Focus: Sociedad
Fecha: 16/03/2026
La “guerra de los tres días” anunciada por el presidente Trump se ha transformado en una guerra cronificada en la que el tándem de los gobiernos de Estados Unidos e Israel se dedica a destruir cualquier indicio de vida en un país soberano con el que estaban negociando un acuerdo sobre el socorrido tema del “uranio enriquecido”.
Todo era mentira, una burda mentira. Hace cuarenta años que el sionismo anglosajón viene denunciando al Estado persa sobre el famoso enriquecimiento de uranio. Y si tenemos en cuenta que en las plantas nucleares de Irán llevan años trabajando técnicos rusos y norcoreanos (que sí conocen los secretos de este tema), o es que son todos unos ineptos o es que la leyenda tiene unas bases ridículas. Además, las inspecciones del Organismo Internacional de Energía Atómica han expuesto en muchas ocasiones que el enriquecimiento llega hasta el límite que exige el uso civil del proceso. Y si un sesgo tienen estos informes, el sesgo es pro-occidental no pro-iraní.
Para rematar el tema, el Estado de Israel nunca ha permitido que la citada organización visite la planta nuclear israelí de Dimona, en medio del desierto del Negev, planta donde todos los analistas internacionales coinciden en señalar que existe un buen stock de ojivas nucleares.
Este es el panorama de fondo en el que han irrumpido un par de ciudadanos (los señores Trump y Netanyahu) de forma abrupta y malcarada, más propia de matones sin escrúpulos que de gente medianamente civilizada.
No hace falta decir que esta es una guerra asimétrica, entre la potencia militarmente más poderosa del mundo (o como mínimo de las más poderosas) y un país mediano, que además lleva cuarenta y cinco años sufriendo todo tipo de agresiones (militares, económicas, financieras, etc.) por parte de Occidente. Una de esas agresiones (que no debe olvidarse) fue cuando la CIA –en su papel instrumental– financió y promovió las condiciones para que el Irak de Saddam Hussein (entonces su aliado) invadiera Irán para acabar con el régimen islamista instaurado por voluntad popular en 1979. Fue una guerra de ocho años, en la que Irak utilizó armas químicas, también facilitadas por sus socios y amigos. La guerra –que acabó en un armisticio- dejó medio millón de muertos entre la población iraní.
Pues a pesar de todo, la máquina de matar sionista no ha podido resolver hasta ahora la “guerra de los tres días”. Irán ha contraatacado y lo ha hecho selectivamente, poniendo especial atención en Israel y en las bases que Estados Unidos tiene en las “petromonarquías” árabes (Arabia Saudita, Kuwait, Qatar, Omán, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin). Estaban preparados, Saben resistir.
Como bien dice Scott Ritter, ex-analista de la CIA y un gran conocedor del aparato militar norteamericano, el presidente Trump (chantajeado por el señor Netanyahu, como ya apunté en otra columna), se ha saltado el protocolo habitual de “primero Observar, luego Decidir y por último Actuar”. Ha empezado “actuando” y ahora, poco a poco, se da cuenta de lo que ha hecho.
Si hubiera observado previamente sabría que por el estrecho de Ormuz (que controla Irán) circula un 20% del comercio mundial de petróleo. Que de sus 33 kilómetros de anchura solo son navegables para los petroleros unos 3,5 kilómetros. Que Irán es un país de mayoría chiita y que asesinar a su líder espiritual más que un crimen es un error, pues despierta el odio de 220 millones de fieles en todo el mundo. Que incluso los musulmanes sunitas –enfrentados a los chiitas por razones teológicas– se han sentido ofendidos, lo que explica las revueltas en países sunitas como Pakistán. También sabría que los huties del Yemen (un tercio de la población) son chiitas y han demostrado en muchas ocasiones (a pesar de los bombardeos de Arabia Saudita y del Reino Unido) que pueden bloquear el estrecho de Bab-el-Mandeb, por el que se accede al Mar Rojo y al Canal de Suez. Que la población iraní, por mucho que esté en contra de su propio régimen, no ha celebrado con alegría que las fuerzas de Occidente traten de salvarla bombardeando escuelas, hospitales, centros de salud, etc., y dejando piezas de singular belleza como la masacre del colegio de niñas de Teherán, un crimen más que nos recuerda las peores atrocidades americanas de la guerra de Vietnam. Sabría que la reacción natural de esa población sería solidarizarse con sus líderes, dejando de lado sus diferencias ideológicas.
¿Qué puede ocurrir ahora? Muy difícil de predecir. Algunos altos mandos del ejército americano aconsejan una retirada gradual, diciendo, eso sí, que ya han ganado y que los objetivos se han cumplido. Me parece poco realista, teniendo en cuenta la personalidad de Trump. Una segunda opción sería invadir Irán por tierra, mar y aire. Costosísimo, no solo para los contendientes sino también para el resto del mundo. La economía mundial se hundiría en poco tiempo. Crisis de la energía, los alimentos, el agua corriente. Un nuevo Vietnam con tecnología del siglo XXI. Una catástrofe.
La tercera salida es la peor de todas: el uso electromagnético de una bomba nuclear. ¿Qué significa esto? Detonar una bomba nuclear en la estratosfera (pulso electromagnético a gran altitud) que inutiliza la tecnología del territorio próximo. Es una lluvia radiactiva diferida y dispersa. Esta lluvia barre una vasta zona geográfica quemando las redes eléctricas, las telecomunicaciones, los satélites y cualquier electrónica sensible. Lo quema todo instantáneamente. Puede afectar a un país e incluso a un continente. Este escenario sería el caos, el “doomsday”, el fin del mundo. Si lo cito es porque en una de sus declaraciones recientes el ciudadano Trump dijo: “We could shut down their power in one hour”, que viene a señalar su capacidad para liquidar el tema en una hora. Y la única forma de hacerlo es la citada.
Están locos, absolutamente locos. Jamás en los últimos doscientos años el mundo occidental había estado en manos de tal siniestro conjunto de líderes políticos. Están mentalmente enfermos y no vislumbro, en el corto plazo, forma de parar sus explosivas elucubraciones.
Espero y deseo equivocarme, pero en este mismo momento no le veo salida a este maldito embrollo.
