sido siempre rusa, y las veleidades de Jrushchov al trasladar la soberanía de Crimea de Rusia a Ucrania dentro de la URSS en 1954 (en plena Guerra Fría) no merecen otro calificativo que un divertimento.

Claro que para descontextualizar, las élites británicas tendrían que ir un poco más lejos. Ellos perdieron el control del mundo a primeros del siglo XX. Lo tomaron  sus primos (los norteamericanos) que alcanzaron la hegemonía plena después de la II Guerra Mundial. El mundo era unipolar (como lo había sido en siglos anteriores en manos británicas), pero al poco pasó a ser bipolar, al alcanzar la Unión Soviética el nivel tecnológico que les permitió tener “la bomba”. En el fondo ese período de contención (1947 – 1991) fue bueno para todos, con distintos niveles de desarrollo.

Pero cuando la Unión Soviética se deshizo políticamente por voluntad propia (nadie la conquistó, no perdió ninguna guerra), el riesgo nuclear se expandió y con él nació la multipolaridad. El espectacular despegue económico de la República Popular China y de los países de su área de influencia, junto a las causas antes citadas, provocó un desplazamiento hacia oriente del poder real. Como dice el profesor noruego Glenn Diesen, Europa es ahora la península occidental de Eurasia. Es duro. Las élites occidentales han dejado de ser relevantes y esto les produce terror.

Por eso quieren que la guerra continúe, aunque saben que no tienen suficientes medios para alimentarla sin el apoyo del gobierno de Estados Unidos. Nunca se han planteado una vía diplomática, un proceso de negociación, un camino hacia la paz. En sus inagotables reuniones, sus conversaciones son asépticas. No saben qué significa luchar en la trinchera y morir o quedar malherido. Ni lo saben, ni les importa. En Oxbridge (Oxford + Cambridge) no se habla de esto. Es de mal gusto. Su última ocurrencia para fomentar el terror es recomendar a los europeos un kit de supervivencia por si se produce una catástrofe.

Skidelsky recuerda otro acontecimiento histórico que él ha estudiado muy bien. Fue el papel de Keynes tras la I Guerra Mundial y la firma del Tratado de Versalles. Keynes no tuvo un papel significativo ya que era simplemente asesor de la comisión negociadora, como miembro del Tesoro británico. Pero pronto se dio cuenta de que las decisiones que tomaban los vencedores eran más propias de un revanchismo que de otra cosa. Pensaba que el tratado tenía un acento político exagerado y olvidaba la realidad económica a corto y medio plazo. Según él, el valor de las reparaciones que se imponían a Alemania era tan exagerado que produciría – si se cumplían los pagos – un país centroeuropeo pobre y políticamente inestable. Renunció al cargo, regresó a Inglaterra y publicó su libro “Las consecuencias económicas de la paz”, que es una acerada crítica del tratado. Desgraciadamente Keynes acertó y el contenido del Tratado de Versalles fue uno de los principales elementos que dio alas al régimen nazi en Alemania y al inicio de la II Guerra Mundial.

Skidelsky asocia este recuerdo a las circunstancias actuales. Keynes nunca condenó a los alemanes. “No se trata – decía – de que nos gusten o no. Tenemos que vivir con ellos. Mejor que tratemos de comprenderlos. Ponerse en su piel”. “Si no lo hacemos – concluía – lo acabaremos pagando”. Skidelsky no está de acuerdo con todas las decisiones del gobierno Putin. Simplemente trata de comprenderlas y por ello las analiza en profundidad. Por su parte Occidente, a través de sus líderes actuales, ha respondido aplicando muchas sanciones económicas a la República Rusa (la mayoría ajenas al Derecho internacional sobre la propiedad). Son un boomerang. Acabaremos pagándolas los ciudadanos de a pie.

Robert Skidelsky, junto a Jeffrey Sachs, Glenn Diesen, Pascal Lottaz, John Mearsheimer, Michael Rossi, Emmanuel Todd, Jacques Sapir y unos pocos más ponen un poco de luz en esta ceremonia confusa fabricada exprofeso por la oligarquía dominante sobre la geopolítica mundial. Son conscientes todos ellos, o así me lo parece, que lo más preciado de una posición económicamente digna es que puedes comprar espacios de libertad. No tienes “el cul llogat” y por eso mantienes vivo tu pensamiento crítico.

No puedo cerrar esta columna sin citar un trabajado texto del maestro Josep Pla, extraído de su libro “Notes disperses”. Dice así (en versión original):

“Hi ha una aspiració general entre els italians – no solament entre la aristocràcia empobrida, sinó entre la burgesia i la classe mitjana: és l’aspiració a fare il signore. ¿Què vol dir fare il signore? A mi em sembla que bàsicament vol dir poder anar a passeig en el sentit que anar a passeig és un símptoma de llibertat indiscutible. L’home que té el cul llogat no és un home lliure, per més diners que tingui”.

Espero que este siga siendo un espacio de libertad.

 

  

 

 

 

Alf Duran Corner

 

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