PSICÓPATAS Y SOCIÓPATAS

Focus: Política
Fecha: 29/06/2025

Hace apenas unos días se ha celebrado en la Haya (Países Bajos) una reunión extraordinaria de la OTAN (North Atlantic Treaty Organization), una organización militar diseñada y controlada por el gobierno norteamericano desde su fundación en 1949, que en teoría tenía y tiene por objeto “proteger la seguridad y libertad de los países miembros”. Claro que para cumplir este genérico propósito había que vender la idea de la existencia de un enemigo común que pudiera atentar a esa “seguridad y libertad”. Y ese enemigo común fue la Unión Soviética en aquellas fechas, el mismo país que había sido su aliado y que en 1945 había derrotado y barrido al régimen nazi. La OTAN fue un parto con fórceps, que una Europa decaída tuvo que asumir disciplinadamente como parte de su plan de recuperación. Los doce miembros originales, capitaneados por Estados Unidos, fueron el Reino Unido (su tradicional mayordomo), Canadá, Francia, Italia, Luxemburgo, Bélgica, Islandia, Países Bajos, Dinamarca, Noruega y Portugal. Luego, poco a poco, se abrió la veda y ahora son treinta y dos los países miembros. A la fiesta de la Haya también han acudido los inevitables invitados de lujo a este tipo de eventos: la señora Von der Leyen y el señor Costa, como representantes de la Unión Europea.

Y, ¿qué han decidido estos sujetos y en qué medida sus decisiones nos afectan? Ésta es la cuestión principal. Yo con mi vida decido lo que quiero, aceptando el imperativo kantiano de “no querer para los demás lo que no quieras para ti”. Pero aquí, parafraseando el mensaje del episodio vivido por los astronautas del Apolo 13, tenemos un problema, un grave problema. Porque esos ciudadanos, cuya salud mental ponemos en entredicho, nos están llevando al infierno.

El mundo occidental está en manos de una pandilla de psicópatas y sociópatas que nos conducen a la estación terminal, al caos definitivo.

La parte positiva es que nos han dejado numerosas señales (a modo de síntomas) de su deteriorado estado de salud. Solo cabe interpretarlas y luego echarlos del circo político. Veamos algunas de esas señales:

 

El conflicto Israel – Irán

 

“… Habrá un alto el fuego total (en aproximadamente seis horas, cuando ambos países hayan completado sus misiones finales) durante 12 horas, momento en el cual se considerará que la guerra ha terminado… El mundo anunciará oficialmente el fin de la guerra de los doce días… Suponiendo que todo funcione como debería, que así será, felicito a ambos países, Israel e Irán, por su resistencia, coraje e inteligencia para poner fin a la guerra…  Esta es una guerra que podría haber durado años y destruido todo Oriente Medio, pero no lo hizo y nunca lo hará. ¡Que Dios bendiga a Israel, que Dios bendiga a Irán, que Dios bendiga a Oriente Medio, que Dios bendiga a Estados Unidos de América y que Dios bendiga al mundo!”

 

Para ser sinceros hay que reconocer que el presidente Trump no ha sido muy original con su discurso. Si repasamos la hemeroteca podremos ver que todos los presidentes de Estados Unidos han considerado que sus guerras han sido bendecidas por Dios; es decir, que sus guerras son divinas. Ese constante tributo a la divinidad tuvo su réplica musical hace ya varios años en la canción de Bob Dylan “With God on our side”. Claro que si tienes a tu lado a Dios, lo tienes todo ganado. O así te lo crees.

 

Vamos a hacer un punto y aparte, cerrar los ojos, inhalar y luego, pausadamente, respirar hondo. Así podremos proseguir este puntual relato sobre la lógica del caos.

 

 

La gran mentira de la OTAN

 

 

Podríamos añadir muchos otros síntomas que nos han ido sirviendo a lo largo de los últimos años, pero no lo creo necesario para hacer un primer diagnóstico. Veamos.

 

Psicópatas y sociópatas

 

Como en tantas otras cosas, el mapa no es el territorio. Las clasificaciones se hacen para ordenar el conocimiento, pero a medida que ordenamos perdemos la riqueza original. La psicopatía y la sociopatía tienen muchos elementos comunes, son tierras fronterizas que a veces cabalgan una sobre otra.

Una primera aproximación indicaría que la psicopatía es un trastorno de la personalidad, muchas veces de origen orgánico, en la que el sujeto sufre un proceso de enajenación. Su universo es irreal. Sus relaciones (incluso consigo mismo) están falseadas.

La sociopatía por su parte es una conducta antisocial que procede mayoritariamente de las vivencias internalizadas en el proceso de socialización. En el difícil equilibrio entre la herencia genética y la influencia del entorno, la psicopatía estaría en el primer capítulo y la sociopatía en el segundo. Todo con las debidas precauciones.

Mi análisis personal me lleva a concluir que en nuestra sociedad hay tantos psicópatas como sociópatas. Y son muchos.

Buena prueba de lo anterior la tenemos en los resultados de una encuesta realizada en Estados Unidos por el instituto de investigación social Harris Interactive para la cadena de televisión por cable Trio.

Según ellos, el sesenta y siete por ciento de los norteamericanos apoyan la idea de televisar las ejecuciones de los condenados a muerte y el cuarenta y seis por ciento estarían encantados de presenciar las autopsias en directo. Esto en programas abiertos, pues en pago-por-visión los porcentajes son algo inferiores pero siguen siendo muy significativos.

Una sociedad que ansía destinar su tiempo de ocio a ver autopsias y ejecuciones es una sociedad enferma y amoral. Y lo peor es que así como los psicópatas pueden responder positivamente a los tratamientos, los sociópatas tienen escaso remedio, sobre todo porque la gran mayoría no son conscientes de ello.

Si he irrumpido en este terreno de naturaleza clínica es porque creo, como antes ya he enunciado, que muchos líderes del mundo occidental (con nombres y apellidos) tienen reflejos psicopáticos y/o sociopáticos. Y si a esto le añadimos que tienen poder, un poder representativo pero incuestionable, el riesgo es todavía mayor.

Avancemos un poco más.

Si algo tienen en común estos colectivos tóxicos es que les importan muy poco los derechos de los demás, aunque cada uno siga caminos diferentes para expresar sus pensamientos, sus sentimientos y su conducta explícita. Típicamente el psicópata tiene una base genética y factores neurobiológicos que pueden presentar una apariencia agradable, aunque carezca de una genuina empatía. Como contraste el sociópata se desarrolla en entornos duros productores de traumas, que llevan a pautas de conducta volátiles e impredecibles.

El psicópata es una personalidad compleja con profundos déficits emocionales y una conducta interpersonal manipulativa. Llama la atención el notable papel que tiene esta tipología en los entornos corporativos, sobre todo en los niveles más altos de las grandes empresas. Su falta de empatía hace que no pueda comprender los problemas de los demás, sobre todo en su frente emocional. No es que no le importen, es que no los comprende. No comprende sus propias emociones. Se diría que no las tiene, lo que explica que nunca se sienta culpable por mucho que sus acciones afecten negativamente a los demás. A nivel superficial puede tener un notable encanto y unas habilidades sociales que confunden. Suelen decir lo que los otros quieren oír, pero siempre con propósitos manipulativos. En entornos competitivos (como los actuales) se sienten muy cómodos. No les cuesta tomar decisiones, por duras que sean, sin interferencias emocionales.

El sociópata se expresa a través de una pauta de conducta antisocial que se desarrolla principalmente por influencias del entorno, sobre todo del primario (unidad familiar o alternativa) y secundario (primeros grupos de contacto). En la actualidad es el grupo secundario el más influyente (primeros amigos), dada la ausencia de valores transmitidos por la unidad familiar o sus veces. En esos entornos hay abusos (no solo físicos), violencia, maltrato, sanciones y rituales que producen traumas en una etapa clave del proceso de socialización, traumas que luego afloran en circunstancias propicias. Aunque se sienten incómodos con la empatía y el control emocional, poseen cierta habilidad para conexiones personales, siempre limitadas y a menudo por vías disfuncionales. Es por ello que se sienten muy unidos a determinadas personas o grupos y muy apartados del resto de la gente. Esta capacidad para ser selectivos emocionalmente significa que un sociópata puede ser muy leal e incluso amar, aunque estos sentimientos sean inestables y queden siempre bajo la capa de sus tendencias antisociales.

Podríamos añadir algunos flecos a todo ello, que estarían entre otros trastornos de personalidad comunes en nuestra sociedad y en particular en algunos de los líderes que hemos citado: la paranoia (una desconfianza generalizada hacia terceros), el narcisismo (la falsa creencia de que eres superior a los demás) y el histrionismo (la búsqueda constante por llamar la atención, para compensar una oculta y baja autoestima).

Y, ¿a quién nos estamos refiriendo, con nombres y apellidos? Citaremos a los más notorios de un Occidente en caída libre. En primer lugar al sheriff del Far West: el señor Donald Trump. Hay una anécdota en la vida del presidente Trump que es muy interesante. Cuenta él mismo que su padre, que había hecho fortuna alquilando viviendas en edificios de su propiedad, quería que sus hijos (Fred y Donald) le acompañaran cuando iba a cobrar los alquileres. A Donald le llamaba la atención que su padre les dijera siempre que se apartaran de las puertas de las viviendas, hasta que un día le preguntó a su padre por qué hacía esto. Y su padre le respondió: por si salen disparando.

Lo más dramático de esa época fue la trayectoria de su hermano Fred (el hijo mayor), que no quiso dirigir el conglomerado familiar pues su vocación era ser piloto. Esta decisión le valió el desprecio de su entorno próximo y al cabo de un tiempo murió alcoholizado. Tenía 42 años.

Pasemos ahora a sus lugartenientes. Todos los sheriffs tienen lugartenientes. El señor Rutte, secretario general de la OTAN (destaca entre los más penosos), la señora Von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, el señor Starmer, primer ministro del Reino Unido, el señor Macron, presidente de Francia, el señor Merz, canciller alemán, la señora Kallas, comisaria de asuntos exteriores de la Unión Europea y el señor Zelenski, presidente en funciones de Ucrania.

¿Psicópatas o sociópatas? Lo dejo a criterio del lector. Hay suficientes señales para hacer un diagnóstico que haga más distraído este tórrido verano.

Para ayudar a resolver el sudoku recomiendo un sabroso libro a ojear en las tardes de ocio: “The Dangerous Case of Donald Trump”, un ensayo publicado en el 2017, en la primera etapa de Trump como presidente. Es un trabajo colectivo de un grupo de 27 expertos en salud mental (psiquiatras, psicólogos y afines), que se dedicaron a estudiar clínicamente al presidente. Con ello se saltaron la denominada “Goldwater Rule”, una regla no escrita en la que los miembros de los colegios profesionales de estos ámbitos se comprometían a no hacer diagnósticos sobre personas públicas que no hubieran atendido ellos personalmente.

Los que siguen mis columnas habitualmente ya saben que yo soy de los que creo que las reglas están para romperse. Cuando apareció el libro, el señor Donald Trump ya era presidente de Estados Unidos. De todas formas y teniendo en cuenta que la gente lee muy poco, no creo que su distribución hubiera influido mucho en el resultado de las elecciones en las que Trump batió a la “pija”  Hillary Clinton.

Pero el libro es esclarecedor. En el contexto actual hay un texto que merece una reflexión personal y dice así:

“Trump es ahora el jefe de Estado más poderoso del mundo, y uno de los más impulsivos, arrogante, ignorante, desorganizado, caótico, nihilista, contradictorio, prepotente y egoísta. Tiene su dedo en los gatillos de mil o más de las más poderosas armas termonucleares del mundo. Esto significa que puede matar a más gente en unos segundos que ningún dictador en la historia ha sido capaz de matar durante todos sus años en el poder”.

 

Para completar el análisis quiero referirme a una entrevista que Bill Moyers, el reconocido periodista de la revista “Mother Jones” (una de las grandes revistas críticas e independientes de Estados Unidos) le hizo el 24 de septiembre del 2017, a raíz de la aparición del libro, al famoso psiquiatra Robert Jay Lifton, padre de la teoría sobre la “reforma del pensamiento” y su práctica en los regímenes totalitarios. La revista pivotaba sobre la personalidad del presidente Donald Trump, pero iba más allá. Veamos algunas de sus observaciones:

 

Esto es lo que hay. Si han llegado hasta aquí, seguro que poseen suficientes elementos para hacer un diagnóstico del sheriff y de su corte de lugartenientes. Su comportamiento diario se halla muy lejos de la mínima racionalidad. La cuestión de fondo es preguntarnos si esta muestra de ciudadanos es representativa de la sociedad en su conjunto o no lo es. Porque los indicios es que sí lo es, ya que a la mayoría (no a todos) los hemos elegido para que nos representen durante unos años. A esto se le llama democracia representativa, que nos aseguran es la menos mala de las fórmulas de organización política. Y si éste es el escenario real, como antes hemos ya citado, tenemos un problema, un grave problema.

Entretanto, cuídense y sean felices. Estamos viviendo un largo proceso epidémico, pero algún día acabará, porque todo lo que empieza termina.

 

 

 

Alf Duran Corner

 

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