Focus: Economía
Fecha: 05/01/2026
Que diría Jean-Jacques Sempé, el gran humorista gráfico francés. Por si no teníamos suficiente con los desequilibrios heredados de la última década del siglo pasado, hemos empezado el año con un nuevo contencioso ocurrido en el “patio de atrás” del hegemón norteamericano. El concepto de “narcodictadura” para justificar la invasión de un Estado soberano no es más que una idea publicitaria salida de las mentes creativas de Madison Avenue.
Era previsible que el gobierno que preside con mano dura el imprevisible señor Trump, diera un zarpazo sobre un territorio próximo perteneciente a otro país. Hace tiempo que lo estaba anunciando. Trump tiene muy claro que Venezuela está en su zona de influencia y que los otros dos “influencers” del mundo multipolar (los señores Putin y Xi Jinping) se quejarán profusamente por sus acciones pero se mantendrán a distancia.
El espectáculo de la rueda de prensa sobre el secuestro del presidente Maduro y las declaraciones seriadas de los distintos personajes que intervinieron en el “exitoso” proyecto supera cualquier serie made in Hollywood. El narcisismo del presidente Trump se contagia y su equipo más próximo supera en excentricidades al equipo del presidente Obama, cuando estos siguieron en directo la caza de Osama Bin Laden. Parece que los líderes anglosajones han elegido este formato para contarnos sus “performances”.
Que la CIA había cocinado previamente el territorio también era sabido. Probablemente militares de alta graduación y/o políticos del Régimen bolivariano han colaborado en el evento (50 millones de dólares por la detención del “bandido”).La CIA dispone de recursos económicos sobrados (legales e ilegales) para comprar a quien sea. No hace falta citar casos. Los hay a montones. Disfrutan montando “golpes de Estado”. Es su oficio.
Sobre el momento de hacer el “numerito” podemos aventurar ciertas hipótesis, unas relacionadas con el frente doméstico norteamericano y otras con el exterior. Entre las primeras está la proximidad de las elecciones en el 2026 para la constitución del nuevo Congreso (Cámara de Representantes y Senado). Ahora lo controla el Partido Republicano en su ala “trumpista”. El objetivo del presidente Trump es asegurar el control y tiene que vender al electorado el “coraje y valentía” de sus cuerpos militares de élite. Es la historia repetida de las hazañas del Séptimo de Caballería. Como ocurre siempre el mensaje será procesado acríticamente y celebrado por las masas enajenadas. Hay que señalar que Donald Trump podría haber prescindido de todo esto, ya que su comportamiento habitual demuestra un desprecio hacia los congresistas y una buena prueba reciente de ello es el episodio de la intromisión en Venezuela, que de acuerdo con la Constitución americana –en el caso de una declaración de guerra, que de hecho no se ha producido- habría necesitado de la aprobación del legislativo. Trump practica una política de hechos consumados.
Respecto al frente exterior y teniendo en cuenta que un importante delegado de la República Popular China estuvo hace una semana en Caracas para alcanzar un acuerdo comercial con el presidente Maduro del orden de 200.000 millones de dólares (dentro del entorno BRICS), es probable que la medida haya podido frenar el proyecto.
Todo esto es descriptivo. La cuestión es preguntarse cuál es el escenario próximo. En las declaraciones del presidente Trump queda claro que él considera Venezuela como un protectorado de Estados Unidos y que empresas americanas se harán cargo de la gestión del sector petrolífero. Ha avisado además al gobierno chavista restante –el mismo que había, pero sin Maduro– que si no siguen sus instrucciones actuará con mayor dureza.
Bajemos ahora a las bases económicas de todo ello para comprender de qué estamos hablando. Porque si no hubiera petróleo, Venezuela geopolíticamente interesaría muy poco. A hora bien, ¿merece la pena tanto esfuerzo? Hagamos una breve incursión en un análisis coste-beneficio.
Hace casi cien años que la compañía americana Chevron empezó sus actividades de extracción de petróleo en Venezuela. Con el tiempo otras compañías se adhirieron (por ejemplo ExxonMobil y ConocoPlillips), en unas condiciones muy rentables gracias a la complicidad de los gobiernos de turno. Podríamos referirnos a esta etapa como la etapa colonial. Todo funcionó a su gusto hasta que en el 2004 el presidente Hugo Chávez forzó una renegociación de los contratos con las compañías internacionales. En el 2007 Exxon y Conoco salieron de Venezuela y un tribunal de arbitraje ordenó al gobierno venezolano el pago de unas indemnizaciones a esas empresas por la nacionalización de sus activos (10.000 millones de dólares a Conoco y 1.000 millones a Exxon). Hasta el momento los sucesivos gobiernos venezolanos solo han pagado una parte de esas indemnizaciones. Chevron por su parte se adaptó al cambio y continuó sus actividades, hasta el extremo de que un 25% del petróleo que se produce actualmente en Venezuela procede de sus instalaciones.
La cuestión de tanto interés está en las reservas (las mayores del mundo según la OPEC, organización que agrupa a gran parte de los países productores de petróleo). Pero una cosa son las reservas y otra la producción. Hace treinta años Venezuela –uno de los fundadores de la OPEC- producía 3 millones de barriles diarios que se refinaban en Estados Unidos; en la actualidad produce un millón (que en su mayor parte se expide a China), lo que significa aproximadamente un 1% del total mundial. Estados Unidos produce 13 millones diarios, Arabia Saudita 10 millones, Rusia 10, Irak 4,5, Kuwait 4, Irán 3,5, Emiratos Árabes Unidos 3,5, etc.
La cuestión clave es que no todo el petróleo es igual. Hay crudo ligero y fácil de procesar. El de Venezuela es pesado y denso, y no todas las refinerías están capacitadas para tratarlo. Es además difícil de extraer. Y si lo planteamos en términos de su efecto sobre el cambio climático es de los más “sucios” del mundo. Esta es una razón añadida por la que otras petroleras no norteamericanas no hayan mostrado nunca especial interés en ese país.
Hemos de añadir que recuperar una infraestructura dañada, con escaso mantenimiento durante largo tiempo, no es tarea fácil y requiere años de trabajo. Tras la invasión de Irak (2003) por parte de Estados Unidos, se ha tardado veinte años en volver a normalizar la situación. Y eso que el petróleo iraquí es de alta calidad, crudo ligero, de bajo contenido en azufre y alto contenido en carbono. Todo lo contrario del crudo venezolano.
Como efectos colaterales inmediatos vemos que las acciones de algunas compañías del sector Defensa (las que proporcionaron los sofisticados equipos para la operación) han tenido un notable incremento en Bolsa. Lo mismo ha sucedido con ExxonMobil. Probablemente el precio del petróleo tendrá un alza en los mercados, que ahora cotiza alrededor de 60 dólares barril. Y de nuevo hay que hacer encaje de bolillos para gestionar este tema, porque para rentabilizar la explotación del petróleo venezolano a las compañías norteamericanas les conviene que suba el precio, pero esta subida es favorable a los intereses de otros agentes importantes, como es el caso de Arabia Saudita, y también de Rusia e Irán, siendo estos últimos los “enemigos del Imperio”.
Y aquí acaba la película. Todo lo demás es cháchara. Que los líderes políticos europeos (el señorito Macron y sus colegas) hablen del rompimiento de la ley internacional o de otras fantasías seudo democráticas, es pura filfa. Que la corrupta señora Von der Layen manifieste su solidaridad con el pueblo venezolano “por recuperar su libertad” es para echarse a llorar de risa. Que unos y otros salgan a la calle, descarguen su cuota de adrenalina y regresen tranquilos a sus confortables hogares es una prueba más del cinismo imperante.
En definitiva, no hay razón económica a medio plazo para este disparate. Aceptemos una lógica geopolítica en los sueños húmedos del presidente Trump, en los que la realidad –como ocurre siempre en todas partes- supera la ficción más imaginable.
Que tengan un buen día.
