Focus: Política
Fecha: 08/01/2025
Desear esto es un lugar común, pero no debemos confundir los deseos con las realidades. El mundo se mueve en un equilibrio inestable provocado por las élites corporativas que han hecho del corto plazo su modus vivendi. Ya no hay proyectos a largo, por mucho que los burócratas de turno presenten sus dossiers de corte académico. Y el resto de la población, en un batiburrillo de clases sociales entrelazadas, se limita a presionar sus “like” como si de verdad estuviera en el mejor de los mundos. Que no lo está.
Nunca como ahora la macroeconomía y la micro habían operado tan separadamente. Las autoridades de la Administración española, por ejemplo, nos cuentan las delicias de un crecimiento del PIB en el 2024, de una inflación controlada, de un desempleo en camino de mejora. Y al mismo tiempo muchas familias tienen dificultades para llegar a final de mes, ya que sus gastos fijos (el alquiler, la hipoteca, la energía, la cesta de la compra, etc.) se llevan gran parte del bocado. No solo es una cuestión del “sentimiento del consumidor” (variable que se acostumbra a analizar pero que es muy difícil de medir) sino de la realidad del día a día de millones de personas. Quizás la trampa es que el Estado español se sostiene económicamente gracias a un turismo de masas y al empleo que ese turismo genera, empleo mal pagado y de escaso valor añadido, pero que come y descansa bajo techo cada día. El turismo crece y el consumo privado también. Y todos tan felices.
Pero todo ello puede irse al traste si se producen cambios en los tres movimientos tectónicos que afectan a toda la población mundial. El primero es Europa, donde se ubica el Estado español.
Estamos en el vagón de cola de un tren (Europa) que camina hacia el desastre total, gracias a los errores cometidos por el grupo de políticos más mediocre de los últimos cincuenta años. Recordemos los nombres más significativos de esta tribu: Ursula Von der Leyen (presidenta de la Comisión europea), Roberta Metsola (presidenta del Parlamento europeo) y los Jefes de gobierno o presidentes de Alemania (Olaf Scholz), Francia (Emmanuel Macron), Polonia (Donald Tusk), Reino Unido (Keir Starmer), Italia (Giorgia Meloni) y España (Pedro Sánchez). Todos forman lo que se ha llegado a denominar “partido único”, un conglomerado construido a partir de la desaparición de la Unión Soviética (1991) en el que las teóricas diferencias históricas entre derecha e izquierda han casi desaparecido. Todos recitan el mismo catecismo de lectura obligada, que escriben con letra gruesa los lobbies de Washington capital. Por eso han permitido que se practique en su territorio el “terrorismo de Estado” de la mano de los múltiples servicios de seguridad norteamericanos que compiten directamente con su propio gobierno. Gracias a esto los ciudadanos europeos pagan la energía a precios exorbitantes (el gas licuado de Estados Unidos es cuatro veces más caro que el gas procedente de las fuentes rusas) y las empresas europeas ven limitadas sus exportaciones al que era su principal socio comercial (la República Popular China). Europa se ha convertido en la criada de Estados Unidos, que entra en la finca por la puerta de servicio. En Europa mandan la OTAN, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea (tres órganos que no han nacido de la voluntad popular, sino que han sido designados a dedo). Es una democracia de mínimos, una falsa democracia.
En el conflicto de Ucrania, Europa ha caído en una trampa urdida por las élites corporativas que han sabido potenciar la Rusofobia, una antigua y vieja enfermedad que se arrastra desde la guerra de Crimea (mediados del siglo XIX) en la que la Rusia zarista sucumbió frente a las fuerzas del imperio Otomano, Francia y el Reino Unido. Esa “rusofobia” continuó avanzando cuando Lenin (con el propósito de evitar la continuidad de la primera guerra mundial) pactó con la Alemania prusiana (1918). Solo faltó el remate del “telón de acero” y de la “guerra fría”, dos códigos de fabricación propia (made in USA) que Hollywood ha seguido vendiendo con notable éxito. Todo ello a pesar de que la Federación Rusa, el bloque mayor escindido de la antigua Unión Soviética, estrenó un capitalismo “cowboy” hace treinta y cinco años, capitalismo codirigido por cierto por los “chicos de Harvard”, con un Jeffrey Sachs en su etapa neocon y por un pretencioso Larry Summers, el economista favorito del presidente Clinton. Rusia en aquel momento dejó de ser una supuesta amenaza para Europa occidental.
La OTAN, como ya hemos explicado muchas veces, tenía que haber desaparecido entonces. No solo no lo hizo sino que continuó su plan de expansión para cercar las fronteras de la nueva Federación Rusa de norte a sur. Con ello se rompían de facto los acuerdos que tras la desaparición de la Unión Soviética se establecieron entre el gobierno de Bush padre y el gobierno Gorbachov, acuerdos que además permitieron la reunificación de Alemania, con el retorno a casa del amplio contingente militar ruso.
El gobierno que presidía ya Vladimir Putin avisó sucesivas veces de que se incumplían los acuerdos, pero los gobiernos occidentales no le hicieron caso. De nuevo apareció Hollywood con la colaboración de la CIA, y en 2014 se inventaron una “revolución de colores” (de hecho un golpe de Estado interno), para situar en la capital de Ucrania a un gobierno títere, que para dar coherencia al evento acabó siendo presidido por un cómico llamado Zelensky. El gobierno ruso se cansó de tanta provocación y tomó Crimea. Más tarde (2022) y al no encontrar respuestas razonables a sus peticiones, penetró en territorio ucraniano por el norte y por el sur, aunque en la práctica su intención era proteger las zonas de cultura rusa del este y sur de Ucrania, zonas cuyos ciudadanos ya pertenecen ahora de facto a la Federación Rusa. Todo ello nos ha llevado al conflicto que sucede en territorio ucraniano, pero que enfrenta a la Federación Rusa y a la OTAN. Pronto se cumplirán tres años de una guerra que solo tiene dos salidas: la derrota de la OTAN o la tercera guerra mundial entre la OTAN y una coalición formada por el eje ruso-chino y los países del gran Sur. Mejor que descartemos esta última hipótesis, aunque la primera puede significar cambios significativos en los equilibrios estratégicos mundiales.
Vayamos ahora por un momento a la Federación Rusa y a su actual estado de situación. El territorio ocupa 17 millones de kilómetros cuadrados y cuenta con una población de 140 millones de habitantes. Su PIB es de 6 billones de dólares y su renta per cápita es de 40.000 dólares (fuente: CIA Factbook). Esto sería su cuenta de resultados, con un crecimiento previsible para el 2025 del 4% (según el FMI). Pero lo más relevante es el valor patrimonial de sus recursos naturales. Según Visual Capitalist (Voronoi) plataforma norteamericana de análisis de datos, los recursos naturales de la Federación Rusa totalizan 75 billones de dólares, destacando entre ellos el carbón, el gas, el petróleo, la madera y las tierras raras. En términos comparativos y con un mix de materias primas similar, el patrimonio de Estados Unidos es de 45 billones. Añadamos a todo esto que las limitaciones y sanciones impuestas por Estados Unidos (incluida la confiscación de activos financieros del Banco Central ruso y de empresas y particulares rusos, confiscación cuya legalidad está en entredicho) no han creado graves problemas hasta el momento a la economía rusa. La respuesta ha sido aplicar un keynesianismo de guerra, con fuertes inversiones en el sector secundario, principalmente en tecnologías de naturaleza militar. Su tesorería debe estar bien nutrida, vistos los pagos que reciben los soldados mensualmente y en el momento de la firma (reclutamiento), además de las coberturas para las familias en el caso de resultar heridos o muertos en campaña. Las sanciones, de todo tipo y condición, pueden haber molestado, pero no han hecho mella. En términos comerciales, la Federación Rusa se ha volcado hacia Oriente y el gran Sur.
El segundo probable movimiento tectónico se sitúa en Oriente Medio, donde los sucesos de carácter militar desbordan los informativos de los medios. Israel prosigue su avance con el propósito de expulsar a los palestinos de la franja de Gaza e incorporar a ésta y a Cisjordania al “gran Israel”. Puede distribuir a la población superviviente palestina después de las masacres entre Jordania y Egipto, previo pago a los jerarcas locales. Incluso puede anexionarse parte del sur del Líbano. Pero todo ello tiene fecha de caducidad. Tendrá que tachar para siempre la palabra “paz” de su diccionario. El día que su principal protector (el gobierno norteamericano) deje de proporcionarle fondos o los disminuya, el malestar económico y social de sus ciudadanos irá a más. Continuará necesitando mano de obra árabe y todo esto le condicionará. Su intervención en Siria ha estado llena de despropósitos. Siria es un país fallido (como lo son Irak y Libia), que se repartirá entre yihadistas, islamistas (bajo la tutela de Turquía), kurdos y otras minorías, con la presencia inquietante de las bases americanas en la zona de extracción petrolífera. Israel está cayendo en la adicción de “la guerra por la guerra”. Como indica el buen analista Poch de Feliu, Israel es hoy el lugar del mundo más peligroso para los judíos. Su actual gobierno le ha hecho perder toda la legitimidad que tanto costó construir. Creer que todo este movimiento tiene como grandes perdedores a Rusia e Irán es desconocer las dinámicas del territorio. Las bases rusas en Siria siguen ahí. Se irán si quieren irse y el nuevo gobierno yihadista sirio no creará un conflicto de inmediato por ello. Lo más probable, por cuestiones logísticas, es que se desplacen a Libia, donde ya cuenta con bases aéreas y uno de los dos gobiernos establecidos y enfrentados les ha medio ofrecido una ubicación frente al mar junto a Tobruk. Todo puede suceder e incluso se puede repetir un caso como el de Siria, donde grupos terroristas han sido financiados por Estados Unidos y entrenados por Turquía para derrocar al único gobierno árabe no islamista de la zona. Iniciar una guerra total contra Irán es un escenario inquietante, que podría despertar las iras del eje chino-ruso, países con los que el antiguo reino persa tiene acuerdos estratégicos de tipo militar y comercial de gran calado. Con todos estos antecedentes el riesgo en Oriente Medio es muy superior al de Ucrania.
El tercer movimiento tectónico se sitúa en los mares de China, entre el Oriental y el Meridional. Está en estado latente, como si las partes estuvieran pensando la estrategia a seguir. Las partes son Estados Unidos y la República Popular China. Su objeto de deseo es la isla de Taiwán, cuyo gobierno es pro-occidental y no acepta su incorporación a la “gran China”. El problema de fondo es que tras la II Guerra Mundial Estados Unidos ha ido construyendo bases militares en el Pacífico, con el firme propósito de controlar a China. En la actualidad tiene 160 bases militares y cien mil soldados, además de la flota del Pacífico con base en Pearl Harbor. Todo esto es muy caro. Lo pagamos todos los contribuyentes del mundo occidental (sin que nos enteremos), aunque el peso del contribuyente americano es mayor. Los dirigentes de la República Popular China no tienen prisa. Los guía el espíritu de Confucio. Saben que una parte de la población de Taiwán (en la oposición) no comparte las ideas del gobierno. Presionan. Saben cómo hacerlo.
Fijémonos que el modelo de lo que ha ocurrido en el cercamiento de la Federación Rusa es el mismo que se aplicó frente a China. Claro que la China de Mao no tiene nada que ver con la China de Xi Jinping, un país dominante que compite en todos los terrenos con Estados Unidos.
Hasta que este último país no acepte que el mundo ya no es unipolar, que su papel como gendarme universal no tiene razón de ser, que la multipolaridad se impone gradualmente, los riesgos seguirán existiendo. Y en este caso los riesgos, estés donde estés, tienen un alcance universal.
¿Feliz año nuevo?
