VIENTOS DEL ESTE

Focus: Sociedad
Fecha: 16/07/2026

A pesar de que los servicios de “inteligencia” anglosajones y sus supuestas y mafiosas ONG continúan presionando a los países del Este de Europa para que se apunten al mantenimiento del régimen ucraniano, la ciudadanía, tanto como puede, se aparta de la corriente dominante y de unos líderes políticos comprados a buen precio.

Ya vimos lo que ocurrió hace un par de años en Rumania, cuando en unas elecciones generales resultó ganador un candidato que no era del agrado del Sistema. La Unión Europea, a través de una Comisión nombrada a dedo, hizo lo necesario para que el tribunal constitucional de ese país las anulara y convocara unas nuevas elecciones. La conclusión es simple: los resultados valen solo si ganan los míos. En la actualidad la desestabilización política en Rumania es notable, en tanto que los sondeos destacan el crecimiento del partido AUR (Alianza para la Unión de los Rumanos), que los observadores europeos ya han etiquetado como nacionalista, populista y prorruso. En el supuesto de que fuera así, su condición de prorruso lo descalificaría de forma inmediata. Un problema añadido es que Estados Unidos tiene en Rumania una de sus principales bases militares europeas, situada a veinte kilómetros del puerto de Constanza en el mar Negro y a trescientos kilómetros del puerto ucraniano de Odesa. Rumania es como un protectorado de Estados Unidos, uno más. Si en las próximas elecciones gana AUR, el conflicto está servido.

Y ya que citamos a Odesa, vale la pena tomar el pulso a esta histórica ciudad. En origen fue un asentamiento tártaro y después polaco y turco, pero el paso importante lo dio la emperatriz Catalina de Rusia, que en 1794 decidió establecer un puerto estratégico en aquel lugar, una salida al mar que con el tiempo se transformaría en la tercera ciudad más importante del imperio, después de Moscú y San Petersburgo.

Una vez obtenido el estatus de puerto franco (libre de impuestos) la ciudad se expandió y atrajo multitud de comerciantes, banqueros e inversores de procedencia diversa. Es por ello por lo que la ciudad es multiétnica, aunque el idioma corriente es el “Odesan”, un dialecto de la lengua rusa. A partir del 2014 y como parte de las medidas antirrusas, el nuevo régimen ucraniano impuso su idioma como lengua oficial, quedando el “Odesan” circunscrito al ámbito privado. En cualquier caso, los ciudadanos continúan utilizando su lengua, lengua inserta en la cultura rusa en el sentido antropológico del término.

Con la guerra de la OTAN contra Rusia, Odesa no ha cambiado, pero si lo ha hecho su tejido humano. Junto a la población residente se han ido incorporando todo tipo de milicias extranjeras (a veces en calidad de asesores y otras como tropa de choque), que han creado una atmósfera de inestabilidad social muy desagradable.

Pero como manifiestan algunos observadores, el problema en la actualidad es más grave. El régimen ucraniano siempre ha declarado que los extranjeros que se incorporaban a su ejército lo hacían por razones ideológicas (como las “Brigadas internacionales” en la guerra civil española), pero los hechos han desmontado esta falacia. Nadie se juega la vida hoy en día por razones ideológicas. No son precisamente poetas, novelistas y artistas los que acuden a la llamada de esa Ucrania fascistizada en la que la ideología dominante es el nihilismo.

¿Por qué ahora la situación es más explosiva? Pues simplemente porque ha cambiado la tipología de los mercenarios contratados. Antes el gobierno cerraba acuerdos con los “contractors” (la mayoría americanos) que tienen sus propios ejércitos y los gestionan directamente. Pero como esta fuente ha ido a la baja, porque los “contractors” han identificado mercados más rentables (el negocio de la guerra crece a buen ritmo), el régimen ucraniano se ha visto obligado a contratar de forma individualizada, aprovechando la porosidad de las redes sociales. Ahora los nuevos mercenarios son antiguos miembros de los cárteles de la droga latinoamericanos (sobre todo colombianos) y también exmilitares pertenecientes a los aparatos represores de esos países. El perfil es variopinto, aunque han sido bien acogidos por los grupos neonazis y en particular por el batallón Azov.

Todo cuadraría, si no fuera que estos grupos son incontrolables e indisciplinados. Hay reyertas en la ciudad y enfrentamientos entre bandas, un tipo de conflictos en los que la policía no quiere intervenir. Además, estos grupos se procuran todo tipo de estimulantes que les facilitan sus contactos exteriores, estimulantes que, al margen de consumir personalmente, vehiculan al mercado por los circuitos tradicionales de la droga.

Resulta evidente que la Odesa de los zares, la Odesa cosmopolita, la Odesa que en 1905 vivió de forma directa el motín frustrado de los marineros del acorazado Potemkin contra sus oficiales, la Odesa que Eisenstein utilizó para filmar una de las secuencias más extraordinarias de la historia del cine (cuando los soldados disparan contra el pueblo mientras huye escaleras abajo), la Odesa de la ópera y el ballet, esa Odesa ya no existe. Ahora mandan las armas, los fabricantes de drones, los comisionistas y los especuladores. Odesa hoy reproduce el modelo “Chicago años 30”, una ciudad donde el imperio de la ley estaba en el extremo del cañón de una Smith & Wesson del calibre 38.

Otros vientos nos vienen de Albania, un pequeño país de unos 30.000 kilómetros cuadrados y apenas dos millones y medio de habitantes, que desde la desaparición de la URSS y su incorporación al llamado “mundo libre” no ha tenido ningún período sostenido de estabilidad política. Llama la atención que este país, como la mayoría de los llamados “países satélites” de la URSS, organizara a los pocos años de su teórica apertura una institución pública para investigar los casos de corrupción. Albania la tiene operativa y al parecer es muy activa por los innumerables casos que se producen. Eso sí, el país es miembro de la OTAN y lleva años esperando ser miembro de la Unión Europea. Lo interesante no es que el partido Socialista lleve casi trece años al frente del gobierno, sino que este año la ciudadanía se ha cansado del expolio y bajo la etiqueta de la “revolución Flamingo” (en este caso no es un invento de la CIA) ha expresado su rechazo al gobierno, al clientelismo y a la venta de activos públicos. El hecho más reciente y llamativo son las negociaciones entre el gobierno y un conjunto de inversores inmobiliarios vinculados a Jared Kushner (yerno del presidente Trump) para desarrollar un complejo turístico de lujo en la isla Sazan y en la península de Zvërnec. Recordemos que el señor Kushner es el mismo que presentó un proyecto de esta envergadura para la franja de Gaza. Las élites del “mundo libre” van exprimiendo el país tanto como pueden (como lo han hecho en Ucrania) mientras le aseguran una protección (la OTAN) contra no se sabe quién.

La última ráfaga procede de Georgia, un país de 70.000 kilómetros cuadrados y unos cuatro millones de habitantes. Es uno de los países del Este de mayor recorrido histórico. En 1991, tras la desaparición de la URSS, recuperó su independencia. Hubo de inmediato enfrentamientos de naturaleza étnica, que acabaron con la separación de dos territorios (Osetia del sur y Abjasia), que gozaron del soporte militar de Rusia. Desde entonces el país ha sido gobernado por dos partidos. Desde el 2003 y bajo la etiqueta de “revolución rosa”, el Movimiento de Unidad Nacional gestionó la nación con razonable éxito económico, pero orientó su política exterior muy escorada hacia Occidente, lo que significaba un distanciamiento de la Federación Rusa. Y no olvidemos que los dos países comparten una frontera de unos 750 kilómetros y que para un georgiano Occidente está muy lejos. Este extremo fue tenido muy en cuenta por el partido opositor (Georgian Dream) que ganó las elecciones del 2012 y se ha mantenido en el poder hasta ahora. Georgian Dream es un partido ecléctico, un partido euroescéptico y conservador que nunca ha querido implicarse en el conflicto entre Ucrania y Rusia. Una buena muestra de su posición es que no es miembro de la OTAN.

Visto desde lejos y si nos atenemos a lo que nos cuentan los medios del “mainstream” todo parece controlado en el Este, pero no es así. Hay muchas ráfagas de viento. Y cuando el viento sopla, sopla de verdad, no hay quien lo pare.

Aviso de navegantes.

 

 

 

Alf Duran Corner

 

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