HORROR SHOW

Focus: Sociedad
Fecha: 04/07/2024

Llámelo como quiera, pero a mí me produce escalofríos pensar que el hasta hace poco poder hegemónico mundial está en manos de unas personas cuya salud mental es más que discutible. Esta es la primera evidencia del reciente debate televisivo entre los dos probables candidatos a la presidencia de Estados Unidos: el señor Joe Biden y el señor Donald Trump. Una lectura superficial del debate es que “ganó” el segundo (más bruto, más grosero, más contundente), como si se tratara del resultado de una carrera en el hipódromo. Yo creo que no ganó nadie sino que perdimos todos. Perdió la sociedad norteamericana y in extenso la sociedad mundial.

Los medios han puesto mucho énfasis sobre la patética performance del presidente Biden, prestando poca atención a su interlocutor y a su borroso relato. Y esta lectura del escenario nace sesgada en origen y conviene aclararla.

Empezaremos por el expresidente Trump. Desde un punto de vista clínico se ha escrito mucho sobre el señor Trump. Basta recordar que en el 2017 se publicó un interesante libro destinado a especialistas en la materia, cuyo título era más que descriptivo: “The dangerous case of Donald Trump”. En él la psiquiatra forense Brandy X. Lee presentaba los ensayos de veintisiete psiquiatras, psicólogos y otros profesionales de la salud mental que consideraban un peligro para la sociedad norteamericana que una persona como Donald Trump pudiera llegar a ejercer el cargo de presidente de Estados Unidos. Si buscamos un elemento común en sus análisis vemos que los expertos consideraban que el sujeto en cuestión confundía permanentemente deseos con realidad (lo que produce habitualmente desequilibrio mental próximo al delirio), y este estado definía su personalidad de base. Si se añadía su probado carácter agresivo, su tendencia a mentir, su afán por manipular cualquier cosa que no se ajustara a su patrón, nos encontrábamos con un perfil clínico peligroso. Con estos antecedentes, el señor Trump llegó a presidente del país más poderoso de la tierra. Y empezó a disparar a diestro y siniestro, utilizando las redes sociales como su canal preferido para gobernar. El mundo entró en riesgo, aunque no fue consciente de ello. La metáfora de Stanley Kubrick (“Teléfono rojo. Volamos hacia Moscú”) se hizo presente, en la que Trump  tomaba a veces el papel de Peter Sellers como Doctor Strangelove y en otras el del enloquecido general Jack Ripper, interpretado por Sterling Hayden. El cierre de su mandato (la apoteosis) produjo el denominado “efecto Trump”, cuando una multitud de sociópatas, animados por un presidente que había perdido las elecciones y se negaba a aceptarlo (delirio), asaltaron el Capitolio,

Con los años el señor Trump no ha mejorado y sus rasgos de desequilibrio mental se han agudizado. Aunque presume de iletrado, sería bueno que alguno de sus leales le recomendara la lectura de un libro del filósofo Schopenhauer titulado “Dialéctica erística” o “el arte de tener razón”. En él nuestro autor describe las artimañas que algunos utilizan para decantar la “razón” de su parte. A Trump le encantaría porque esas artimañas forman parte de su catálogo personal.

Por ejemplo la artimaña 19:

“Si el adversario nos invita expresamente a presentar un argumento contra un determinado punto de su aserto, y nosotros no disponemos de algo que sirva para ello, entonces debemos llevar la cosa a lo muy general y entonces discurrir contra eso. Si es cosa de decir por qué no hay que confiar en una determinada hipótesis física, entonces discurrimos que el saber humano es susceptible de engañarse y damos todo tipo de ejemplos para ello”.

O la artimaña 38: “Si uno nota que el adversario es superior y va uno a terminar no teniendo razón, hay que ir contra la persona, ofender, ser grosero. Ir contra la persona consiste en alejarse del objeto en disputa (pues allí la cosa está perdida) y volverse hacia el que disputa, atacando su persona de alguna manera”.

Este es el perfil del que dicen salió bien parado del debate. Que la madre Naturaleza asista a estos autoproclamados analistas.

Al otro lado del espectro tenemos al actual presidente señor Biden, al que no vamos a juzgar por su trayectoria política, que en este análisis no es lo relevante. Al contrario de Trump (que continúa siendo un “recién llegado” a la política profesional), Biden ha pasado por todos los escalones de la Administración pública, pues a primeros de los 70 ya era senador, puesto que dejó al alcanzar la vicepresidencia con Obama (2009 – 2017) y más tarde la presidencia (2020). A nivel psico-social no aparecen alarmas notables en su comportamiento, a no ser cierta tendencia a inventarse parte de su currículum académico o a plagiar discursos de otros. En los últimos años sí que se apuntaban ciertas “torpezas” en su forma de proceder, a las que no se prestó demasiada atención. Incluso él quiso dar un toque de humor a sus torpezas manifestando su inevitable propensión a “meter la pata”. Lo que sí se detectó era su tendencia natural al “contacto físico no apropiado” (abrazar, besar, tocar), que él trató de justificar, aunque luego se excusó por no respetar siempre el “espacio personal de los demás”. El problema es que en pocos años este escenario ha empeorado de forma notable.

Los medios convencionales han sido prudentes en su análisis y se han acogido  a los efectos de la llamada “Goldwater Rule”, una regla de abstención por parte de los profesionales de la psiquiatría (regla corporativista que yo considero absurda), que les inhibe a dar su opinión sobre la salud mental de los políticos en ejercicio, regla originada después de que el candidato republicano a la presidencia Barry Goldwater fuera barrido en sus aspiraciones tras un informe en el que mil profesionales lo declaraban incapaz para el cargo.

Pero el rey sigue desnudo, por mucho que lo oculten. El estado mental del señor Biden ha sufrido un deterioro progresivo, que ha tenido su performance más llamativa en el debate televisivo. En la distancia no se puede diagnosticar con precisión, pero sí se detectan algunos síntomas muy claros: creciente inhabilidad para manejar temas complejos, incoherencia narrativa, pérdida del sentido del discurso, desorientación física, lentitud en el procesamiento de inputs, agudeza mental reducida, memoria limitada y confusa. Sobre esto último conviene hacer una breve exposición, ya que es el tópico que más se cita. Todos los humanos tenemos pérdidas de memoria cuando envejecemos, pero no debemos generalizar ni confundir.

Hay muchas maneras de clasificar la memoria y todas nos valen si nos ayudan a comprenderla. Cuando surge un estímulo, nuestros sentidos lo captan (memoria sensorial) y en muchas ocasiones lo olvidan de forma inmediata porque no le prestan atención. Si lo hacen pasan a otro estadio (la memoria a corto plazo) donde se registran y organizan durante un limitado espacio de tiempo. Lo que no se pierde por el camino pasa al almacén definitivo, que es la memoria a largo plazo. Ahí están nuestros recuerdos. Y aquí empiezan las diferentes agrupaciones o plantas del edificio que guarda nuestro historial. En una planta tenemos la memoria declarativa (saber qué), donde se almacena toda la información procesada (un rostro, un discurso, una discusión familiar, unas imágenes vividas, etc.). En la otra planta tenemos la memoria procedimental (cómo hacer las cosas). Destrezas, habilidades, procedimientos. Podríamos añadir otra distinción entre la memoria episódica, que almacena nuestra propia biografía, los distintos episodios que han formado parte de nuestra vida y la memoria semántica que no tiene la carga emocional de la anterior, por lo que podemos compartirla con cualquiera.

Ahora vayamos a lo práctico. La memoria procedimental (cómo hacer qué) se ve muy poco afectada por la edad. En la memoria episódica se producen diferencias significativas: algunos hechos los recordamos perfectamente y otros nos resultan oscuros. Tampoco es preocupante, ya que nuestro colega el cerebro dispone de un mecanismo (la retención selectiva) que actúa como un filtro y hace aflorar lo que más nos puede agradar. Es por eso que muchos recuerdos personales están “coloreados” para bien. Lo que más nos falla es lo que yo denomino “memoria rutinaria”, como por ejemplo “¿Dónde diablos he dejado las llaves?”  No dramaticemos. Tampoco es relevante, aunque resulte incómodo. Si nos tranquilizamos, respiramos hondo y no le damos importancia, nos acordaremos. Y aquí hay un truco que nos ayudará: no prestemos atención a la multitud de informaciones inútiles que nos abordan a diario, informaciones que si entran en nuestros almacenes crearán problemas logísticos. A este respecto fijaos en otro hecho llamativo: es muy poco probable que te olvides de donde guardas el dinero en casa. Luego están los recuerdos que yo llamo “periféricos”: cómo se llamaba aquel actor que me gustaba tanto o cómo se llama el camarero del restaurante al que acudo de forma habitual. No tiene la menor importancia. Es un esfuerzo inútil. Mejor que gastes tu cerebro en otras cosas.

Los problemas de memoria del señor Biden son globales, abarcan todos los ámbitos. Y esto es algo más complejo como para tratarlo frívolamente. Veamos algunas evidencias recientes. En una escuela de Nashville a primeros del 2023 y después de una aparatosa caída dijo: “Me caí porque oí que había un helado de chocolate”. También el pasado año y al final de una charla en Connecticut añadió: “Dios salve a la Reina, hombre”. Sobre Putin declaró “que estaba perdiendo la guerra de Irak” y  anunció planes “para construir una línea férrea desde el Pacífico y a través del océano Índico”. No es de extrañar que su contrincante Trump dijera en un momento del debate: “No entiendo lo que ha dicho pero creo que él tampoco lo entiende”.

Este es el problema más grave que tiene el mundo en este momento y que vence en noviembre: la elección del presidente de Estados Unidos. La elección entre un sociópata, criminal convicto, pendiente de innumerables causas abiertas contra él por razones personales, fiscales y políticas, (aunque protegido por sus fieles vasallos del Tribunal Supremo y su peculiar interpretación de la inmunidad del expresidente), y un anciano en avanzado proceso de senilidad (en camino hacia el Alzheimer) que está en manos de sus asesores más próximos y de los desconocidos intereses de estos (véase como ejemplos más graves las implicaciones directas y absurdas del gobierno norteamericano en los conflictos de Ucrania y Gaza).

Si los demócratas no se espabilan y proponen otro candidato, volverá Trump y sus imprevisibles delirios. Y cualquiera que conozca un poco la maquinaria política de Estados Unidos concluirá que la solución no es fácil. Como dicen algunos observadores norteamericanos: nos enfrentamos a una amenaza existencial.

 

 

 

Alf Duran Corner

 

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