Focus: Sociedad
Fecha: 09/01/2026
No creo que nadie apueste voluntariamente por unos puestos de trabajo tan precarios como estos. Se toman, la mayoría de las veces, porque no hay otro remedio. Son puestos trampa, porque una vez dentro no resulta fácil salir de ellos.
Unos y otros forman parte del sistema económico, aunque buena parte de la generación de valor –sobre todo en el primer caso– quede oculta por razones asociadas a la hipocresía pequeñoburguesa.
Pero cuando cobran protagonismo por el gran número de personas ocupadas en estos menesteres, el fenómeno trasciende del ámbito micro y pasa a formar parte de la lectura macroeconómica de una sociedad.
Se han disparado tanto que se podría construir un indicador, como lo son el PIB, la tasa de inflación o el interés del dinero.
No hace falta señalar que los ponemos en primer plano por su dimensión económica y no por otra cosa, ya que todos ellos nos merecen tanto respeto como los notarios o los clarinetistas.
Debemos preguntarnos cómo hemos llegado hasta aquí. Vemos que las autoridades administrativas (los políticos “profesionales” que gobiernan el espacio público, sean nacionales o locales) están muy contentos con la marcha de la economía, basándose fundamentalmente en el crecimiento del Producto Interior Bruto. Como ya he dicho otras veces, esta variable los tiene sodomizados.
Pero si entramos en la estructura de este crecimiento, apreciaremos rápidamente que el turismo de masas y sus derivados son el auténtico motor de este crecimiento. Y el turismo de masas enriquece a unos pocos y perjudica a la mayoría. Trabajos mal remunerados, dinero negro, horarios laborales extenuantes, volatilidad en los puestos, cortoplacismo. Si a esto le añadimos los efectos colaterales –casi todos negativos– visualizamos un territorio urbano en el que los residentes (los que todavía resisten) se sienten abrumados por un entorno asfixiante.
No hay una política económica definida con objetivos precisos, sino un zigzagueo constante en procesos de prueba y error, que pone de manifiesto las deficientes capacidades de las élites políticas y económicas de turno.
Más allá de la retórica de los discursos vacíos, no veo más respuesta que la conformidad. Me pregunto si esto tiene algo que ver con la desastrosa orientación educativa proporcionada a las últimas generaciones, donde no hay meritocracia, el aprobado es general, se descuida la enseñanza de materias (matemáticas, física, geografía, etc.) y se potencia la instrucción de valores (tema que no corresponde a la escuela sino a la familia), valores no contrastados y pertenecientes al pensamiento “woke”. Hacer un taller de “gestión emocional de género” para niños de seis años es una manifiesta gilipollez.
La universidad se parece cada vez más a un estadio de fútbol. Cabe todo el mundo y siempre podrás encontrar una plaza a tu gusto. Cuando se pasó de las licenciaturas a los grados se cometió el primer error. Se pretendió resolverlo añadiendo los masters, lo que añadió mayor confusión. Ahora uno puede graduarse en cualquier tema por peregrino que sea. Al haber masificado la universidad se ha masificado paralelamente a los docentes. Y un docente, un buen docente, no se fabrica en dos días.
Llevamos tiempo produciendo una generación de idiotas (en el sentido genuino del término) que quieren ser influencers, deportistas de élite, youtubers de prensa rosa o estrellas mediáticas del universo comunicativo y musical. Y esa cota la alcanzan muy pocos (ellos y ellas), acabando la mayoría en el colectivo que encabeza esta columna. No solo esto sino que esos pocos se transforman en los únicos referentes sociales de la comunidad del segmento joven.
No acostumbro a dar lecciones morales. No me interesa. Trato de denunciar un problema que va más allá del pobre relato que nos ofrecen los medios de comunicación convencionales, siempre plagados de anécdotas sobre algunos ciudadanos de ese enjambre.
Así no se construye un país. El “gobierno de los mejores” no es una entelequia. El problema es que los mejores hace ya mucho tiempo que se han dado de baja de este club de inútiles.
