PSICÓPATAS Y SOCIÓPATAS AGAIN

Focus: Sociedad
Fecha: 28/03/2026

Si vuelvo a recurrir a mis conocimientos sobre el tema es porque el estado actual del mundo resulta cuando menos preocupante y porque los futuribles escenarios a corto plazo no son precisamente prometedores.

En la superficie todo pivota alrededor del último conflicto que sufrimos los ciudadanos (aunque la mayoría de momento no se enteren) y que tiene que ver con la agresión militar que el tándem Estados Unidos – Israel lleva practicando desde hace un mes sobre Irán.

No hace falta señalar una vez más que nada ni nadie justifica esta agresión y que no debe confundirse (como suelen hacer los medios del “mainstream”) con la intervención del ejército ruso en Ucrania, que fue un acto de legítima defensa.

El problema de la denominada guerra de Oriente Medio (y así la describimos porque Irán ha respondido con todas sus fuerzas al ataque, aun reconociendo su asimetría), es que sus responsables últimos (los señores Trump y Netanyahu) no parecen gozar de esa mínima salud mental que se espera en un ciudadano corriente.

La diferencia es que ese ciudadano corriente, con el que nos tropezamos probablemente a diario, puede tener sus pequeños desequilibrios mentales e incluso sus puntas de ruptura, pero los daños colaterales que su comportamiento puede producir son insignificantes. No es el caso de los citados sujetos, ya que ambos – por distintas razones – gozan de la total impunidad que les otorga el cargo.

Estados Unidos es un país presidencialista del extremo del espectro, lo que significa que su presidente manda por encima de todo en cualquier ámbito. Es cierto que existe un mecanismo llamado “check and balance” (control y equilibrio) que permite que el Congreso (las dos cámaras de representación) moderen las decisiones de la presidencia. Pero también es cierto que el Presidente puede sortearlo a través de distintos procedimientos. Incluso teniendo el Congreso en su contra, un presidente acaba imponiendo su ley.

En el caso de Israel el modelo es distinto. Israel es una república parlamentaria con un presidente que tiene un papel simbólico, dejando el poder ejecutivo en manos del primer ministro. El matiz quizás está en que este primer ministro es director ejecutivo tanto de iure como de facto, ya que así lo establecen las leyes fundamentales del país. Esto en la práctica significa que ejerce un poder casi absoluto, siempre que cuente con el respaldo de la mayoría parlamentaria.

En definitiva que los señores Trump y Netanyahu pueden ejercer de sheriffs donde y como les dé la gana, mientras el resto de la sociedad occidental se limita a observarlos desde la distancia.

¿Y qué podemos esperar de estos dos sujetos? Veamos algunos indicadores y así sabremos a qué atenernos.

Para hacer esta reflexión sobre su personalidad parto del conocido cruce entre naturaleza y cultura, entre la base genética intuida y el proceso de socialización. Reconozco que me siento discípulo de Jean Piaget, el gran biólogo y psicólogo suizo que mejor que nadie estudió las cuatro etapas del desarrollo cognitivo infantil.

Donald Trump nació en 1946 en el distrito de Queens, en la ciudad de Nueva York, en el seno de una familia de la mediana burguesía. Su padre había hecho fortuna en el sector inmobiliario y fue siempre el referente de Donald. Cuando iba a cobrar personalmente los alquileres de las viviendas de su propiedad se llevaba con él a algunos de sus hijos varones. Frente a la puerta de las viviendas colocaba a los chicos a un lado mientras llamaba, lo que sorprendía a Donald. El chico era inquieto y preguntón; quería saber porque hacía eso su padre. La respuesta fue clara y terminante. “Por si salen disparando”. Para los Trump la familia lo era todo y el mundo exterior era peligroso. Este fue el estilo de la educación familiar (por parte de ambos padres), que se completó cuando Donald cursó sus estudios medios en una escuela militar. Su hermano mayor Fred (a quien Donald estimaba en gran medida) no siguió el ritmo familiar y se apartó de los negocios. Murió joven y alcoholizado (a los cuarenta y tres años) de un ataque cardíaco. Y cuando a Donald (que sintió mucho su muerte) se le preguntó que pensaba del final de Fred, se limitó a contestar que “no era un killer”. Y es que Donald Trump fue educado desde niño como “killer”, un matador, un asesino.

No nos puede extrañar lo que está sucediendo. El maestro Piaget le llamaba “predictibilidad”.

Sobre Donald Trump se han hecho muchos diagnósticos clínicos. Es un caso singular en la historia de los presidentes de Estados Unidos, aunque hay antecedentes en el puesto que ya mostraron sus desequilibrios mentales. Llama la atención que cuando fue elegido para su primer mandato (2017) ya circulaba un libro en el mundo académico especializado con el incisivo título “The dangerous case of Donald Trump”, en el que se nos alertaba de los riesgos que corría la sociedad americana al dejar las riendas de su país en manos de este ciudadano. Detrás de ese libro, a veces disperso y a veces agudo, había un conjunto de psiquiatras, psicólogos clínicos, sociólogos, etc. que mostraban sus temores de futuro.

Pasaron cuatro años en los que ya se manifestó su errática conducta. Luego se distanció y volvió a los negocios. Pero en el 2024 volvió a aparecer con más brío. Ahora lleva quince meses ejerciendo y no ha parado. Ucrania, Venezuela, Irán, Cuba y lo que se le ocurra. Todo lo contrario de lo que vendió a sus seguidores (“Make America Great Again”). En la calle la gente dice que está loco. No lo está. Este es un calificativo grosero que sirve para todo y no sirve para nada. Donald Trump es probablemente el sociópata más conocido de nuestra época y ejerce como tal.

¿Y qué es un sociópata? Por encima de todo es un sujeto antisocial, que no discierne entre el bien y el mal e ignora los sentimientos de los demás. Puede incluso sentir placer manipulándolos de forma intencional. Los sociópatas son impulsivos y volátiles, lo que les lleva a contradecirse muy a menudo. No tienen amigos y quienes así lo creen acaban siendo utilizados.

Para comprender a Trump podemos acudir a las conocidas dimensiones básicas de la variabilidad humana: extroversión, neuroticismo, escrupulosidad, amabilidad y aperturismo. Cada una de estas dimensiones es un continuum, lo que significa que cada una va de más a menos hasta alcanzar el polo opuesto. Por ejemplo, el extremo de la extroversión es la introversión.

Trump da signos de una extroversión muy alta y de una amabilidad muy baja. Es desagradable de forma voluntaria. Quiere, pero quiere solo a los suyos. Arrogante. Anima a sus seguidores a despreciar a sus competidores. Tiene dominancia social. Le gusta tomar riesgos porque cree que siempre ganará. Explosivo (como lo era su referente el presidente Andrew Jackson). Autoritario. Esquemático. Simplista. Todo ello produce un caso extremo de narcisismo patológico. Ello tiene su proyección en la torre Trump de Chicago, donde aparece su nombre en grandes letras e iluminado o en el hecho, inaudito en un hombre público, de hacer de su nombre una franquicia: toallas Trump, caramelos Trump, etc.

Éste es Donald Trump. Veamos ahora el perfil de su colega Benjamin Netahyahu.

Benjamin Netanyahu nació en Tel Aviv en 1949, por lo que es tres años más joven que Trump. Aunque de familia de origen polaco y contando con un abuelo rabino, su padre Benzion se secularizó, cambió el apellido polaco y apostó por el líder extremista Ze’ev Jabotinsky que defendía un Estado judío puro. En su calidad de historiador, Benzion dio clases de historia judaica en la universidad americana de Cornell, aunque jamás pudo integrarse. Regresó a Israel pero tampoco prosperó como académico en la universidad de Jerusalem, lo que lo transformó en un resentido contra el partido laborista y las élites intelectuales de Israel de aquella época.

Benzion trasladó este sentimiento de rechazo a sus hijos, en el sentido de que todo el mundo “es nuestro enemigo”. Curiosa coincidencia con lo que el padre de Donald Trump (Fred) había hecho con sus descendientes. Es interesante añadir que su madre (Celia) era muy parecida también a la madre de Donald Trump, en el sentido de que implantó en la familia la exigencia del orden, la disciplina y el cultivo de la fuerza.

Desde muy joven Benjamín interpretó que el mundo era cruel. No te podías fiar de nadie. El concepto de darwinismo social (la lucha por la supervivencia) era la norma a seguir. No había lugar para el altruismo y la amistad. Por eso cuando entró en política se autodefinió como un outsider y consideró que incluso sus compañeros de partido eran sus rivales. Esto explica que nunca haya dudado en deshacerse de cualquiera que él creyera que atentaba a sus intereses.

Es un hombre de ideas fijas, inamovibles, que podríamos resumir así:

∙ Los árabes (todos) constituyen una amenaza existencial para Israel.

∙ Los palestinos (todos) son unos terroristas.

∙ Irán es una amenaza permanente.

∙ Las Naciones Unidas son hostiles.

∙ Europa no nos comprende.

∙ El “Holocausto” siempre estará presente.

 

Si criticas a Israel es que los odias. No hay término medio. Para los Netanyahu, en el sentido tribal del término, el uso de la fuerza queda legitimado como defensa frente a ese odio permanente de “los otros”.

A nivel personal Netanyahu es conocido por sus infidelidades matrimoniales (ha estado casado tres veces, al igual que Donald Trump), aunque ha sabido explotarlo con éxito pidiendo perdón a su última mujer en un programa “prime time” de la televisión. Algunos aseguran que fue chantajeado por terceros que decían poseer algunos videos sobre su vida sexual. Nunca fue probado, aunque parece que sí le sirvió para utilizar los mismos métodos con su colega americano (caso Epstein).

Entremos ahora un poco en su personalidad. Siguiendo el procedimiento ya citado en el caso de Trump, podemos señalar que es un narcisista con alta calificación (otra similitud). Su éxito personal es más importante que su ideología. Desconfía de sus colaboradores y no acepta propuestas que no estén de acuerdo con sus principios. Le gusta ocupar la primera plana y recela de quien piense que le puede hacer sombra. No es leal más que consigo mismo. Considera que solo vale la ley del más fuerte y no tiene prejuicios por atacar primero. Miente por sistema (otra coincidencia) y sus relaciones son pragmáticas y utilitarias. Sus amistades, cuando las tiene, tienen fecha de caducidad. Algunos estudiosos del campo psicoanalítico apuntan que tras su manifiesta agresividad late un gran complejo de inferioridad, complejo surgido en la primera infancia cuando sus padres prestaban toda la atención a su hermano mayor (que murió en combate) y no a él. Tras esta agresividad se oculta probablemente una inseguridad de fondo. Es inteligente y analítico, orientado a la acción. Es un “risk-taker” (tomador de riesgo), que no siente remordimientos por sus actos. Es más, un psicópata que un sociópata.

¿Y cuál es la diferencia entre el uno y el otro? El psicópata agrede y no se justifica. Va al grano. Es “Hard core”. El sociópata se divierte contando lo que va a hacer. Luego lo hace y lo adorna. Es “Soft core”.

Los señores Donald Trump y Benjamín Netanyahu son la pareja feliz. No están solos, pero ellos son los actores principales, aunque no escriban la obra.

Veremos como acaba todo esto.

 

 

 

Alf Duran Corner

 

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