MÁS ALLÁ DE LOS TRACTORES

Focus: Economía
Fecha: 02/03/2024

Siempre he pensado que si hay un área de la economía productiva (producir bienes y servicios) cuya gestión exige una especial sensibilidad para interpretar los factores exógenos, es el campo. No solo hay que estar atento a la lógica de la demanda y preverla consecuentemente, sino que aventurar hipótesis sobre la evolución del entorno (sequedad, humedad, régimen pluvial, temperaturas, etc.) resulta extremadamente difícil. Basta ver como los meteorólogos, utillados técnicamente con buenos instrumentos, se las ven y se las desean para hacer pronósticos del tiempo.

La tierra se cultiva desde que hace diez mil años (en pleno Neolítico) los colectivos nómadas se asientan y empiezan a sacar un rendimiento de la naturaleza. Con el tiempo se pasa de las tierras comunales a las privadas en base a la apropiación ejercida por los poderes públicos y privados. Esto explica por qué históricamente los latifundios estén todavía hoy en manos de la aristocracia y de algunas corrientes religiosas (sobre todo la católica).

El minifundio o el “medio-fundio” es la explotación agrícola razonable que ha llegado hasta nuestros días y que sale a la calle periódicamente para manifestar su descontento. ¿Qué es lo que está ocurriendo y por qué?

Para empezar a despejar las nubes de este contencioso conviene decir que en la Europa de la posguerra (1945) y con ánimos de sellar un pacto de paz estable y duradero entre las principales naciones europeas, el carbón y el acero llegan a un acuerdo con las fuerzas del campo. Para sintetizarlo, un pacto entre la industria alemana y el campo francés. Entre la CECA (Comunidad Europea del Carbón y el Acero) y el PAC (Programa Agrícola Común). Así nace el Mercado Común (1957) que en el sector agrícola (muy deteriorado) pretende asegurar para los países miembros (Alemania, Francia,  Bélgica, Países Bajos, Italia y Luxemburgo) la viabilidad de las explotaciones y el suministro para cubrir las necesidades alimenticias de la población. Esta comunidad de intereses supone el reparto de asignaciones económicas por parte de la Unión Europea entre los propietarios agrícolas, así como ciertas imposiciones normativas en volumen y calidad de la producción.

Este papel intervencionista del Estado es tomado del modelo del New Deal rooseveltiano (1933), que modificó las condiciones del campo tras la crisis del 29, que había llevado a la ruina al sector agrícola norteamericano, modelo por cierto que continúa vigente con ciertos ajustes, sin que ni demócratas ni republicanos lo hayan reprobado un siglo después. Este modelo protege al sector agrícola de su país frente a la competencia exterior, y a su vez lo controla.

Uno de los problemas si comparamos lo que sucede allí y lo que sucede aquí es que Estados Unidos es un país con un gobierno federal fuerte y la Unión Europea es un conjunto de países con instituciones débiles, cuyo poder ejecutivo es inoperante.

Sobre la Unión Europea hay que añadir además que de los seis miembros iniciales se ha pasado a veintisiete, con una variedad de modelos productivos que hace difícil una gestión equilibrada y ajustada a los intereses de todos.

Otra consideración importante es que la globalización y la pretensión de una libertad de mercados que tiene como propósito el arancel cero (propósito que los Estados Unidos se saltan cuando les conviene), hace que inunden los mercados europeos productos agrícolas de terceros países (latinoamericanos, africanos, etc.) cuyos precios están muy por debajo de los que rigen en el mercado interior. La razón más simple (como ocurre con todo) es que el precio de la mano de obra agrícola en el escandallo es bajísimo respecto al europeo.

Y entonces aparece el último eslabón de la cadena: el funcionariado. La Unión Europea es inoperante, como ya hemos señalado en muchas ocasiones, pero tiene muchos funcionarios (altos, medios y bajos). Y cuando la burocracia se pone a trabajar, el riesgo aumenta por todas partes: normas, procedimientos, subvenciones, limitaciones, cambios de criterio, desconocimiento de la realidad, intereses más o menos lícitos, presión de los lobbies, etc.

Y el campesino, que gracias a la madre naturaleza tiene un componente ácrata, se echa a la calle de tanto en tanto y explota. Y los políticos profesionales se escaquean o dicen generalidades. A finales de enero de este año y cuando los constantes problemas empezaban a dar señales de alerta, la impresentable Presidenta de la Comisión Europea (valga la paradoja), señora Ursula von der Leyen propuso “la apertura de un diálogo estratégico” y que tenían que “encontrar soluciones a los retos”. Lo que sirve para esto o para cualquier cosa. Son unos inútiles.

Si además añadimos la loable voluntad de practicar una agricultura “sostenible”, concepto que sirve de coartada para no resolver los problemas de fondo, se comprende que los agricultores cojan sus tractores, se descarguen de adrenalina y cortisol, quemen unos cuantos neumáticos, corten algunas carreteras y acaben regresando a sus hogares más cabreados que cuando salieron.

La crisis del campo es una muestra más de la crisis del Sistema, un sistema que hace aguas por todas partes. Y esto no se arregla creando una comisión, como seguro que propondrán porque saben que es la forma de dejar un contencioso aparcado. Ya dije profusamente en otra parte que al Sistema Capitalista le está llegando su Little Big Horn, como le pasó al general Custer. Y por lo que parece no tenemos por ahora alternativas razonables.

Le cuento todo esto a la payesa más próxima que tengo (la buena de Cinta) y ella me mira con sorna mientras recoge una partida de olivas. Por tradición familiar han cultivado en sus tierras lo que han creído siempre más conveniente y no entiende como unos ciudadanos a miles de kilómetros de distancia, que nunca han pisado un campo, tengan la desvergüenza de decirles a ellos que es lo que tienen o no tienen que hacer.

¿Libertad de mercado?  ¿Y eso qué es?

 

 

Alf Duran Corner

 

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