PSICÓPATAS Y SOCIÓPATAS
Focus: Política
Fecha: 29/06/2025
Hace apenas unos días se ha celebrado en la Haya (Países Bajos) una reunión extraordinaria de la OTAN (North Atlantic Treaty Organization), una organización militar diseñada y controlada por el gobierno norteamericano desde su fundación en 1949, que en teoría tenía y tiene por objeto “proteger la seguridad y libertad de los países miembros”. Claro que para cumplir este genérico propósito había que vender la idea de la existencia de un enemigo común que pudiera atentar a esa “seguridad y libertad”. Y ese enemigo común fue la Unión Soviética en aquellas fechas, el mismo país que había sido su aliado y que en 1945 había derrotado y barrido al régimen nazi. La OTAN fue un parto con fórceps, que una Europa decaída tuvo que asumir disciplinadamente como parte de su plan de recuperación. Los doce miembros originales, capitaneados por Estados Unidos, fueron el Reino Unido (su tradicional mayordomo), Canadá, Francia, Italia, Luxemburgo, Bélgica, Islandia, Países Bajos, Dinamarca, Noruega y Portugal. Luego, poco a poco, se abrió la veda y ahora son treinta y dos los países miembros. A la fiesta de la Haya también han acudido los inevitables invitados de lujo a este tipo de eventos: la señora Von der Leyen y el señor Costa, como representantes de la Unión Europea.
Y, ¿qué han decidido estos sujetos y en qué medida sus decisiones nos afectan? Ésta es la cuestión principal. Yo con mi vida decido lo que quiero, aceptando el imperativo kantiano de “no querer para los demás lo que no quieras para ti”. Pero aquí, parafraseando el mensaje del episodio vivido por los astronautas del Apolo 13, tenemos un problema, un grave problema. Porque esos ciudadanos, cuya salud mental ponemos en entredicho, nos están llevando al infierno.
El mundo occidental está en manos de una pandilla de psicópatas y sociópatas que nos conducen a la estación terminal, al caos definitivo.
La parte positiva es que nos han dejado numerosas señales (a modo de síntomas) de su deteriorado estado de salud. Solo cabe interpretarlas y luego echarlos del circo político. Veamos algunas de esas señales:
El conflicto Israel – Irán
- En 1970, 191 países firmaron el Tratado de no Proliferación Nuclear. El acuerdo limitaba la proliferación de armas nucleares y promovía el acceso de tecnologías nucleares pacíficas. Reconocía la legitimidad de los arsenales nucleares de China, Francia, la URSS, el Reino Unido y Estados Unidos. El acuerdo no se ha cumplido y hoy poseen armas nucleares los países citados más Corea del Norte, India, Pakistán e Israel. Ninguno de estos países ha ratificado la firma del tratado. En el caso de Israel tampoco permite la inspección del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Quien sí firmó el tratado y lo ratificó en 1980 fue Irán, que no tiene armas nucleares y permite la inspección de la OIEA.
- El gobierno de Israel lleva cuarenta años denunciando que Irán está enriqueciendo uranio más allá del límite que marca la diferencia entre fines pacíficos y fines militares. Estamos ante un dilema: O los científicos de Irán son unos inútiles o Israel tiene problemas estructurales de salud mental y vivencia sucesivas paranoias.
- Tener ojivas nucleares (armas de destrucción masiva muy superiores a las bombas atómicas) puede considerarse una estrategia de disuasión nuclear propia. No me atacarás porque yo te puedo atacar a ti. Esto es lo que ocurrió en la “guerra fría” entre Estados Unidos y la URSS. Cuando uno de los actores (Estados Unidos) interpretó que el otro había hecho un movimiento que podía romper el equilibrio (crisis de Cuba 1970), el otro (la URSS) retiró el equipamiento de la isla y exigió que Estados Unidos hiciera lo propio con sus plataformas en Turquía. Eran tiempos razonables con líderes que se respetaban.
- En la actualidad Israel posee aproximadamente 90 ojivas nucleares, según el informe del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI). El pasado año su gasto en experimentación nuclear alcanzó los 1.100 millones de dólares. Mientras Irán permanece bajo vigilancia constante, Israel opera al margen de la legalidad internacional. Esto cuestiona la imparcialidad de la OIEA.
- Buena prueba de ello es que la junta de la OIEA en su reunión en Omán el pasado 12 de junio aprobó, por una escasa mayoría, una resolución criticando duramente el incumplimiento por parte de Irán de algunas de sus obligaciones referentes a la inspección, resolución que fue propuesta por los representantes de Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y Alemania. China y la Federación Rusa votaron en contra. Funcionarios israelíes reconocieron después que Estados Unidos se había puesto en contacto con ocho gobiernos miembros de la junta el 10 de junio para que votaran a favor o se abstuvieran. Dirigentes israelíes confesaron que la postura de Estados Unidos era una señal de apoyo a los planes de guerra de Israel.
- Para no perder tiempo ese mismo día (12 de junio) el ejército de Israel bombardeó distintos emplazamientos de Irán, donde se suponía había instalaciones nucleares. Además de las inevitables muertes por efectos colaterales (de las que nunca se habla), asesinó con precisión tecnológica a varios científicos y militares de alta graduación iraní.
- También por esas mismas fechas el presidente Trump seguía manifestando que se estaba negociando con las autoridades iraníes el tema nuclear y que las negociaciones iban por buen camino.
- Y ¿qué se estaba negociando y por qué no prosperó? Este es otro de los temas tabús que se han ocultado. Se estaba negociando la constitución de un consorcio multinacional para la fabricación de uranio para usos no militares en el que participarían inicialmente Irán, Estados Unidos, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita. De lo que se trataba era de producir a gran escala para beneficio de todos los socios. La condición previa era que Irán dejara de trabajar por su cuenta en este tema. Las partes estaban en principio de acuerdo pero los neoconservadores americanos y el lobby sionista lo boicotearon. No olvidemos que los principales enemigos de Trump están en su propio país. Como es habitual, los países europeos no fueron informados. Si el acuerdo hubiera funcionado se hubiera evitado una guerra cruel.
- Detrás de todo esto está la famosa “Doctrina Beguin”, llamada así por haberla definido Menahem Beguin, famoso político israelí que ocupó el cargo de primer ministro entre 1977 y 1983. Beguin, un hombre de compleja trayectoria, fue en su día líder de Irgun, grupo terrorista enfrentado al ejército británico antes de la independencia de Israel. En esta posición fue quien dirigió el atentado del hotel King David de Jerusalem, que causó 92 muertos y 50 heridos. Este mismo personaje y ya como primer ministro firmó en 1977 los acuerdos de Camp David con el presidente de Egipto Anwar El-Sadat, acuerdos que incluían la aceptación de una autonomía palestina. En 1982 le fue concedido el Premio Nobel de la paz. Su doctrina no iba por este camino sino por el de sus orígenes. Beguin consideraba que Israel debía mantener el monopolio nuclear en Oriente Medio e impedir que cualquier otro país adquiriera armamento nuclear.
- Tras el bombardeo israelí sobre su territorio, el ejército iraní respondió con un periódico envío de misiles y drones sobre algunos centros militares de Israel, con los inevitables muertos civiles. Aquí la relación entre muertos de uno y otro bando no alcanzó la cota de Gaza (100 palestinos muertos por uno israelí), porque Irán no es una franja de tierra sino un país de un millón y medio de kilómetros cuadrados, con una población de ochenta y nueve millones de habitantes, importantes reservas de petróleo y, al parecer, una infraestructura militar potente.
- Hay que citar un aspecto del caso que no aparece en los medios. En el 2018 (primer gobierno Trump), Estados Unidos quiso de nuevo revisar los acuerdos con Irán exigiendo que no solo se le limitara el enriquecimiento de uranio más allá del 60% sino que también se le prohibiera la fabricación de misiles y drones. El gobierno iraní se opuso y gracias a ello su ejército ha podido enfrentarse a Israel. De no haber sido así, el Estado Persa sería hoy un territorio devastado.
- Tras cuatro días de enfrentamientos, algunos ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Europea, junto al ministro británico David Lammy, se reunieron en Ginebra con su homólogo iraní para abrir una teórica vía diplomática, que sabían de antemano no serviría para nada. Eran conscientes de su papel de convidados de piedra y esto, que les sucede constantemente, los pone muy nerviosos. Con posterioridad, el ministro iraní fue a visitar al presidente Putin, que sí puede tener voz y voto en este tema.
- En paralelo el presidente Trump (tras consultar con su almohada y muy probablemente tras avisar a Putin y a Xi Jinping) quiso “poner orden” y ordenó bombardear aquellos puntos de Irán donde se suponía existían las instalaciones nucleares críticas, evitando aquellos lugares donde Putin le había indicado que ingenieros rusos seguían trabajando en proyectos nucleares no militares. Tampoco sería nada de extrañar que Xi Jinping le hubiera señalado que la nueva línea férrea que va desde Xi’an en China hasta Teherán en Irán, tras atravesar varios países asiáticos, la han construido y financiado ellos. Con todas las precauciones, se lanzaron unas bombas especiales que pesan 13 toneladas y media y que penetran hasta sesenta metros y luego explotan. El coste de cada bomba es de 17 millones de euros, que añadidos los costes operacionales y logísticos sube a 22 millones. Si tenemos en cuenta que el ejército americano manifiesta haber lanzado 14 bombas de este tipo y otras complementarias y añadimos el combustible utilizado por los bombarderos B-52, los cazas de acompañamiento, los aviones nodriza (algunos británicos, siempre al servicio del patrón) y otros gastos menores, la noche le salió muy cara al contribuyente norteamericano. Unos cuatrocientos millones de dólares. No se sabe el resultado real de la operación, pero tampoco es importante. Todo ha sido hecho por si acaso o para apalancar el ego de su presidente.
- Y en el colmo del “show business”, Trump redactó una declaración en su particular red social en la que decía:
“… Habrá un alto el fuego total (en aproximadamente seis horas, cuando ambos países hayan completado sus misiones finales) durante 12 horas, momento en el cual se considerará que la guerra ha terminado… El mundo anunciará oficialmente el fin de la guerra de los doce días… Suponiendo que todo funcione como debería, que así será, felicito a ambos países, Israel e Irán, por su resistencia, coraje e inteligencia para poner fin a la guerra… Esta es una guerra que podría haber durado años y destruido todo Oriente Medio, pero no lo hizo y nunca lo hará. ¡Que Dios bendiga a Israel, que Dios bendiga a Irán, que Dios bendiga a Oriente Medio, que Dios bendiga a Estados Unidos de América y que Dios bendiga al mundo!”
Para ser sinceros hay que reconocer que el presidente Trump no ha sido muy original con su discurso. Si repasamos la hemeroteca podremos ver que todos los presidentes de Estados Unidos han considerado que sus guerras han sido bendecidas por Dios; es decir, que sus guerras son divinas. Ese constante tributo a la divinidad tuvo su réplica musical hace ya varios años en la canción de Bob Dylan “With God on our side”. Claro que si tienes a tu lado a Dios, lo tienes todo ganado. O así te lo crees.
Vamos a hacer un punto y aparte, cerrar los ojos, inhalar y luego, pausadamente, respirar hondo. Así podremos proseguir este puntual relato sobre la lógica del caos.
- Llamémosle si se quiere “el equilibrio del terror” pero lo cierto es que en este momento la capacidad destructiva total está en manos de dos países y solo de dos: la Federación Rusa y Estados Unidos con unas 5.500 ojivas nucleares cada uno. El siguiente actor, muy distanciado, es China con 600. Trump lo sabe y Putin también. Es por ello que tienen que entenderse e invitar a China como líder de los países emergentes. Los “teloneros” de Occidente también lo saben pero procuran olvidarlo para no caer en el vacío de la insignificancia.
- El conflicto Israel – Irán no ha terminado ni terminará nunca. Está incrustado en el territorio. Se producirán escaramuzas y pequeños episodios, siempre por iniciativa de Israel, que no supera el síndrome de sentirse aislado en un territorio hostil. En la medida en que las grandes potencias (Rusia, Estados Unidos y China) controlen las desmesuras, todo irá “bien”, relativamente bien.
La gran mentira de la OTAN
- Ya hemos citado más arriba el origen y propósitos teóricos de esta organización. Lo curioso es que el padre de la criatura (Estados Unidos) mantuvo una política aislacionista hasta que Japón (por un error estratégico) bombardeó Pearl Harbour y el Estado americano empezó a plantearse la idea de ser un hegemón mundial. Y entonces fue cuando se decantó por sus primos británicos, a los que ya había ayudado con sus convoyes de suministros al inicio de la guerra en Europa. No fue muy sencillo tomar esta opción y el presidente F.D. Roosevelt tuvo que superar muchas críticas de las élites conservadoras que preferían ser neutrales e incluso mantenían muy buenas relaciones económicas con la Alemania de Hitler. Roosevelt murió y Truman, un presidente mediocre al que le iba muy grande el traje, tiró un par de bombas atómicas y dejó que su equipo tomara el relevo de las élites británicas de Oxbridge y fomentara el miedo a la destruida Unión Soviética, país que había ganado la guerra a un coste humano difícil de dimensionar. Había que prepararse para defenderse del enemigo (un enemigo – hay que insistir en ello – que en 1945 estaba en un estado miserable y era incapaz de iniciar algún proyecto bélico).
- Y así nació la OTAN, que el gobierno norteamericano prefirió que tuviera su centro de mando en Europa, aunque jamás permitió que los máximos responsables no tuvieran su aprobación. Era una curiosa organización creada para defender a unos países alejados de quienes detentaban de verdad el poder. Y el monstruo fue creciendo, hasta que en 1951 se creó en Europa la CECA (Comunidad Económica del Carbón y el Acero) y en 1958 el Mercado Común. Dos organizaciones genuinamente europeas, pero siempre teledirigidas desde Washington, sobre todo en los momentos críticos.
- La OTAN, como cualquier organización militar, tiene su justificación en prepararse para la guerra. Sus activos están pensados para matar y no pueden almacenarse porque se deterioran y resultan obsoletos muy rápidamente. De aquí surge una industria militar muy poderosa, cuyos principales clientes son los gobiernos, como es el caso del Pentágono en Estados Unidos. Al acabar la II Guerra Mundial muchas empresas norteamericanas que habían dejado de producir bienes de consumo duradero (máquinas, automóviles, herramientas) para fabricar armas de distinta naturaleza, no volvieron a sus orígenes productivos y reorientaron sus negocios. Ahora serían solo fabricantes de armas. Así nació el complejo militar-industrial que el presidente Eisenhower denunció, como lo hizo el legendario general MacArthur. En términos económicos este sector industrial es uno de los más rentables del mundo.
- Y como una oferta sin demanda no funciona, había que fabricar guerras o crear estímulos para producirlas. Este proceso a veces sale bien y a veces sale mal. De las constantes guerras en el continente africano apenas se habla. Tienen escaso interés para el público occidental. La de Ucrania, una guerra proxy (guerra por delegación) en la que los que la han provocado y fomentado la observan desde la distancia, tiene más glamur y un actor que hace las delicias de los medios de comunicación. Sirve como una excusa más para continuar armándose, pues de esto se trata.
- El presupuesto total de la OTAN es uno de los secretos mejor guardados, aunque se estima en 1,3 billones de dólares (trillones americanos) de los que Estados Unidos aporta un 65% del total. Este enorme peso de un solo país en los gastos explica las exigencias del presidente Trump de que cada país miembro aporte una cantidad igual al 5% de su PIB. Por ejemplo para España, con un PIB estimado de 1,6 billones de dólares, su contribución a la OTAN sería de 80.000 millones de dólares (68.400 millones de euros). En términos comparativos el presupuesto de la Generalitat de Catalunya para el 2025 es de 45.000 millones de euros por todos conceptos.
- Lo del 5% es una astracanada más, pues no responde a ningún criterio objetivo si no a la última ocurrencia del presidente norteamericano. Pero hemos de ir más lejos para comprender la aberración de todo ello. La pregunta es: ¿Por qué no se disolvió la OTAN cuando la Unión Soviética puso punto final por voluntad propia a su proyecto político-económico? No se disolvió porque el Estado norteamericano interpretó que el mundo había dejado de ser bipolar (Estado Unidos – Unión Soviética) y que su voluntad política debía imponerse de manera inequívoca en todo el mundo. Tenían como soporte un corpus teórico abundante, en el que destacaba el ensayo de un académico norteamericano (Francis Fukuyama) titulado “El fin de la Historia”. Para hacerlo fácil digamos que Fukuyama consideraba que el modelo liberal puro y duro ponía fin a la dialéctica hegeliana en su proceso de mejora constante (tesis / antítesis / síntesis). No se podía perfeccionar. Era imbatible.
- Pero las élites corporativas occidentales pedían un paso más y pidieron al equipo del entonces subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz que preparase una guía no oficial sobre el papel de Estados Unidos de cara al futuro. El documento pasó por varias manos, entre ellas las de Dick Cheney (Secretario de Defensa) y Colin Powell, en aquel momento Jefe del Estado Mayor Conjunto. El New York Times se hizo con una copia y lo publicó el 7 de marzo de 1992, tachándolo de unilateral e imperialista. Luego vino Clinton y su gente, que se dedicaron durante ocho años a desmantelar los controles de la Administración Pública al sistema financiero, lo que produjo años después la gran crisis del 2007-2008. Pero tras Clinton reaparecieron los personajes del 92 en posiciones de mayor calado, conduciendo al fácilmente manipulable presidente George W.Bush. Cheney, Powell, Perle, Wolfowitz se hacían con el poder y empezaron a mover las piezas con celeridad.
- No vamos a entrar en una descripción pormenorizada de la “Doctrina Wolfowitz” pero si expondremos los aspectos más significativos:
- Nuestro principal objetivo es prevenir la re-emergencia de un nuevo rival, sea en el territorio de la antigua Unión Soviética o en cualquier otro lugar que suponga una amenaza similar a la que materializó la Unión Soviética.
- Estados Unidos debe expresar el liderazgo necesario para establecer y proteger un nuevo orden, de forma tal que convenza a los potenciales competidores que no necesitan aspirar a un mayor rol para proteger sus intereses legítimos.
- Hemos de modelar el futuro en la nueva era para forjar grandes alianzas y transformar a las viejas enemistades en relaciones cooperativas.
- En tanto que Estados Unidos no debe transformarse en el policía del mundo, si tenemos que responsabilizarnos para corregir selectivamente aquellos errores que puedan afectar a nuestros intereses y a los de nuestros aliados, e impactar seriamente a las relaciones internacionales.
- Hemos de estar atentos para que el cambio democrático en Rusia no sea reversible, pues después de todo el proceso de cambio, Rusia continuará siendo el mayor poder militar de Eurasia, con capacidad para destruir Estados Unidos.
- Tanto en Oriente Medio como en el Sudoeste de Asia, nuestro principal objetivo es permanecer como el poder dominante de la zona y preservar el acceso de Estados Unidos y sus aliados al petróleo del territorio.
- La aplicación práctica de la doctrina se manifestó en la expansión de la OTAN cercando las fronteras de la zona occidental de la Federación Rusa, provocando “revoluciones de colores” en países que antes habían formado parte de la URSS (Georgia, Ucrania, Bielorrusia, etc.), alimentando los odios históricos de los países bálticos hacia su vecino, generando temores injustificados sobre un supuesto y maquiavélico plan del Estado ruso para invadir Occidente y un conjunto de sandeces de similar calibre.
- En el ámbito del sur de Asia Estados Unidos ha hecho lo propio en lo que podríamos denominar OTAN/2, extendiendo sus bases militares en las proximidades de su segundo gran enemigo (la República Popular China). Corea del Sur, Japón, las Filipinas y Singapur forman parte de esta red.
- Pero todo tiene un coste y aunque Estados Unidos disponga del dólar como moneda dominante en circulación y último refugio para los inversores en momentos de crisis, el capítulo llamado de Defensa en los Presupuestos Generales del Estado Federal alcanza los 850.000 millones de dólares (722.000 millones de euros). En términos comparativos podemos señalar que un Estado medio como el español tiene un PIB de 1 billón 600.000 millones de dólares. Es decir, un Estado de 48 millones de habitantes (personas, empresas, instituciones, funcionarios, etc.) ha de trabajar todo un año para generar un valor añadido total que solo es el doble de lo que Estados Unidos se gasta en su capítulo de Defensa / Ataque (mejor digamos, para dejarlo bien claro, en ataque). Y a pesar de todo, haciendo en repetidas ocasiones el ridículo, como lo fue en Vietnam, Afganistán y ahora, veladamente, en Irán. Sorprendente en un país que tiene entre sus valores principales – que yo comparto – su “cost-benefit approach”.
- No es de extrañar que el patrón diga a sus vasallos que tienen que ayudar a financiar este derroche. Y los gobiernos occidentales (con algunas excepciones) han prometido cumplir con las instrucciones recibidas. Reducirán las partidas sociales, recortarán las pensiones, aumentarán la Deuda Pública con cargo a las generaciones futuras o se inventarán cualquier otro juego malabar. Han vendido a sus desorientados electores que deben prepararse militarmente porque “dentro de diez años los rusos atacarán” (sic). Emitirán bonos bien remunerados y como dicen en Catalunya “qui dia passa any empeny”.
Podríamos añadir muchos otros síntomas que nos han ido sirviendo a lo largo de los últimos años, pero no lo creo necesario para hacer un primer diagnóstico. Veamos.
Psicópatas y sociópatas
Como en tantas otras cosas, el mapa no es el territorio. Las clasificaciones se hacen para ordenar el conocimiento, pero a medida que ordenamos perdemos la riqueza original. La psicopatía y la sociopatía tienen muchos elementos comunes, son tierras fronterizas que a veces cabalgan una sobre otra.
Una primera aproximación indicaría que la psicopatía es un trastorno de la personalidad, muchas veces de origen orgánico, en la que el sujeto sufre un proceso de enajenación. Su universo es irreal. Sus relaciones (incluso consigo mismo) están falseadas.
La sociopatía por su parte es una conducta antisocial que procede mayoritariamente de las vivencias internalizadas en el proceso de socialización. En el difícil equilibrio entre la herencia genética y la influencia del entorno, la psicopatía estaría en el primer capítulo y la sociopatía en el segundo. Todo con las debidas precauciones.
Mi análisis personal me lleva a concluir que en nuestra sociedad hay tantos psicópatas como sociópatas. Y son muchos.
Buena prueba de lo anterior la tenemos en los resultados de una encuesta realizada en Estados Unidos por el instituto de investigación social Harris Interactive para la cadena de televisión por cable Trio.
Según ellos, el sesenta y siete por ciento de los norteamericanos apoyan la idea de televisar las ejecuciones de los condenados a muerte y el cuarenta y seis por ciento estarían encantados de presenciar las autopsias en directo. Esto en programas abiertos, pues en pago-por-visión los porcentajes son algo inferiores pero siguen siendo muy significativos.
Una sociedad que ansía destinar su tiempo de ocio a ver autopsias y ejecuciones es una sociedad enferma y amoral. Y lo peor es que así como los psicópatas pueden responder positivamente a los tratamientos, los sociópatas tienen escaso remedio, sobre todo porque la gran mayoría no son conscientes de ello.
Si he irrumpido en este terreno de naturaleza clínica es porque creo, como antes ya he enunciado, que muchos líderes del mundo occidental (con nombres y apellidos) tienen reflejos psicopáticos y/o sociopáticos. Y si a esto le añadimos que tienen poder, un poder representativo pero incuestionable, el riesgo es todavía mayor.
Avancemos un poco más.
Si algo tienen en común estos colectivos tóxicos es que les importan muy poco los derechos de los demás, aunque cada uno siga caminos diferentes para expresar sus pensamientos, sus sentimientos y su conducta explícita. Típicamente el psicópata tiene una base genética y factores neurobiológicos que pueden presentar una apariencia agradable, aunque carezca de una genuina empatía. Como contraste el sociópata se desarrolla en entornos duros productores de traumas, que llevan a pautas de conducta volátiles e impredecibles.
El psicópata es una personalidad compleja con profundos déficits emocionales y una conducta interpersonal manipulativa. Llama la atención el notable papel que tiene esta tipología en los entornos corporativos, sobre todo en los niveles más altos de las grandes empresas. Su falta de empatía hace que no pueda comprender los problemas de los demás, sobre todo en su frente emocional. No es que no le importen, es que no los comprende. No comprende sus propias emociones. Se diría que no las tiene, lo que explica que nunca se sienta culpable por mucho que sus acciones afecten negativamente a los demás. A nivel superficial puede tener un notable encanto y unas habilidades sociales que confunden. Suelen decir lo que los otros quieren oír, pero siempre con propósitos manipulativos. En entornos competitivos (como los actuales) se sienten muy cómodos. No les cuesta tomar decisiones, por duras que sean, sin interferencias emocionales.
El sociópata se expresa a través de una pauta de conducta antisocial que se desarrolla principalmente por influencias del entorno, sobre todo del primario (unidad familiar o alternativa) y secundario (primeros grupos de contacto). En la actualidad es el grupo secundario el más influyente (primeros amigos), dada la ausencia de valores transmitidos por la unidad familiar o sus veces. En esos entornos hay abusos (no solo físicos), violencia, maltrato, sanciones y rituales que producen traumas en una etapa clave del proceso de socialización, traumas que luego afloran en circunstancias propicias. Aunque se sienten incómodos con la empatía y el control emocional, poseen cierta habilidad para conexiones personales, siempre limitadas y a menudo por vías disfuncionales. Es por ello que se sienten muy unidos a determinadas personas o grupos y muy apartados del resto de la gente. Esta capacidad para ser selectivos emocionalmente significa que un sociópata puede ser muy leal e incluso amar, aunque estos sentimientos sean inestables y queden siempre bajo la capa de sus tendencias antisociales.
Podríamos añadir algunos flecos a todo ello, que estarían entre otros trastornos de personalidad comunes en nuestra sociedad y en particular en algunos de los líderes que hemos citado: la paranoia (una desconfianza generalizada hacia terceros), el narcisismo (la falsa creencia de que eres superior a los demás) y el histrionismo (la búsqueda constante por llamar la atención, para compensar una oculta y baja autoestima).
Y, ¿a quién nos estamos refiriendo, con nombres y apellidos? Citaremos a los más notorios de un Occidente en caída libre. En primer lugar al sheriff del Far West: el señor Donald Trump. Hay una anécdota en la vida del presidente Trump que es muy interesante. Cuenta él mismo que su padre, que había hecho fortuna alquilando viviendas en edificios de su propiedad, quería que sus hijos (Fred y Donald) le acompañaran cuando iba a cobrar los alquileres. A Donald le llamaba la atención que su padre les dijera siempre que se apartaran de las puertas de las viviendas, hasta que un día le preguntó a su padre por qué hacía esto. Y su padre le respondió: por si salen disparando.
Lo más dramático de esa época fue la trayectoria de su hermano Fred (el hijo mayor), que no quiso dirigir el conglomerado familiar pues su vocación era ser piloto. Esta decisión le valió el desprecio de su entorno próximo y al cabo de un tiempo murió alcoholizado. Tenía 42 años.
Pasemos ahora a sus lugartenientes. Todos los sheriffs tienen lugartenientes. El señor Rutte, secretario general de la OTAN (destaca entre los más penosos), la señora Von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, el señor Starmer, primer ministro del Reino Unido, el señor Macron, presidente de Francia, el señor Merz, canciller alemán, la señora Kallas, comisaria de asuntos exteriores de la Unión Europea y el señor Zelenski, presidente en funciones de Ucrania.
¿Psicópatas o sociópatas? Lo dejo a criterio del lector. Hay suficientes señales para hacer un diagnóstico que haga más distraído este tórrido verano.
Para ayudar a resolver el sudoku recomiendo un sabroso libro a ojear en las tardes de ocio: “The Dangerous Case of Donald Trump”, un ensayo publicado en el 2017, en la primera etapa de Trump como presidente. Es un trabajo colectivo de un grupo de 27 expertos en salud mental (psiquiatras, psicólogos y afines), que se dedicaron a estudiar clínicamente al presidente. Con ello se saltaron la denominada “Goldwater Rule”, una regla no escrita en la que los miembros de los colegios profesionales de estos ámbitos se comprometían a no hacer diagnósticos sobre personas públicas que no hubieran atendido ellos personalmente.
Los que siguen mis columnas habitualmente ya saben que yo soy de los que creo que las reglas están para romperse. Cuando apareció el libro, el señor Donald Trump ya era presidente de Estados Unidos. De todas formas y teniendo en cuenta que la gente lee muy poco, no creo que su distribución hubiera influido mucho en el resultado de las elecciones en las que Trump batió a la “pija” Hillary Clinton.
Pero el libro es esclarecedor. En el contexto actual hay un texto que merece una reflexión personal y dice así:
“Trump es ahora el jefe de Estado más poderoso del mundo, y uno de los más impulsivos, arrogante, ignorante, desorganizado, caótico, nihilista, contradictorio, prepotente y egoísta. Tiene su dedo en los gatillos de mil o más de las más poderosas armas termonucleares del mundo. Esto significa que puede matar a más gente en unos segundos que ningún dictador en la historia ha sido capaz de matar durante todos sus años en el poder”.
Para completar el análisis quiero referirme a una entrevista que Bill Moyers, el reconocido periodista de la revista “Mother Jones” (una de las grandes revistas críticas e independientes de Estados Unidos) le hizo el 24 de septiembre del 2017, a raíz de la aparición del libro, al famoso psiquiatra Robert Jay Lifton, padre de la teoría sobre la “reforma del pensamiento” y su práctica en los regímenes totalitarios. La revista pivotaba sobre la personalidad del presidente Donald Trump, pero iba más allá. Veamos algunas de sus observaciones:
- La “Goldwater Rule” es una regla ambigua. El libro no pretende hacer un diagnóstico profundo del presidente, pero sus autores se creen en la obligación de avisar sobre su perfil psico-sociológico, teniendo en cuenta su posición dominante en la estructura del poder.
- Que Trump exprese una dificultad manifiesta para relacionarse con la realidad, lo incapacita para responder de una manera imparcial a una situación de crisis. Lo cual en su puesto es extremadamente peligroso para el mundo.
- Seguro que ha habido muchos presidentes en Estados Unidos con desequilibrios mentales (depresión, ansiedad, bipolaridad), pero lo importante es qué rasgos psicológicos son peligrosos para el puesto y cuáles no.
- Yo he estudiado los casos de los médicos del Holocausto y también de los psicólogos que fueron los arquitectos de las torturas de la CIA durante la guerra de Irak. Es lo que yo denomino “malignidad normal”. En la guerra del Vietnam algunos psiquiatras colaboraban con el ejército americano para reconducir la conducta de aquellos soldados que tenían problemas éticos por su papel allí. Esto fue maligno y los colegios profesionales lo ocultaron.
- Hemos asumido las mentiras de Donald Trump como algo normal. Habla de las bombas nucleares como si se tratara de algo banal. Su círculo más próximo aplaude sus “ocurrencias”. Y esto es normalizar la malignidad.
- Esa naturaleza maligna se contagia y la vemos en periodistas, abogados y políticos que se hacen eco de todo ello. Son servidores fieles y acríticos del poder supremo.
- Estoy absolutamente de acuerdo con la opinión de los autores cuando se refieren a la personalidad narcisista, antisocial y desordenada del presidente. No se trata de un rasgo, sino de muchos. Como indican “es una mezcla de brujas aterradora, un brebaje tóxico”.
- Se comporta como un psicótico. Practica el solipsismo. Para él la realidad objetiva no existe. Solo es comprensible a través de su Yo.
- Necesita ser querido y aceptado. Se considera una víctima de los demás, de la sociedad. De aquí la intensidad de su comportamiento Puede decir en un corto espacio de tiempo que “está al mil por cien detrás de la CIA” y también “que son unos incompetentes y unos deshonestos”.
- No tiene una ideología clara. Construye su propia narrativa. Para él América era un gran país y los continuos liderazgos la han debilitado. Pero él la hará de nuevo grande. Se siente fuerte, muy fuerte para hacerlo. Anima a los que son como él y no está dispuesto a tolerar las limitaciones de los otros poderes del sistema. Se cree que tiene derecho a hacerlo.
- Como considera que es una personalidad intocable, puede hacer lo que quiera. Es un claro caso de “narcisismo extremo”.
- Cambia de equipo porque resulta muy difícil trabajar para él. Trump no se fía de nadie. Sabe que puede apelar a su base de votantes, porque a estos no les importa que cambie de opinión. Ha hecho de sus mentiras un espectáculo.
- Asumo el comentario de la doctora Judith Lewis Herman cuando dice que “Fomentada por la adulación de sus subordinados y el canto de las multitudes, la grandiosidad de un líder político puede transformarse en grotescos delirios de grandeza”. Esto ocurre con él.
- No quiere “purificar la sociedad, como si lo quiere Steve Bannon y lo quería Osama bin-Laden, pero se siente influido por esta enfermiza idea. Destruir para purificar. En su principal eslogan (Hacer América grande de nuevo) hay ciertos elementos procedentes de esta fuente”.
Esto es lo que hay. Si han llegado hasta aquí, seguro que poseen suficientes elementos para hacer un diagnóstico del sheriff y de su corte de lugartenientes. Su comportamiento diario se halla muy lejos de la mínima racionalidad. La cuestión de fondo es preguntarnos si esta muestra de ciudadanos es representativa de la sociedad en su conjunto o no lo es. Porque los indicios es que sí lo es, ya que a la mayoría (no a todos) los hemos elegido para que nos representen durante unos años. A esto se le llama democracia representativa, que nos aseguran es la menos mala de las fórmulas de organización política. Y si éste es el escenario real, como antes hemos ya citado, tenemos un problema, un grave problema.
Entretanto, cuídense y sean felices. Estamos viviendo un largo proceso epidémico, pero algún día acabará, porque todo lo que empieza termina.
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