LA IZQUIERDA, LA DERECHA Y LA MADRE SUPERIORA / 2

Focus: Política
Fecha: 24/05/2025

Hace apenas un  año escribí una columna sobre este tema, que continuamente se pone sobre la mesa como si no hubiera nada más de que hablar. Ahora un par de lectores (a los que no conozco personalmente) me han pedido que trate sobre este asunto y les he contestado que acudan a mi “Fondo Documental”, donde mediante un sencillo proceso de búsqueda pueden encontrar todos los artículos que he publicado en mi web desde su origen en el año 2000. Al cabo de unos días uno de ellos, muy educadamente, me ha pedido si podía actualizarlo, lo que voy a tratar de realizar a continuación, no sin antes hacer una reflexión –que me gustaría compartir–  sobre el acto de la lectura.

La primera observación es que creo que la gente en general lee muy poco. Lo curioso es que se diría que hay una relación inversa entre lo que se publica y lo que se lee. Cuanto más de lo primero, menos de lo segundo. Hay más libros, revistas y papeles varios que lectores. Cuando no se lee por obligación (caso de un estudiante que ha de absorber un conocimiento para pasar unas pruebas), se lee de una forma mecánica y superficial, y apenas se procesa lo que se lee. Si no se procesa no se comprende y no se genera conocimiento. No es que nos falle la memoria; es que no nos hemos enterado del mensaje.

He compartido esta hipótesis con algunos adictos a la escritura – como es mi caso – y el sentimiento es unánime. Escribimos por el placer de hacerlo. Si alguien nos lee, lo procesa y lo comprende, mejor. Si no, no pasa nada.

Y ahora vamos a la actualización de mi columna “La izquierda, la derecha y la madre superiora”. No es porque interprete que lo que escribí en abril del pasado año sobre esas categorías políticas haya cambiado sustancialmente, sino porque parece que la tribu de los “pijo-progres”, descendientes de la vieja y decrépita “izquierda caviar”, continúan dando clases de moral y poniendo etiquetas según les plazca. Saben que cuentan además con el apoyo entusiasta de los medios convencionales, que van distribuyendo mensajes sobre buenos y malos en un embrollo propio de un tebeo de “Hazañas bélicas”.

El tema es denso y exige una lectura tranquila, de punto a punto, lo que puede permitir procesar y comprender. Antes hay que dejar en el almacén de los trastos viejos todos los estereotipos acumulados sobre el asunto, hecho que reconozco no es cosa fácil pero sí de obligado cumplimiento.

El contexto en el que se mueven las categorías antes citadas es el de la política profesional, un entorno muy particular que vive de los Presupuestos Generales del Estado y al que los medios de comunicación conceden un espacio muy superior al que le correspondería por su aportación de valor a la sociedad. Nos hablan de sus reuniones, de sus declaraciones, de su vida personal, de sus enfrentamientos, de sus supuestos éxitos y de sus aparatosos fracasos. Son el colectivo más notorio del espectáculo.

Estos llamativos ciudadanos se lanzan a diario calificativos de variado pelaje con intención de insultar, sin conocer a fondo el valor denotativo y connotativo de todos ellos. Entre el repertorio destacan las tradicionales y muy oxidadas etiquetas de “la derecha” y “la izquierda”, que como ya casi todo el mundo sabe (cultura de concurso televisivo) tienen raíces históricas. Hay muchas más, algunas de fuentes antropológicas (racismo, supremacismo), otras del campo filosófico (liberalismo) y unas terceras del terreno político (autoritarismo, totalitarismo). Pero la que en la actualidad está más de moda es el “islamofobismo”, que se expresa con una soberbia contundencia.

La Sociología lleva mucho tiempo tratando de aclarar todo esto, pero lo tiene difícil porque, tal como hemos dicho, los medios, la mayor parte indocumentados, dominan el espacio de la comunicación (televisión, radio, prensa) y utilizan los estereotipos que les convienen, según los intereses de quien paga sus salarios.

Trataremos de echar una mano empezando por la distinción más sencilla, que es la que enfrenta (es un decir) la derecha a la izquierda. Y uno de los mejores analistas de este espectro fue el maestro Norberto Bobbio, que resumió su propuesta en el libro “Derecha e izquierda, publicado en 1994, cinco años después de la caída del muro de Berlín. Señalamos la fecha porque tras la desaparición de la Unión Soviética y la liquidación del llamado “socialismo real, los valores sociales y políticos dieron un vuelco.

Todos sabemos que el origen de la dicotomía derecha-izquierda fue azaroso, ya que se debió a la ubicación de los realistas y de los no realistas en la Asamblea Nacional Constituyente, tras la toma de la Bastilla en la Francia del siglo XVIII (1789). A la derecha se sentaban los partidarios del “Antiguo Régimen (el viejo orden), que defendían los derechos de la Corona y de la aristocracia, y a la izquierda los “comunes”, que apoyaban el republicanismo, el secularismo y las libertades civiles. Detrás de los “comunes estaba la incipiente burguesía, que defendía el comercio y la libertad de mercado. Con esta base de partida se fueron polarizando y distanciando las posiciones políticas y su cuadro de valores.

Para la derecha los valores esenciales eran el conservadurismo, el nacionalismo, la autoridad, el orden jerárquico, la tradición, el militarismo y la confesionalidad. Para la izquierda los valores nucleares eran el internacionalismo, la igualdad social, la solidaridad, el pluralismo, la laicidad del Estado y la justicia social. La libertad era compartida por ambos pero con matices. Para la derecha la libertad incluía preferentemente la libertad de la propiedad.

Todos esos valores procedían de las seis grandes ideologías nacidas entre los siglos XIX y XX. Tres de ellas eran clásicas (el conservadurismo, el liberalismo y el socialismo científico) y tres románticas (el anarco-libertarismo, el fascismo y el tradicionalismo). En este marco eran de derechas dos ideologías románticas (el tradicionalismo y el fascismo) y una clásica (el conservadurismo). Eran de izquierdas una romántica (el anarco-libertarismo) y una clásica (el socialismo científico). La última clásica (el liberalismo) era y sigue siendo de derechas o de izquierdas según los contextos.

Bobbio fue más lejos y cruzó dos de las variables más representativas: la libertad y la igualdad, lo que le permitió crear cuatro espacios políticos, según la mayor o menor intensidad de cada variable. Veamos cómo lo describe el autor:

 

 

 

 

 

Bobbio, que era un hombre inteligente y cultivado, ya no se refirió al comunismo, que sin duda situaría en la franja “extrema izquierda” porque ya no ejercía, e introdujo el “jacobinismo”, cuyo signo más distintivo es la defensa a ultranza del centralismo del Estado. Bobbio no podía imaginar que el “jacobinismo” se acabaría imponiendo en todo el espectro, desde la derecha más reaccionaria a la izquierda seudo democrática. Y como buen  ejemplo tenemos el caso del Estado español, donde su presencia es dominante.

Bobbio no estuvo solo en sus análisis, con un importante precedente en la figura de Hans Eysenck, un psicólogo británico de origen alemán que presentó en los cincuenta del siglo pasado su teoría de la personalidad, que luego extendió al ámbito político, con sus dimensiones “factor R (radicalismo) y “factor T(mentalidad tierna). Eysenck pensaba que había algo esencialmente similar entre el fascismo de los nazis y el comunismo, y esa similitud no quedaba reflejada en otros análisis. Por eso sus variables fueron diferentes. Cruzó el eje “autoritario-democrático con el eje “radical-conservador. Los comunistas y los nazis eran de “mente dura, en tanto que el resto eran de “mente blanda.

Otra aportación interesante fue la de David Nolan, politólogo y activista libertario norteamericano que propuso el llamado “gráfico de Nolan, en el que diferenciaba la libertad económica de la libertad social para completar el esquema derecha-izquierda. Su modelo es multidimensional. En el bloque central está el “centrismo. Arriba el “libertarismo y abajo el “autoritarismo. A la izquierda están los liberales y a la derecha los conservadores. Esto constituye un cuadro cerrado, pero en la periferia están la derecha y la izquierda tradicionales. Nolan tenía razón; hay libertarios de derechas que son conservadores, en tanto que los hay de izquierdas que son liberales.

Nos paramos aquí pero podríamos ir muy lejos. Nuestra conclusión es que en la sociedad actual resulta muy difícil identificar los valores que se ocultan detrás de los programas de los partidos políticos, quizás porque ellos mismos no saben cuáles de verdad tienen en cartera. Lo que sí podemos señalar es que hay una tendencia a los valores del “antiguo régimen, al autoritarismo, al pensamiento conservador, al centralismo y al estatismo, todo ello muy lejos del modelo democrático, que con todas sus fisuras, que las tiene, continúa siendo el mejor de lo que el mercado ofrece. En sociedad se presentan todos como “centristas, un concepto engañoso que en política tiene un carácter melifluo.

Y ahora con objeto de acabar de redondear el análisis vamos a hacer una rápida referencia a los epítetos o adjetivos valorativos más utilizados en la actualidad para descalificar a los oponentes políticos. Por ejemplo:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Luego están las identificaciones clásicas que el votante ingenuo asocia a lo malo o a lo bueno, según su pobre escala de valores. Por ejemplo, si la derecha es mala, la extrema derecha debe ser muy mala o lo mismo referido a la izquierda. Si les preguntas después por que votan a una opción se harán eco de estas generalidades. Desgraciadamente la mayoría de los partidos políticos en todo el mundo tienen más similitudes que diferencias. Están constreñidos a una realidad única de naturaleza económica que los supera, llámese capitalismo de última generación o globalización. Son marcas que tratan de alcanzar cuotas de poder en función de lo que les exige el dueño del corral.

Y cuando de tanto en tanto se produce un atisbo de ruptura –como fue el caso de la voluntad catalana de independizarse y romper sus vínculos con España– saltan todas las alarmas y la teórica izquierda se hermana con la derecha, por reaccionaria que ésta sea, para restaurar el viejo orden, utilizando todas las herramientas a su alcance: la violencia, la demagogia, la manipulación, la mentira, la infamia, el insulto. Es por ello que presumir de derechas o de izquierdas en este contexto es una falacia.

¿O es que alguien cree seriamente que EH-Bildu – que se autodefine como la izquierda pragmática – es muy diferente del conservador Partido Nacionalista Vasco? Son la misma cosa (un nacionalismo de juegos florales con el control de la caja), que nunca lucharán por la independencia porque ya les va bien así. El Estado español permite su excepcionalidad porque sabe que una vuelta atrás no le conviene a nadie. Ellos visten de etiqueta y quieren ser los únicos. Por eso tampoco les interesa que se abra el flanco independentista catalán, que podría a la larga perjudicarles. Los gestos de apoyo que dieron Esquerra y Junts a sus teóricos colegas ideológicos vascos son de vuelo gallináceo.

No nos confundamos lanzando dardos a una pared oscura. El único eje nuclear es independencia sí o no. Si algún día se alcanza, será el momento de escuchar las propuestas de los partidos que en aquel momento existan. Hablar ahora de mejoras en el sistema de financiación o de incrementar las partidas sociales es una auténtica tomadura de pelo. Y lo es porque en el más elemental concepto de gestión económica (de una persona, de una familia, de una nación) hay que cruzar los recursos en términos de ingresos y de gastos, y aquí los ingresos que generamos (con nuestros impuestos) son recaudados y custodiados por la “autoridad competente, que luego nos los devuelve aminorados. Que tengas que endeudarte para cubrir parte de los gastos, porque tu vecino mete su mano en tu cartera de forma sistemática es propio de una república de bobos.

En la liga actual el frente independentista oficial está formado por Esquerra Republicana, Junts y la CUP. Aliança Catalana, es un outsider incómodo. En este colectivo puede haber pluralidad de estrategias para alcanzar la meta, pero no veo fascistas, ni racistas, ni supremacistas, ni totalitarios, ni populistas. Son catalanes y basta.

Y al otro lado del espectro están los partidos nacionalistas españoles capitaneados por el PSOE más el PP, Vox y Comuns.

Cuando llegue el momento hay que votar a conciencia para saber a qué atenerse y tener el suficiente criterio (y sé que es difícil visto el pobre nivel de algunos de nuestros “líderes), como para ser capaces de distinguir entre amigos y enemigos. Con los primeros debemos colaborar sin excluir a nadie, con los segundos no. No pongamos etiquetas entre nosotros. Dejemos a la “madre superiora en paz.

 

  

 

Alf Duran Corner

 

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