Focus: Sociedad
Fecha: 27/05/2026
Como dicen certeramente los franceses. La inteligencia a secas, sin añadidos. Digo esto porque llevan ya un tiempo los comunicadores sin oficio fantaseando sobre “la inteligencia artificial”, sus aplicaciones y sus probables efectos.
No estaría de más que antes de sermonear sobre el artificio dedicaran cierto tiempo a dialogar sobre el sujeto (la inteligencia) y así, como mínimo, despertarían a la audiencia.
El tema ha alcanzado tal calado que incluso los servicios de estudio de las grandes entidades financieras fabrican dossiers sobre el particular. Hay un cierto tremendismo en todo ello, porque saben que esto vende.
La vieja treta de espantar al personal (“que vienen los rusos e invadirán Occidente”, por ejemplo) sirve para tapar las vergüenzas de la clase política que nos ha tocado sufrir.
Quizás sería prudente hablar un poco de la “inteligencia” para luego derivar en el artificio.
Inteligencia en los seres vivos la ha habido siempre, hasta que alguien la codificó en los humanos. Sobre la inteligencia del resto poco se sabe. Respecto a los humanos podríamos empezar por Francis Galton, un pariente de Charles Darwin, que aprovechando el escándalo rupturista de este último con su “teoría de la evolución” (1859), se puso a estudiar las diferencias individuales para concluir, cosa obvia, que había personas más inteligentes que otras. Esto le obligaba a definir el propio concepto y así lo distinguió como “una habilidad mental general adquirida por la evolución biológica”. Galton era un gran trabajador y contó en sus estudios con la ayuda de otros científicos (como por ejemplo Karl Pearson, el padre de la correlación matemática) y sus prejuicios le llevaron a poner el énfasis de la inteligencia en la herencia y no en el papel del medio ambiente. Galton asociaba la inteligencia al tiempo de reacción ante un input (interno o externo), lo que permitía investigar el tema empíricamente.
A partir de entonces y en el pequeño mundo de las ciencias sociales se había abierto la caja de los truenos en dos frentes. En el primero las posiciones eran distantes entre quienes consideraban la herencia como factor clave y aquellos que priorizaban la cultura o proceso de socialización. En el segundo se iba de lo general a lo particular. Los primeros interpretaban la inteligencia como una capacidad general, en tanto que los segundos apostaban por habilidades o talentos específicos.
Sobre el primer frente los científicos llegaron a un punto de equilibrio en la integración herencia genética-proceso de socialización. Y ahí estamos. En el segundo frente no ha habido acuerdo, aunque son muchos y muy variados los estudiosos del tema. Podemos elegir un par como representativos.
El primer grupo lo lideraría a mi juicio Charles Spearman, psicólogo inglés que a principios del XX desarrolló su teoría sobre el “factor G”, una habilidad mental global que integra diferentes habilidades específicas, como la verbal, la espacial, la numérica, la mecánica, etc. Spearman trabajó duro y utilizó una herramienta matemática (el análisis factorial) que te permite cruzar variables y encontrar el factor explicativo de su correlación. Existe, según Spearman, una “inteligencia general” (factor G), que luego se expande en distintas habilidades (factor S).
Al otro lado tenemos a Howard Gardner, psicólogo norteamericano que a finales de los ochenta del siglo pasado presentó su teoría sobre la “inteligencia múltiple”. Gardner considera que no existe una inteligencia general, sino que hay múltiples y distintas inteligencias, entre las que destaca la lingüística, la lógico-matemática, la espacial, la musical, la kinestésica, la inter-personal y la intra-personal. Gardner reconoce que en ocasiones algunas de estas inteligencias funcionan asociadas y explican nuevos conceptos como el liderazgo y la creatividad.
El debate continúa, aunque las posiciones son menos extremas y permiten ciertas combinaciones. A título personal yo estoy con Spearman y su “factor G”.
Desde aquí y no antes podemos referirnos ahora a la llamada “inteligencia artificial”.
¿Y esto qué es? La “inteligencia artificial” es una rama específica de la ciencia computacional que tiene como objetivo imitar el pensamiento humano y el proceso de toma de decisiones.
Un primer paso para comprender la globalidad del fenómeno es referirnos a los “algoritmos”, otro concepto del que se habla muy a menudo. Un algoritmo es un conjunto finito, ordenado y preciso de instrucciones o pasos lógicos para resolver un problema. Google es un algoritmo. Busca lo que le pides y lo hace a través del camino óptimo, basándose siempre en los bancos de datos existentes. Reduce el tiempo de búsqueda de forma extrema y minimiza el error.
La inteligencia artificial da un paso más. Revisa sus propios algoritmos, analizando los datos y mejorando las prestaciones sin ayuda humana. Es decir, tiene capacidad transformacional y esto puede incrementar los riesgos.
Su expresión más conocida son los “chatbots” y “chatGPT”, que países, empresas, instituciones o personas utilizan según sus intereses. Los primeros son los tradicionales, que se ajustan a reglas programadas, en tanto que los segundos utilizan modelos de lenguaje avanzados (los LLM), que permiten mayores prestaciones, desde redactar ensayos a analizar temas complejos. Unos y otros existen porque unos humanos (los programadores) los desarrollan. Tengamos bien en cuenta este tema, porque esos humanos llevan incorporados sus propios prejuicios, sus rasgos caracteriales, su personalidad. Y así, de forma natural, los manejan en su trabajo diario.
¿Cuáles son las principales ventajas de la IA? Rapidez y eficiencia. La pregunta es ¿Para quién y para qué? Se nos indica que puede ser muy útil para la sociedad global reduciendo las cargas de trabajo más duras o más arriesgadas (robotización), en cirugía de extrema dificultad, en la producción de fármacos complejos y, a largo plazo, extendiendo la sanidad hasta hacerla universal y limitando la pobreza, aunque esto último nos parece muy “wishful thinking”.
Lo que sí resulta más claro son los riesgos que entraña, algunos hipotéticos, pero otros muy evidentes. Por ejemplo:
Voy a ampliar algunos de estos riesgos. Como saben todo de ti (gracias a los “big data” que recogen tu trayectoria a lo largo de la vida por la utilización de soportes para informarte, pagar, etc. – ordenador, tarjeta, móvil, Tablet -) lo pueden vender (legal o ilegalmente) a terceros.
Otro riesgo sería que como los grandes centros computacionales consumen mucha energía y mucha agua, su ubicación afecta a las zonas cercanas, con el considerable impacto medioambiental.
El tercer riesgo es, a mi entender, el más preocupante (la distorsión cognitiva). En este caso la interacción se produce entre el chatbot y la persona individual. Genera adicción. Lo tratas como a un colega próximo que te atiende “cuando los humanos no lo hacen”. Poco a poco, tu ya limitada capacidad crítica (por escasa atención del sistema educativo) desaparece de tu horizonte mental.
Cabe preguntarse quién es el responsable de cualquier evento negativo en este proceso. ¿La empresa, el programa informático, el programador? Lo que es cierto es que hasta este momento no existe un acuerdo internacional para controlar el fenómeno y establecer unas reglas de juego compartidas.
En el año 2015 el gran físico Stephen Hawking, acompañado de otros científicos y emprendedores (entre los que encontramos a Steve Wozniak – el padre técnico de Apple – y a un sorprendente Elon Musk) publicaron una carta abierta avisando de los peligros de la IA. Ocho años después (marzo del 2023) el “Future of Life Institute” pidió a los desarrolladores una pausa en la investigación. Sentían miedo y avisaban. Nadie les ha hecho caso. Ray Kurzweil había anticipado este escenario en su ensayo “The Age of Spiritual Machines” (año 2000) y ya más cerca Nick Bostrom insistía en los mismos o peores riesgos en “Superintelligence” (2014). A nuestro favor tenemos a Sharon Vallor, una filósofa de la tecnología que dice que los modelos lingüísticos no captan la experiencia, que, aunque la eficiencia algorítmica crezca exponencialmente, este crecimiento no se eterniza. Matemáticamente es finito.
Ahora que se ha puesto de moda hablar de riesgos existenciales, quizás éste sea uno de ellos, como la pandemia o la guerra nuclear. Porque la música sigue sonando. Todo empezó a hacerse famoso con OpenAI (aunque muchos otros ya trabajaban en silencio). La empresa nació en el 2015 como un proyecto sin ánimo de lucro bajo la dirección de Sam Altman, con el propósito de enfrentarse a proyectos privados similares de Google o Meta. Algunos de sus tecnólogos se separaron después porque consideraban poco exigentes los controles de seguridad y crearon Anthropic (2021) bajo la dirección de Dario Amodei. Han abandonado sus buenas intenciones y ahora compiten por el liderazgo mientras preparan sus OPAs. Saben que cuando lo hagan entrará dinero a raudales. Por eso trabajan también en un plan más elevado (la AGI o Inteligencia General Artificial). Sería lo más cercano al concepto de inteligencia que describió Spearman (el factor G). Veremos qué ocurre con todo esto. Fijémonos que Metaverse y Bitcoin han quedado en standby.
Es interesante observar la presencia continua de los mismos personajes en este tecno-escenario, porque por OpenAI también pasaron Elon Musk y Peter Thiel (fundador de Palantir en 2003), sobre el que ya hablamos en otra columna (“The Paypal Mafia” 22.03.2026. https://www.alfdurancorner.com/articulos/the-paypal-mafia.html ). Palantir, a quien presentan como “la Gran Oreja”, cuenta con el mecanismo de vigilancia planetaria más sofisticado del mundo. Palantir también compite en el sector IA pero con un enfoque distinto. Mientras que OpenAI y Anthropic construyen los “cerebros” del proceso (por ejemplo, ChatGPT), Palantir construye los “sistemas operativos” que conectan esos cerebros con los datos internos de las empresas o instituciones. Palantir Technologies, que cotiza en Bolsa, tiene ahora un valor de capitalización del orden de los 330.000 millones de dólares. OpenAI y Anthropic son todavía empresas privadas, que como ya hemos dicho se espera entren en breve en el mercado de capitales. Si lo hicieran ahora su valor teórico (en el que coinciden la mayoría de los analistas) llegaría al billón de dólares (trillón americano). Tres veces el valor de Palantir. Estamos anunciando un futurible explosivo.
Hay que estar atentos y seguir de cerca el tema. Quizás la burbuja acabará explotando. Lo que sí parece claro es que no es lo mismo hablar sobre el dolor que sentir el dolor. Pensemos que son herramientas que trabajan en situaciones conocidas y no sabemos cómo pueden reaccionar ante hechos inesperados, como los del “cisne negro” que nos contaba Nassim Taleb.
La utopía y el apocalipsis son las dos caras de la misma moneda. ¿Riesgos? A corto plazo, quién la controla. A largo es si podremos controlarla.
